viernes, 6 de julio de 2012







SI ESTOY CONTIGO, YA NADA QUIERO EN LA TIERRA



CAPITULO I

UN DOSSIER SIN IMPORTANCIA

Casi como una sombra, Ramiro se desplazaba por las callejas oscuras de un barrio a las afueras de Madrid. El silencio de la noche hacía destacar el sonido de los duros tacones de sus botas camperas sobre el hormigón de la acera. Los neones escasos de algún que otro bar, prácticamente desiertos, alumbraban de cuando en cuando su figura haciéndola vista y no vista alternativamente. Las pocas farolas que aún funcionaban olían a meaos de perro y basura tirada en la calle en una noche cálida como aquella.
            El destino de sus pasos le encaminaba hacia uno de los portales que, casi ni se apreciaban en las penumbras de la estrecha calleja que en su tramo final, cambiaba el gris oscuro del hormigón por degradados adoquines de granito, brillantes por el  trasiego de los años.
            Con el índice pulsó el botón de plástico, quemado por algún cigarrillo, del interfono de un viejo edificio y, en pocos segundos una voz ronca preguntaba con tono de mala leche:
            — ¿Quién es?
            — Abre.
            —¿Ya está? –Preguntó una voz incorpórea en tono de confirmación–.
            — Si, subo.
            En el segundo piso de única puerta, Bruno con el pomo de la cerradura en su mano izquierda mientras que la derecha sujetaba su peso corporal en el metálico marco de la puerta, bloqueaba la entrada; pero le esperaba con buena cara. A un amigo siempre se le espera de buen talante.
            — ¿Qué pasa tío?
            — Tengo que hablar contigo.
            —Pasa para adentro… ¿Te apetece un cacharro?
            — No.
            — Bueno, ¿Y qué quieres? –comentó Bruno–.
            — Que me eches una mano.
            Bruno se sentó en una silla mugrienta, situada alrededor de una pequeña mesa oval que en otros tiempos fue blanca y que debido al paso del tiempo tenía la pintura resquebrajada y semejante al craquelé. Como buen anfitrión ofreció una silla a su invitado simplemente con un gesto indicativo de su mano.
           

Tres meses antes, en Madrid, Ramiro se entrevistaba con su jefe.
— Tenemos un caso del que quiero que te encargues.
            — Tú dirás
            — Es algo complicado y tiene varios matices. Para empezar, en principio roza la ilegalidad, pero actualmente no se les puede meter mano. Mucho me temo que en un futuro próximo la cosa se desmadre y no quisiera que eso ocurra, no sé si me entiendes.
            — Te entendería mejor si me lo explicases más despacio. Dame datos.
            —Disculpa Ramiro.
            —No te preocupes…
            — Es un grupito capitaneado por una psicóloga. Esto es en una provincia del norte del país.
            —¿Y bien?
—Quiero que te introduzcas en el grupo y me comuniques si ves algo raro. A mí personalmente no me gustan los informes que me han llegado y en pocas ocasiones me traiciona el olfato. Creo que esto va a acabar siendo una secta o algo parecido, y no tenemos ganas de más chiflados en este país, digo yo que: ya abundan demasiados, ¿no te parece?.
            — Llevará un tiempo ganarse la confianza, ya sabes, siempre pasa igual con todos los grupos sean de lo que sean. ¿Cuándo y adónde quieres que vaya?
            — Espérame aquí un momento. Te traigo el dossier y lo vas leyendo. Ya me comentarás.
            Gustavo se dirige a otra sección de la planta y no mucho después aparece con un delgado portafolio en su mano. Se lo entrega a Ramiro, y este lo sujeta sin abrirlo ni tan siquiera por curiosidad.
—¿Te puedo preguntar una cosa?
—Dime Ramiro.
—Provincia del norte… ¿Y por qué razón no lo investigan los del “norte”?
—Chico me metes en un lío.
Gustavo crea una pausa y, ante una pregunta tan directa no tiene más remedio que contestar. Decide que la verdad es inevitable y que no merece la pena ocultar otras razones.
—No pueden. O dicho de otra manera, no deben.
Ramiro hace con las manos un gesto de interrogación, buscando más explicaciones de Gustavo.
—Es un compromiso que me ha caído encima. Un compañero de arriba–Gustavo señala con el pulgar, como indicando una provincia aparentemente situada a su espalda– me ha pedido el favor; no quiere gente de la suya involucrada en este asunto.
Ramiro al ver el gesto de Gustavo sonríe, le parece ver a su jefe estar haciendo “dedo” en una carretera comarcal y duda mucho que alguien sea capaz de recogerle con la cara tan seria que tiene el hombre.
Gustavo no pierde detalle.
—¿Que te hace gracia?
—Me imagino la pinta que ibas a tener haciendo dedo.
—¿De qué coño hablas?
—Nada, pijadas mías.
—Oye céntrate en el tema, joder.
—Vale, vale…Un poco misterioso para lo que parece una chorrada, ¿no te parece?
—Niño, no fuerces la situación y limítate a observar lo que ocurre allí y a contarme los pormenores del asunto. Ya sabrás más adelante mis razones, que por cierto, no son tan raras de entender ni tienen tantos “misterios”. Te llevas lo que necesitas en el portafolio y lees el asunto tranquilamente en tu casa. Yo espero que en un par de días puedas desplazarte allí. ¿Estamos de acuerdo?
            —En uno o dos días te aviso, Gustavo. Supongo que antes tendré que finalizar el caso de Leganés… como ya sabes.
            — Si, ya lo sé, ya lo sé. Tu le echas un vistazo a eso que llevas, y cuando finalices el asunto de Leganés, me llamas. Por favor, mira si en un par de días lo resuelves y te das una vuelta por la tierra del cabrales.
—Lo intentaré. Te veo preocupado…
—Tengo mis razones.

