SI
ESTOY CONTIGO, YA NADA QUIERO EN LA TIERRA
CAPITULO
I
UN
DOSSIER SIN IMPORTANCIA
Casi
como una sombra, Ramiro se desplazaba por las callejas oscuras de un barrio a
las afueras de Madrid. El silencio de la noche hacía destacar el sonido de los duros
tacones de sus botas camperas sobre el hormigón de la acera. Los neones escasos
de algún que otro bar, prácticamente desiertos, alumbraban de cuando en cuando
su figura haciéndola vista y no vista alternativamente. Las pocas farolas que
aún funcionaban olían a meaos de perro y basura tirada en la calle en una noche
cálida como aquella.
El destino de sus pasos le encaminaba
hacia uno de los portales que, casi ni se apreciaban en las penumbras de la estrecha
calleja que en su tramo final, cambiaba el gris oscuro del hormigón por
degradados adoquines de granito, brillantes por el trasiego de los años.
Con el índice pulsó el botón de
plástico, quemado por algún cigarrillo, del interfono de un viejo edificio y,
en pocos segundos una voz ronca preguntaba con tono de mala leche:
— ¿Quién es?
— Abre.
—¿Ya está? –Preguntó
una voz incorpórea en tono de confirmación–.
— Si, subo.
En el segundo piso de única puerta,
Bruno con el pomo de la cerradura en su mano izquierda mientras que la derecha
sujetaba su peso corporal en el metálico marco de la puerta, bloqueaba la
entrada; pero le esperaba con buena cara. A un amigo siempre se le espera de
buen talante.
— ¿Qué pasa tío?
— Tengo que hablar contigo.
—Pasa para adentro… ¿Te apetece un
cacharro?
— No.
— Bueno, ¿Y qué quieres? –comentó
Bruno–.
— Que me eches una mano.
Bruno se sentó en una silla mugrienta,
situada alrededor de una pequeña mesa oval que en otros tiempos fue blanca y
que debido al paso del tiempo tenía la pintura resquebrajada y semejante al
craquelé. Como buen anfitrión ofreció una silla a su invitado simplemente con
un gesto indicativo de su mano.
Tres
meses antes, en Madrid, Ramiro se entrevistaba con su jefe.
—
Tenemos un caso del que quiero que te encargues.
— Tú dirás
— Es algo complicado y tiene varios
matices. Para empezar, en principio roza la ilegalidad, pero actualmente no se
les puede meter mano. Mucho me temo que en un futuro próximo la cosa se
desmadre y no quisiera que eso ocurra, no sé si me entiendes.
— Te entendería mejor si me lo explicases
más despacio. Dame datos.
—Disculpa Ramiro.
—No te preocupes…
— Es un grupito capitaneado por una psicóloga.
Esto es en una provincia del norte del país.
—¿Y bien?
—Quiero
que te introduzcas en el grupo y me comuniques si ves algo raro. A mí
personalmente no me gustan los informes que me han llegado y en pocas ocasiones
me traiciona el olfato. Creo que esto va a acabar siendo una secta o algo
parecido, y no tenemos ganas de más chiflados en este país, digo yo que: ya
abundan demasiados, ¿no te parece?.
— Llevará un tiempo ganarse la
confianza, ya sabes, siempre pasa igual con todos los grupos sean de lo que
sean. ¿Cuándo y adónde quieres que vaya?
— Espérame aquí un momento. Te traigo
el dossier y lo vas leyendo. Ya me comentarás.
Gustavo se dirige a otra sección de
la planta y no mucho después aparece con un delgado portafolio en su mano. Se
lo entrega a Ramiro, y este lo sujeta sin abrirlo ni tan siquiera por
curiosidad.
—¿Te
puedo preguntar una cosa?
—Dime
Ramiro.
—Provincia
del norte… ¿Y por qué razón no lo investigan los del “norte”?
—Chico
me metes en un lío.
Gustavo
crea una pausa y, ante una pregunta tan directa no tiene más remedio que
contestar. Decide que la verdad es inevitable y que no merece la pena ocultar
otras razones.
—No
pueden. O dicho de otra manera, no deben.
Ramiro
hace con las manos un gesto de interrogación, buscando más explicaciones de
Gustavo.
—Es
un compromiso que me ha caído encima. Un compañero de arriba–Gustavo
señala con el pulgar, como indicando una provincia aparentemente situada a su
espalda–
me ha pedido el favor; no quiere gente de la suya involucrada en este asunto.
Ramiro
al ver el gesto de Gustavo sonríe, le parece ver a su jefe estar haciendo
“dedo” en una carretera comarcal y duda mucho que alguien sea capaz de
recogerle con la cara tan seria que tiene el hombre.
Gustavo
no pierde detalle.
—¿Que
te hace gracia?
—Me
imagino la pinta que ibas a tener haciendo dedo.
—¿De
qué coño hablas?
—Nada,
pijadas mías.
—Oye
céntrate en el tema, joder.
—Vale,
vale…Un poco misterioso para lo que parece una chorrada, ¿no te parece?
