viernes, 6 de julio de 2012







SI ESTOY CONTIGO, YA NADA QUIERO EN LA TIERRA



CAPITULO I

UN DOSSIER SIN IMPORTANCIA

Casi como una sombra, Ramiro se desplazaba por las callejas oscuras de un barrio a las afueras de Madrid. El silencio de la noche hacía destacar el sonido de los duros tacones de sus botas camperas sobre el hormigón de la acera. Los neones escasos de algún que otro bar, prácticamente desiertos, alumbraban de cuando en cuando su figura haciéndola vista y no vista alternativamente. Las pocas farolas que aún funcionaban olían a meaos de perro y basura tirada en la calle en una noche cálida como aquella.
            El destino de sus pasos le encaminaba hacia uno de los portales que, casi ni se apreciaban en las penumbras de la estrecha calleja que en su tramo final, cambiaba el gris oscuro del hormigón por degradados adoquines de granito, brillantes por el  trasiego de los años.
            Con el índice pulsó el botón de plástico, quemado por algún cigarrillo, del interfono de un viejo edificio y, en pocos segundos una voz ronca preguntaba con tono de mala leche:
            — ¿Quién es?
            — Abre.
            —¿Ya está? –Preguntó una voz incorpórea en tono de confirmación–.
            — Si, subo.
            En el segundo piso de única puerta, Bruno con el pomo de la cerradura en su mano izquierda mientras que la derecha sujetaba su peso corporal en el metálico marco de la puerta, bloqueaba la entrada; pero le esperaba con buena cara. A un amigo siempre se le espera de buen talante.
            — ¿Qué pasa tío?
            — Tengo que hablar contigo.
            —Pasa para adentro… ¿Te apetece un cacharro?
            — No.
            — Bueno, ¿Y qué quieres? –comentó Bruno–.
            — Que me eches una mano.
            Bruno se sentó en una silla mugrienta, situada alrededor de una pequeña mesa oval que en otros tiempos fue blanca y que debido al paso del tiempo tenía la pintura resquebrajada y semejante al craquelé. Como buen anfitrión ofreció una silla a su invitado simplemente con un gesto indicativo de su mano.
           

Tres meses antes, en Madrid, Ramiro se entrevistaba con su jefe.
— Tenemos un caso del que quiero que te encargues.
            — Tú dirás
            — Es algo complicado y tiene varios matices. Para empezar, en principio roza la ilegalidad, pero actualmente no se les puede meter mano. Mucho me temo que en un futuro próximo la cosa se desmadre y no quisiera que eso ocurra, no sé si me entiendes.
            — Te entendería mejor si me lo explicases más despacio. Dame datos.
            —Disculpa Ramiro.
            —No te preocupes…
            — Es un grupito capitaneado por una psicóloga. Esto es en una provincia del norte del país.
            —¿Y bien?
—Quiero que te introduzcas en el grupo y me comuniques si ves algo raro. A mí personalmente no me gustan los informes que me han llegado y en pocas ocasiones me traiciona el olfato. Creo que esto va a acabar siendo una secta o algo parecido, y no tenemos ganas de más chiflados en este país, digo yo que: ya abundan demasiados, ¿no te parece?.
            — Llevará un tiempo ganarse la confianza, ya sabes, siempre pasa igual con todos los grupos sean de lo que sean. ¿Cuándo y adónde quieres que vaya?
            — Espérame aquí un momento. Te traigo el dossier y lo vas leyendo. Ya me comentarás.
            Gustavo se dirige a otra sección de la planta y no mucho después aparece con un delgado portafolio en su mano. Se lo entrega a Ramiro, y este lo sujeta sin abrirlo ni tan siquiera por curiosidad.
—¿Te puedo preguntar una cosa?
—Dime Ramiro.
—Provincia del norte… ¿Y por qué razón no lo investigan los del “norte”?
—Chico me metes en un lío.
Gustavo crea una pausa y, ante una pregunta tan directa no tiene más remedio que contestar. Decide que la verdad es inevitable y que no merece la pena ocultar otras razones.
—No pueden. O dicho de otra manera, no deben.
Ramiro hace con las manos un gesto de interrogación, buscando más explicaciones de Gustavo.
—Es un compromiso que me ha caído encima. Un compañero de arriba–Gustavo señala con el pulgar, como indicando una provincia aparentemente situada a su espalda– me ha pedido el favor; no quiere gente de la suya involucrada en este asunto.
Ramiro al ver el gesto de Gustavo sonríe, le parece ver a su jefe estar haciendo “dedo” en una carretera comarcal y duda mucho que alguien sea capaz de recogerle con la cara tan seria que tiene el hombre.
Gustavo no pierde detalle.
—¿Que te hace gracia?
—Me imagino la pinta que ibas a tener haciendo dedo.
—¿De qué coño hablas?
—Nada, pijadas mías.
—Oye céntrate en el tema, joder.
—Vale, vale…Un poco misterioso para lo que parece una chorrada, ¿no te parece?
—Niño, no fuerces la situación y limítate a observar lo que ocurre allí y a contarme los pormenores del asunto. Ya sabrás más adelante mis razones, que por cierto, no son tan raras de entender ni tienen tantos “misterios”. Te llevas lo que necesitas en el portafolio y lees el asunto tranquilamente en tu casa. Yo espero que en un par de días puedas desplazarte allí. ¿Estamos de acuerdo?
            —En uno o dos días te aviso, Gustavo. Supongo que antes tendré que finalizar el caso de Leganés… como ya sabes.
            — Si, ya lo sé, ya lo sé. Tu le echas un vistazo a eso que llevas, y cuando finalices el asunto de Leganés, me llamas. Por favor, mira si en un par de días lo resuelves y te das una vuelta por la tierra del cabrales.
—Lo intentaré. Te veo preocupado…
—Tengo mis razones.