                                                       
                                                      2        

           
            El dossier viaja sujeto por la mano de Ramiro, que encamina sus pasos hacia un garaje donde descansa el pequeño turismo pintado de verde que le han asignado. Se sube y arranca, pero con más cosas pendientes de  resolución en su cabeza, no mira el interior y tira el dossier despreocupadamente sobre el asiento del pasajero. Cerca del mediodía aparca al lado de la terraza cubierta de un bar y cierra el coche. Tras dar unos pocos pasos, se sienta en una de las sillas –que rodean las circulares mesas bajo los toldos–, y que casi ocupan la totalidad de la acera, para molestia de los transeúntes en el tórrido verano.        
El coche estacionado soporta un ardiente día de sol a pesar de que este mes de junio ha sido de un predominante color gris en sus primeros comienzos. Tras tomar la cerveza, realiza sin prisa alguna unas compras y al atardecer se dirige hacia su apartamento. Toma en su mano el dossier nuevamente, blando, tras pasar la carpeta de tapas plásticas el mal trago de la calurosa tarde, en el asiento del automóvil. Tras aparcar, sube en el crujiente ascensor  y abriendo la puerta de su apartamento se encamina al dormitorio, donde tira la martirizada carpeta indolentemente sobre la cama.
Se traslada a la cocina y prepara una ensalada para cenar. Ve un poco la tele y se ducha. Finalmente se dirige a su dormitorio, enciende una lámpara de la mesita y comienza a leer ajustándose las gafas de vista cansada más abajo de lo normal en el puente de su nariz. Su cara denota interés. Si; es interesante lo que lee.
            En su cabeza habituada a este tipo de trabajo se van tejiendo los hilos de un plan, pero antes ha de concluir el caso que tiene entre las manos.



3

           
            Miguel es alto y delgado. Ahora está totalmente calvo, a pesar de que no muchos años atrás exhibía una buena melena rubia compatible con sus ideas de hippie revolucionario.
            De carácter alegre y jovial, no tenía grandes problemas para relacionarse con las gentes que había ido conociendo en el transcurso de su sureña y plácida vida. Esto le ha aportado una serie de vivencias y capítulos de generosas hojas que engrosarán su existencia. Tiene imán, sin lugar a duda, tras sus ojos claros y su simétrica y varonil cara de anuncio publicitario.
            En años anteriores ha recorrido varios países y generalmente sus estancias en ellos han sido prolijas en emociones y vivencias, destacando que siempre se las ha arreglado para dormir caliente en cama ajena y  por lo general, femenina. Ha trabajado en once o doce oficios diferentes, a estas alturas ya ni lo recuerda. Toca perfectamente la guitarra, habilidad que le ha servido para amenizar decenas de noches en las playas con los amigos    En numerosas ocasiones junto al  grato calor de una buena fogata se ha unido la conquista de una chica subyugada bajo el maravilloso bálsamo sus encantos. Habla con suave tono de voz. Susurra y sonríe.
            El dice de sí mismo: Que conquista con las palabras; que sus palabras son para las tías, como el agua fresca en el verano y que les hacen cosquillas en las orejas como la brisa que corre por  la playa cuando al atardecer queda desierta la arena y paseas sin prisa dejándote llevar por los sentidos.
            Hasta no hace muchos años su situación financiera fue buena. Gracias a la herencia de su padre, él había aprovechado para “vivir la vida” lo mejor que pudo. Se permitió cuantos caprichos le vinieron en gana. Su existencia siempre había sido fácil. Hizo lo que quiso, siempre que lo deseó. Pudo elegir dormir en un portal o en un hotel de 5 estrellas, según tuviese el día o la noche. Pero tras la muerte de Giancarlo su vida sufrió un cambio dramático.