—Niño,
no fuerces la situación y limítate a observar lo que ocurre allí y a contarme
los pormenores del asunto. Ya sabrás más adelante mis razones, que por cierto, no
son tan raras de entender ni tienen tantos “misterios”. Te llevas lo que
necesitas en el portafolio y lees el asunto tranquilamente en tu casa. Yo
espero que en un par de días puedas desplazarte allí. ¿Estamos de acuerdo?
—En uno o dos días te aviso, Gustavo. Supongo
que antes tendré que finalizar el caso de Leganés… como ya sabes.
— Si, ya lo sé, ya lo sé. Tu le echas
un vistazo a eso que llevas, y cuando finalices el asunto de Leganés, me
llamas. Por favor, mira si en un par de días lo resuelves y te das una vuelta
por la tierra del cabrales.
—Lo
intentaré. Te veo preocupado…
—Tengo
mis razones.
2
El dossier viaja sujeto por la mano
de Ramiro, que encamina sus pasos hacia un garaje donde descansa el pequeño
turismo pintado de verde que le han asignado. Se sube y arranca, pero con más cosas
pendientes de resolución en su cabeza,
no mira el interior y tira el dossier despreocupadamente sobre el asiento del
pasajero. Cerca del mediodía aparca al lado de la terraza cubierta de un bar y
cierra el coche. Tras dar unos pocos pasos, se sienta en una de las sillas –que
rodean las circulares mesas bajo los toldos–, y que casi ocupan la totalidad de la
acera, para molestia de los transeúntes en el tórrido verano.
El
coche estacionado soporta un ardiente día de sol a pesar de que este mes de junio
ha sido de un predominante color gris en sus primeros comienzos. Tras tomar la
cerveza, realiza sin prisa alguna unas compras y al atardecer se dirige hacia
su apartamento. Toma en su mano el dossier nuevamente, blando, tras pasar la
carpeta de tapas plásticas el mal trago de la calurosa tarde, en el asiento del
automóvil. Tras aparcar, sube en el crujiente ascensor y abriendo la puerta de su apartamento se
encamina al dormitorio, donde tira la martirizada carpeta indolentemente sobre
la cama.
Se
traslada a la cocina y prepara una ensalada para cenar. Ve un poco la tele y se
ducha. Finalmente se dirige a su dormitorio, enciende una lámpara de la mesita
y comienza a leer ajustándose las gafas de vista cansada más abajo de lo normal
en el puente de su nariz. Su cara denota interés. Si; es interesante lo que
lee.
En su cabeza habituada a este tipo
de trabajo se van tejiendo los hilos de un plan, pero antes ha de concluir el
caso que tiene entre las manos.
3
Miguel es alto y delgado. Ahora está
totalmente calvo, a pesar de que no muchos años atrás exhibía una buena melena
rubia compatible con sus ideas de hippie revolucionario.
De carácter alegre y jovial, no
tenía grandes problemas para relacionarse con las gentes que había ido
conociendo en el transcurso de su sureña y plácida vida. Esto le ha aportado
una serie de vivencias y capítulos de generosas hojas que engrosarán su existencia.
Tiene imán, sin lugar a duda, tras sus ojos claros y su simétrica y varonil
cara de anuncio publicitario.
En años anteriores ha recorrido
varios países y generalmente sus estancias en ellos han sido prolijas en
emociones y vivencias, destacando que siempre se las ha arreglado para dormir
caliente en cama ajena y por lo general,
femenina. Ha trabajado en once o doce oficios diferentes, a estas alturas ya ni
lo recuerda. Toca perfectamente la guitarra, habilidad que le ha servido para
amenizar decenas de noches en las playas con los amigos En numerosas ocasiones junto al grato calor de una buena fogata se ha unido la
conquista de una chica subyugada bajo el maravilloso bálsamo sus encantos.
Habla con suave tono de voz. Susurra y sonríe.
El dice de sí mismo: Que conquista
con las palabras; que sus palabras son para las tías, como el agua fresca en el
verano y que les hacen cosquillas en las orejas como la brisa que corre por la playa cuando al atardecer queda desierta la
arena y paseas sin prisa dejándote llevar por los sentidos.
Hasta no hace muchos años su
situación financiera fue buena. Gracias a la herencia de su padre, él había
aprovechado para “vivir la vida” lo mejor que pudo. Se permitió cuantos caprichos
le vinieron en gana. Su existencia siempre había sido fácil. Hizo lo que quiso,
siempre que lo deseó. Pudo elegir dormir en un portal o en un hotel de 5
estrellas, según tuviese el día o la noche. Pero tras la muerte de Giancarlo su
vida sufrió un cambio dramático.
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ResponderEliminarHola te invito a La Hermandad Internacional de Literatos Unidos!!
ResponderEliminarEstimad@ jugador@; éste es un grupo con personas de muchos países que les gusta la literatura.La idea única e inicial de esta hermandad es... "¡JUGAR!"
Este grupo fue creado con la intención de proponer juegos literarios; tejiendo una red internacional de lectores/literatos apasionados en busca de motivaciones diferentes como intercambio de culturas, conocimientos, historias y aptitudes.
https://www.facebook.com/groups/laHILA/147556755437016/?notif_t=group_activity