                                                       
                                                      2        

           
            El dossier viaja sujeto por la mano de Ramiro, que encamina sus pasos hacia un garaje donde descansa el pequeño turismo pintado de verde que le han asignado. Se sube y arranca, pero con más cosas pendientes de  resolución en su cabeza, no mira el interior y tira el dossier despreocupadamente sobre el asiento del pasajero. Cerca del mediodía aparca al lado de la terraza cubierta de un bar y cierra el coche. Tras dar unos pocos pasos, se sienta en una de las sillas –que rodean las circulares mesas bajo los toldos–, y que casi ocupan la totalidad de la acera, para molestia de los transeúntes en el tórrido verano.        
El coche estacionado soporta un ardiente día de sol a pesar de que este mes de junio ha sido de un predominante color gris en sus primeros comienzos. Tras tomar la cerveza, realiza sin prisa alguna unas compras y al atardecer se dirige hacia su apartamento. Toma en su mano el dossier nuevamente, blando, tras pasar la carpeta de tapas plásticas el mal trago de la calurosa tarde, en el asiento del automóvil. Tras aparcar, sube en el crujiente ascensor  y abriendo la puerta de su apartamento se encamina al dormitorio, donde tira la martirizada carpeta indolentemente sobre la cama.
Se traslada a la cocina y prepara una ensalada para cenar. Ve un poco la tele y se ducha. Finalmente se dirige a su dormitorio, enciende una lámpara de la mesita y comienza a leer ajustándose las gafas de vista cansada más abajo de lo normal en el puente de su nariz. Su cara denota interés. Si; es interesante lo que lee.
            En su cabeza habituada a este tipo de trabajo se van tejiendo los hilos de un plan, pero antes ha de concluir el caso que tiene entre las manos.



3

           
            Miguel es alto y delgado. Ahora está totalmente calvo, a pesar de que no muchos años atrás exhibía una buena melena rubia compatible con sus ideas de hippie revolucionario.
            De carácter alegre y jovial, no tenía grandes problemas para relacionarse con las gentes que había ido conociendo en el transcurso de su sureña y plácida vida. Esto le ha aportado una serie de vivencias y capítulos de generosas hojas que engrosarán su existencia. Tiene imán, sin lugar a duda, tras sus ojos claros y su simétrica y varonil cara de anuncio publicitario.
            En años anteriores ha recorrido varios países y generalmente sus estancias en ellos han sido prolijas en emociones y vivencias, destacando que siempre se las ha arreglado para dormir caliente en cama ajena y  por lo general, femenina. Ha trabajado en once o doce oficios diferentes, a estas alturas ya ni lo recuerda. Toca perfectamente la guitarra, habilidad que le ha servido para amenizar decenas de noches en las playas con los amigos    En numerosas ocasiones junto al  grato calor de una buena fogata se ha unido la conquista de una chica subyugada bajo el maravilloso bálsamo sus encantos. Habla con suave tono de voz. Susurra y sonríe.
            El dice de sí mismo: Que conquista con las palabras; que sus palabras son para las tías, como el agua fresca en el verano y que les hacen cosquillas en las orejas como la brisa que corre por  la playa cuando al atardecer queda desierta la arena y paseas sin prisa dejándote llevar por los sentidos.
            Hasta no hace muchos años su situación financiera fue buena. Gracias a la herencia de su padre, él había aprovechado para “vivir la vida” lo mejor que pudo. Se permitió cuantos caprichos le vinieron en gana. Su existencia siempre había sido fácil. Hizo lo que quiso, siempre que lo deseó. Pudo elegir dormir en un portal o en un hotel de 5 estrellas, según tuviese el día o la noche. Pero tras la muerte de Giancarlo su vida sufrió un cambio dramático.