viernes, 25 de mayo de 2012


EL EGOISTA


MIGUEL DUQUE DE YEGUAS
                                  Capítulo   I
           


Mi amigo Roberto murió el diecinueve de julio del año 2011 tras una corta estancia en el hospital, debido a la gravedad de sus heridas como consecuencia de un accidente de automóvil. 
Nuestra amistad databa de unos cuantos años antes. Nos habíamos conocido en una concentración de motos, en una época en la que él tenía un taller de reparaciones y acudía a las concentraciones para darse a conocer y captar posibles clientes. Y cuando su esposa tras el entierro nos comunicó a los amigos que era su deseo el legarnos varios de sus efectos personales, pensé en que era una "voluntad" un tanto particular, pero por no hacer un feo a Isabel, decidí ir hasta su casa y ver de  qué se trataba. Ella había amontonado varios objetos en el recibidor y todos nosotros nos vimos en una situación comprometida. 
Entre aquellos objetos se encontraban varias libretas de tipo escolar, de buena calidad y casi nuevas. Las ojeé un poco por encima y me llamó la atención lo escrito en una de ellas, aparentemente íntimo. Le pregunté a Isabel de que tema se trataba y me dijo que era como una especie de cuento que Roberto había escrito.
Iniciamos un diálogo que en mi opinión fue algo corto; pero es mi opinión solamente.

—¿La quieres para algo?.
—No; es tuya si la quieres. ¿Te interesa?
—Es algo personal de Roberto y me apetece conservarlo si te parece apropiado.
—No te preocupes y llévatela. Lo que hay en ese montón me dijo que era para vosotros.

Me llevé la libreta para mi casa y durante uno o dos meses no me acordé de su existencia. Solo cuando abrí el cajón buscando otra cosa desaparecida, vi sus tapas azules. Cuando aquél día la hojeé sin prisas, descubrí el pequeño mundo de mi amigo.   Decidí mantener una conversación con Isabel para asegurarme de que, si el hecho de  intentar publicar aquello podría tener alguna consecuencia dada la apariencia tan íntima del tema que se trataba en aquellas páginas y del que yo no estaba tan seguro que no fuese un diario autobiográfico o algo parecido.
En un afán altruista encaminado a homenajear a la buena persona que fue Roberto, pregunté a su viuda si me permitía hablar de ello con un conocido que tenía una pequeña editorial en Madrid.

—Isabel ¿estás segura de que lo que ha escrito Roberto no será algo comprometido?.
   Mira Juan, yo no sé hasta qué punto mi marido escribió una verdad o una mentira, yo no solía meterme en esas cosas y siempre consideré que Roberto tenía una serie de aficiones en las que yo nunca me he metido.
   No si no es eso; no quisiera molestarte ni darte la paliza con esto, solo me preocupa si puedo meter la pata en el caso de conseguir publicar el libro y que resulte que aparezca alguien por ahí, con cara de ofensa.
   Por lo que sé, no es autobiográfico.
   ¿Pero tú no le preguntaste algo sobre eso?
   La verdad es que no…
   ¿Lo has leído?
   Creo recordar que ya te he dicho que no me interesaba leer lo que él escribía, lo mismo que tampoco he ido a las concentraciones. Eran cosas de él, sus cosas, y eso no significa que yo no lo quisiera, o que pasase de él.
   Isabel, no quisiera por nada del mundo que esta conversación nos llevase a un terreno de arenas movedizas; no sé si me entiendes.
   Claro que te entiendo, que yo sepa no soy tonta aunque lo parezca…
   No quise decir eso, veo que estás algo sensible.
   Mira Juan…haz lo que te parezca, yo no quiero saber más del tema, así que tú sabrás.
   ¿Estás enfadada?.
    Oye, siento haber metido la pata, de verdad que lo siento.
   ¿Te apetece un café?
   Si no te importa…
   Si me importase no te lo ofrecería,¿ no te parece?

  Luis el editor, no estaba muy seguro de que hacer y albergaba cierto miedo a invertir en la novelita. Pensaba y con razón, que era un riesgo publicarla, ya que a los futuros lectores posiblemente no les interesase un tema tan “poco novelesco”. Viendo sus dudas, insistí en llevar a cabo la edición pagándola de mi bolsillo, lo que se llama autoedición y que suponía un pequeño gasto para mí, pero afortunadamente nada que me fuese a arruinar.
Decidimos hacer una tirada corta, con un máximo de cien ejemplares para sondear al posible sector de lectura. Nos sorprendió a todos el éxito de la edición y supongo que su rápida venta se debió al interés de las personas en dos puntos clave: uno  era la curiosidad y el otro el sentir las experiencias de Andrés como algo suyo; como algo que le ocurre a muchos de nosotros. ¿Roberto vendió recuerdos?. No tengo una respuesta segura para eso ya que no se, y desgraciadamente nunca sabré, si lo que mi amigo plasmó en unas cuantas cuartillas eran hechos ciertos basados en su propias experiencias o las de algún conocido, o solamente escenas imaginadas por él.
Y esto es lo que ha escrito Roberto:

¿Porqué creo que los cielos se resquebrajan para acogerme, si siendo uno más, no tengo los derechos de los Dioses y es propio en la naturaleza del hombre el egoísmo, que lo diferencia de los otros seres mortales? 
            De los castillos que en el aire construí rindo cuentas, de todas y cada una de sus piedras, que, poco a poco mis manos han trabajado y colocado. No todos esos bloques han estado en el sitio que les correspondía, pero es que no he nacido para ser un buen arquitecto de emociones. Mis obras sin lugar a dudas son en una gran parte inacabadas o simplemente fallidas.
            No en el tiempo sino en las motivaciones y resoluciones, la vida es para unos corta y para otros larga. Depende del grado de aceptación de cada uno de nosotros.
Sé que he empañado la luz con sombras de resentimiento. Sé que he tirado por la borda los malos recuerdos y los he cubierto con una pátina de bálsamo que todo lo cura. No culpo a las personas que han pasado por mi vida, y que han dejado su impronta en mí, con cuñas de vida. Esos gajos de vivencias, esos momentos tanto buenos como malos son un patrimonio indiscutible y, deseado o no, siempre aceptado como tributo. Supongo que yo también soy un condenado culpable de tatuar mis dudas y mis miedos, egoísmos o resentimientos en mis semejantes. Los exámenes de conciencia no están carentes de resultados, aunque no siempre aceptemos el balance que nos pasan.
            Quisiera ver cuando miro al cielo, a esos ángeles que se esconden detrás de las nubes y que sonríen para mí, o que los rayos del sol tocan mis manos personalmente “porque me conocen”. Pero siempre hay días de nubes grises, días atormentados, y mi alma –o mi sentir- soporta muchas veces borrascas interminables que no soy capaz de sortear.
            Soy el hijo que protesta de un pasado mal enfocado en lo tocante a ternura y cariño por parte de sus padres. A veces me pregunto si son realmente culpables, o soy yo un verdugo implacable que castiga con rencor la falta de un cariño que –creo- no tuve. Es muy habitual culpar a los padres de nuestros problemas. Tal vez porque al ser los seres más cercanos a nosotros exigimos un tributo, de algo que creemos que nos pertenece. Pienso que cuando algo nos sale mal no nos culpabilizamos a nosotros mismos para asumir y reconocer nuestros errores y buscamos una solución fácil señalando con el dedo a quien más cerca tenemos.
Haciéndoles culpables, buscamos un apoyo emocional en nuestra cobarde actitud y de paso convertimos a nuestros creadores en obligados vasallos de un canon por nosotros establecido. Como si el hecho de ser hijo, conllevase derechos de esclavitud paterna; o dicho de otra manera el pago justo por habernos traído al mundo sin pedir permiso.
Una infancia solitaria cuando miro atrás, y una sensación de sabor a moho y a fina humedad cayendo en diáfanas cortinas como el vapor de agua de una cascada.
            Y le añadí a esa edad, una pizca de azúcar que elaboré en mi imaginación y que fui ampliando a lo largo de los años. El niño que recurría a su imaginación para huir de sus soledades, para asumir sin daños sus carencias y para poder soportar las cuentas que pasaban horas y días. Me especialicé en el arte de odiar lo palpable y ahora ya de adulto pago una factura elevada. Pero sí; me hice fuerte y, –en ocasiones- admito que la derrota no es lo mío.          
Caminé en un desierto del que no era consciente, y hoy día -no sé la razón- me veo en lo alto de una duna a modo de atalaya, desde la cual lo contemplo. Tengo sensación de vacío, de soledad, y busco esos pocos arbustos de comprensión o de amistad que a veces se crían en las arenas, con semillas que yo tenía que haber plantado en su día y no planté. Y es por eso que ahora padezco de la sed que no me agobió en la infancia y juventud. Por ese motivo quiero beber en manantiales inagotables, no quiero que se sequen los pozos de agua fresca y tengo miedo a ese viento cálido de soledad que puede asolar mi boca.
            En una mezcla de grises y blancos, bermellones y azules, hemos pintado un cuadro. En esta paleta he puesto los pinceles y otras personas los colores que han dado  forma y paisaje a ese lienzo virgen que era yo y que a medida que el tiempo pasaba se ha cubierto de fases en color, alternándose los tonos cálidos con los fríos.
            Volé con alas de cera y creo que lo hice mal. No tuve maestros y no admití lecciones de otros aprendices más avanzados que yo. Qué tonto puede ser el orgullo que cubre los ojos y los hace ciegos al progreso del espíritu. Siempre en pleitos, siempre en juicios desacertados en los que el único perdedor  es el que ufanamente se creía ganador.


            Y así voy creciendo y ganando en años lo que voy demorando en experiencias. Con esa cabeza llena de fantasías inicio mis primeras relaciones sentimentales. Y de esas personas es de quienes hablaré, porque deseo hacerlo.
La primera vez que mis hormonas se dispararon, se asocian con el recuerdo  de un día de verano. Y la escena continúa siendo aún muy vivida a pesar de los años:
            Un grupo de críos nos encontrábamos despreocupadamente tumbados en un prado cercano a nuestro barrio. El ambiente envolvía con su olor a hierba y saucos, a flores, calor, y a bullicio. La sensación envolvente  y aduladora del verano. 
Las chicas llegaron algo mas tarde y fueron recibidas sin mucha pasión por nuestra parte. Toño era el de más edad entre los del grupo y era novio de Mari Tere.
Mari Tere creo que tendría tres o cuatro años más que yo.
La brisa del mediodía no estorbaba debido al calor. Recuerdo que estaba tumbado en la hierba sobre el  codo izquierdo, y mi cara apoyada en la mano.        
            Mari Tere vino de mala leche, y se puso a discutir con Toño de algún asunto entre novios. En medio de la pequeña reyerta y mientras él se defendía no recuerdo de qué; una ráfaga de aire alzó la falda de Mari Tere hasta la cintura dejándome ver sus braguitas blancas en una escena absolutamente inesperada.
Durante meses, dibujé obsesionadamente triángulos. Y desde aquél momento y para siempre he sido un fetichista adorador de las braguitas blancas y de lo que se esconde bajo ellas.
           
Años setenta

           
            Era un día de sol,  y el caso es que no recuerdo el año. En la superficie de las mesas de una terraza de bar diseminadas por aquella plazoleta, bailaban los claroscuros del verano y entre los soportales con arcos de los lados de la calle, las sombras protegían del calor. A un lado una iglesia pequeña y desafiante marcaba el territorio como un león.
            Supongo que algún amigo o simplemente un conocido, me la presentó. Era diferente. Tenía un perfil griego, recto de líneas. Joven y fresca como una flor nacida en el campo sin los cuidados ni las podas de un jardín. Isa, me dijo que se llamaba. Que la llamaban así sus ocho hermanos.

           

Isabel.



            Había tenido otras novias antes, bueno... lo de novias en la chavalería es un poco exagerado. Ahora no recuerdo cómo empezó aquello, pero sí lo que ocurrió a continuación, como en flashes o escenas cortas distantes entre sí y rodeadas del sol y el aire caliente del verano. No sé en qué lugar nos dimos el primer beso, ni esa primera caricia de andar de manos ansiosas.
            En una de aquellas tardes nos desplazamos a un piso que tenían mis padres en un pueblo costero y que apenas si usaban. Ahora caigo en la cuenta de que era un chico privilegiado. Para mí carecía de importancia el hecho de tener un recurso inmobiliario gratuito y casi anónimo. Recorrí con ella lo que me parecía un interminable pasillo que conducía a la habitación, y que en realidad suponían muy pocos metros. Recorrí, y digo en singular lo que era plural, pero que con el corazón a galope era tan singular como el pánico que me daba acostarme con ella.
            Pelo castaño, faldita corta y zapatitos de tacón no muy alto sobre los que unas piernas bien torneadas y firmes se encajaban en una cadera bien formada. 

LA VOZ DE LAS
GARZAS

             CAPÍTULO I


Campos de Batalla


En la pequeña aldea de Galicia, los ecos políticos sonaban de lejos; algo así como las tormentas que se barruntan en el aire, pero que nos hacen creer, que aún disponemos de suficiente tiempo para buscar un refugio. Por aquellas fechas los medios de comunicación eran escasos en la zona y las noticias de los que no mucho más tarde serían acontecimientos históricos que marcarían un país entero, no llegaban con la premura de hoy en día. En aquellos parajes; boca a oído, era el único modo de transmitir las noticias y aunque estas eran desalentadoras, no se le daba importancia al hecho de cambiar las penurias, por la miseria.
Del matrimonio de José Pousido y Manuela habían visto la luz del día siete hijos.

José, el hijo mayor que recibía por este simple hecho el nombre de su padre. Juan, el segundo, Elvira y Manuela. Finalmente el resto: Andrés María y Pedro. Hijos de tiempos difíciles, traídos al mundo sin saber si podrían subsistir. Un mundo miserable donde José y su familia se alimentaban y no todos los días, de un poco pan y escaso pescado. Casi comían mejor las gaviotas -decía José-, que cercaban la lancha durante su jornada diaria en la mar.
Aparejos de cuerda o de crines de caballo trenzadas y no como ahora, de fibras sintéticas. Anzuelos de alambre y, los de acero cuando los había, se convertían en un auténtico tesoro. Cada pez, un triunfo de vida de un día sin hambre. Golpes de remo tatuados por un instante en las aguas, por el cuerpo flaco del pescador. Pan y ajo en la olla. Casi nunca carne de vacuno, cerdo, o pollo. Berzas y repollo, habas. Víveres adquiridos con trueque la mayoría de las veces. 
El fantasma de la desdicha se paseaba por las calles de toda España con las manos guardadas en sus bolsillos, y al extraerlas solo repartía hambres. En Asturias se cocía a fuego lento otro menú, en diferente olla. Las cuencas mineras, atizaban sus corazones rebeldes con carbón. Manos sucias de negro mineral enmarcadas en valles húmedos y sombríos y pinceladas oscuras en las bocas y sentimientos de los mineros. Revolucionarios en un país disperso en contradicciones políticas. 
Pero en Galicia, en esta pequeña aldea, el pulso de su lucha era ante la escasez y el mar que surtía de comida arrancada al vientre de sus aguas. Sin medios, cada familia hacía lo que podía por subsistir.
José nunca pensó que sus hijos serían tan difíciles de criar.
A raíz de los acontecimientos cercanos a las fechas de aquél octubre del año 1934, el ambiente que hasta entonces preocupaba algo, tomó tintes de drama en aquella familia. Mientras fuese posible las decisiones drásticas no se llevarían a cabo, pero sí que se tuvieron en cuenta en aquellos fríos meses. Las discusiones entre padre y madre sobre el futuro de sus hijos eran opiniones encontradas y en la mayoría de las ocasiones claramente opuestas.       
Veintiún meses más tarde llegó el verano del trágico julio del 36 y los hasta ahora temores a las nubes de tormenta se tintaron de negra certeza, forjando en sus relámpagos los aceros de las armas. La guerra civil estallaba sobre las cabezas de todo el país. José se despidió de la familia sin más cuentos, y con unas alpargatas y la cabeza al fresco de la mañana se hizo a pie el camino hacia Ferrol donde por un golpe de casualidad y fortuna, se embarcó en el pesquero de unos vascos.
Manuela convino en hacerse cargo de siete bocas.       
En los años que duró la contienda poco se supo del padre. Manuela atendió como pudo a los chicos. La barca ya no salía al mar, su patrón no estaba a los remos y la pesca no llegaba a los platos o al trueque como los meses anteriores. Manuela y los chicos pasaban verdadera hambre. Los vecinos al principio intentaban ayudarse unos a los otros, pero a medida que la escasez era más profunda las buenas voluntades miraron cada una para lo suyo y la idea de una ayuda mutua se disolvió en aquellas tierras como la bruma cuando sale el sol por entre los pinares.
Manuela tenía que tomar una decisión dolorosa. Como madre no quería desprenderse de sus hijos, pero de la misma guisa tampoco iría a consentir que se muriesen de hambre. La escasez imponía sus leyes y ahora se trataba de puro instinto de supervivencia. Recurrió a los familiares más cercanos con escaso resultado, recurrió a los vecinos y finalmente depositó en casas de otros lugares a parte de su familia.
Salvo Andrés Pedro y María, que tenían tres, cinco y siete años y no servían para atender a ninguna persona o caserío debido a su corta edad. Así que por el momento Manuela tenía menos bocas junto a la suya para intentar sobrevivir.
Plantaban patatas en un pedazo de tierra al lado de casa. Manuela era una mujer sólida y no echaba en falta ni la ausencia del hombre para trabajar la tierra ni se quejaba a los cielos de los callos de sus manos mientras labraba con la azada una tierra miserable quemada por el salitre, pero buena para las berzas y las patatas. Siguiendo los cánones estacionales plantaban nabos y algún repollo. Si la cosa apremiaba, la sopa de ortigas daba buen caldo junto con el pan duro, que era una auténtica joya. Los racionamientos marcaban aquella época de odios y hambrunas.
José, el mayor de los chicos fue destinado a una casa en Mondoñedo. Tenía 16 años cumplidos y era de buena raza. Fuerte y animado.
Juan era más débil, más sensible y taciturno. Tenía 12 años y su paradero distaba a un par de cientos de kilómetros de la casa que le vio nacer: un antiguo monasterio de frailes.
Elvira fue destinada a casa de Francisca, mujer de edad al cargo de una hija treintañera y algo descalabrada de la cabeza. La niña estaba obligada a atenderla. Con solo doce años y desarraigada de su familia, intentaba de soslayo, obtener un cariño que necesitaba.
Manuela se fue para Salamanca, a casa de una tía suya de la que poco había sabido hasta la fecha y de la que supo mucho más en el transcurso de los años venideros. El viaje en tren se pagó con las “cuatro perras” que tenían en casa y otras que mas ampliamente aportó la tía salmantina.
Pedro, María y Andrés se mantuvieron junto a su madre pasando hambre y frío, pero compartiendo el calor materno en los días a su vera, para compensar un poco a Manuela la carencia de sus otros hijos. El hecho de verlos le traía recuerdos de los que se ausentaron; pero no verlos sería morir.

José llegó a Mondoñedo en octubre del 36 justo cuando Álvaro Cunqueiro lo abandonaba. En su viaje desde el que era su lugar de origen, se acompañó de las gentes que topaba en el camino. Unos huían de la guerra o se apuntaban a filas, otros del hambre, otros de sus propios temores, y todos estaban desorientados y aturdidos. Él sabía que tenía que llegar allí. Sabía que unos vecinos-los del Puntal-, habían comentado con su madre, que en la casa de unos parientes suyos le darían de comer a cambio de trabajar.
Llevaba el muchacho un papel en la mano escrito por el maestro del pueblo. Hombre ahora sin oficio -y fusilado seis meses más tarde parece ser, que por su modo de pensar en tiempos o bando inadecuado- pero escribiente para lo que importaba; y en eso y poco más consistían los bártulos del primogénito. José con la ropa y las botas, un papel arrugado en la chaqueta de pana y un mundo desconocido por delante, trató de olvidar sus penas. Sus pensamientos sólo tenían una única palabra: sobrevivir. No sabía por qué, pero para él lo que llevaba oculto en el bolsillo interior de la chaqueta era tan importante que le hacía sentir un hombre hecho y derecho, valiente y capaz. Seguro de sí mismo gracias a la misiva, aunque su analfabetismo no le permitiese saber qué significaban los caracteres escritos. Y así se presentó en Mondoñedo, preguntando a los que veía, por la “Casa de la Marquesa”.
A fuerza de paciencia y voluntad dio por fin con la vivienda. No era ésta de ninguna marquesa, ni mucho menos, y el título se lo habían adquirido los propietarios debido a las chanzas de los vecinos. Triste realidad, evocada en el paisaje mortecino y frío, cubierto de árboles que cobijaban bajo sus ramas lo que con un mal tejado y peores paredes podía llamarse morada, más no vivienda. Le recibió una señora mayor, con una hija delgada y más bien impávida.
José con valentía esgrimió el arrugado papel ante la “Marquesa”.

- Tome usté, señora, que se lo traigo para su parte.
-¿Y tú quién eres, chiquillo?
-José, de Cedeira. El hijo de José Pousido García. Me mandan los del “Puntal”, que son parientes suyos, para ver si usté me da trabajo aquí.
La mujer recoge el papelito y se lo lleva cerca de la cara. Se queda un rato mirándolo sin expresión.
-¿Y para qué me das esto?
-Es pa usté, yo no sé leer.
-Ni yo, hijo. Ni nadie de por aquí. Vey pa tu casa, que aquí no se necesita de ti.
-Pues no pienso volver, señora. Así que usté mire lo que va´cer tanto si mira el papel como si no.
La señora no tiene el día como para sorpresas, ha discutido con su hija por tonterías y ahora lo que le faltaba es esto: que se presente un muchacho sucio con pinta de bruto pidiendo quedarse en aquella casa donde no se necesita para nada. Ya tienen bastantes problemas para atenderse ellas y este quiere ser una boca más.
 Pero son momentos difíciles y están solas. Un hombre podría ser un problema, pero un crio es fácil de llevar y ella con un par de voces puede “”ponerlo al hilo”. Se tiene lo mínimo para sobrevivir, pero que el rapaz se arregle, y si no, que se marche; que aquí nadie la ha mandado venir, por mucho papel que traiga en la mano…que vete a saber qué coño es lo que pone.
“La marquesa” sopesa la situación y, entre darle con un palo al descarado muchacho y sacarlo de allí a patadas o dejarle que eche una mano, a falta de hombres, decide lo segundo.
-Si te quedas es pa ayudar.
-Pa eso vengo, señora. Si usté quiere ahora mismo me pongo hacer algo.
-De momento, siéntate ahí mientras lo pienso.
Unos minutos más tarde le encargaba recoger leña del monte y apilarla bajo el tendejón para su secado. Llegada la noche se le mandó a dormir a la cuadra, fría y falta del calor de los animales ausentes. Al menos, un poco de paja seca fue su lecho en la primera noche. Eso y verdura fue lo que le mantuvo vivo la primera semana. A la segunda frecuentó más la casa y se le dio una habitación llena de goteras. La marquesa tenía cierta reticencia a permitirle franquear las puertas, su hija tenía una edad parecida a la de José y no se fiaba que el titulo de abuela cayera antes de lo previsto. Amenazó a Fernanda, por si las moscas.
José solicitó a la señora que si no le importaba que él les reparase el tejado y ella accedió de buena gana. Con escobas, barro y piedras, solucionó en parte el tinglado. Allí José cumplió los diecisiete años.



  Juan fue enviado al granítico, y para él, inmenso monasterio de San Cristóbal de Montenegro donde le recibieron con otro papel en sus manos y que el cura de la puerta, si supo descifrar. Y le mandó pasar dándole la espalda
-Siéntate y espera un poco.
-Es que tengo frío y hambre, padre.
-No eres tú sólo. Anda, espérate aquí.
-Bueno… lo que usted diga.
-No tardo.
  Juan se mantuvo sentado un par de horas en la silla, hasta que los frailes acabaron la oración. El padre prior le recibió pasado ese tiempo. Le pidió que se levantase y comenzó a hablar:
-Parece ser que te llamas Juan. El nombre del Bautista.           
Juan permaneció callado.
-Anda; camina un poco y ven conmigo.
Juan le siguió por los oscuros pasillos de piedra, tenebrosos a la luz de las velas. Sólo se escuchaban sus pasos. Con la cabeza baja, el niño se fijó en los pies del prior calzados con unas sandalias flacas y negras, de puro sobadas, pisando la humedad del suelo empedrado en el que cada paso sonaba como el pequeño golpe de un palito sobre un tronco de madera. Puertas y más puertas. Él no sabía por aquel entonces que se llamaban celdas.



I

Elvira tenía miedo, un miedo instintivo y animal. Se sentía acorralada y sin opciones. Procuró hablar poco y responder la mayoría de las veces con gestos de su cabeza, con sies y nones. Francisca le ordenó hacer las camas, lavar la ropa y ayudar en las labores de la casa. La mujer alimentaba animales en un corral- unas gallinas, dos ovejas-, y un cerdo que permanecía escondido al fondo de un pasillo dentro de la propia casa para evitar que fuese descubierto y requisado. En esos años se podía decir que eran personas camufladamente acomodadas. El marido había dejado una pequeña fortuna a madre e hija cuando tomó la decisión de largarse para Argentina. Con el dinero que allí recaudó, no le supuso quebranto alguno el no reclamar el escaso efectivo que dejó atrás. Con el tiempo comenzó incluso a enviar un oro a su familia, que esta sistemáticamente ahorraba en cajas de zapatos bajo las tablas de una habitación. Y más adelante, cuando se enamoró de una guapa venezolana y les cortó el suministro, Francisca supo administrar los bienes recibidos y bien guardados por si venían tiempos peores. Como así sucedió unos años más tarde.
Elvira atendía a Maruxiña, la hija de Francisca, mujer que bien podía compararse a un tornado tropical, caprichoso en su rumbo y destructivo siempre. Maruxiña poco agradecida- parte de los múltiples flecos de su carácter- la trataba despectivamente.

_¿Y qué sabe hacer esta niña idiota?
Elvira se mantenía callada y en pie con la cabeza baja, su barbilla cerca del pecho y unos pucheros en las mejillas a punto de romper a llorar. Su vestido eran unos paños cosidos de mala manera.
_¿No sabes hablar, idiota? ¿No me contestas?
Elvira rompió a llorar, hipeando. Maruxiña que no templaba gaitas, la tomó con violencia por el brazo y la sacó fuera de la casa.
_¡Vas a acompañar a las gallinas hasta que hables!
Conduciéndola al gallinero, abrió la portilla y la empujó adentro. Cerró la portilla y se fue.
A la noche su madre echó en falta la presencia de la niña
- ¿Dónde anda la niña?
- A metí no galiñeiro.
- ¿Por qué hiciste eso?
- Por… que non quere falar.
- ¿Y por eso la castigas?
- Tú déjame hacer a mí. Vas ver como habla hasta por las orejas.
- Haz lo que te dé la gana, yo no quiero saber nada.
- Vou a dar de comer as galiñas
Francisca continuó remendando paños en la silla cercana a la chimenea. El cuarto se iluminaba por unas velas y el propio fuego del hogar que repartía sombras vibrantes a la luz de las llamas.
  Maruxiña caminó hasta el corral y abrió la cancela. Cerró tras sí y dirigiéndose a la puerta de madera que cegaba el gallinero, despejó a patadas a los dos perros que acudieron en busca de algo de comida. Se les tenía para que avisaran, por si alguien –persona o animal- acudía en la noche para robar las gallinas o las ovejas. Allí se encontró con Elvira en un rincón, temblando de frío.
Traigo maíz, pan y agua para las gallinas. Vais a comer todas juntas. Si no sabes hablar, a ver si sabes poner huevos.
Elvira sólo la miró, en cuclillas con los brazos alrededor de sus rodillas. No se movió.
Maruxiña repartió el maíz en los comederos, un caldero de agua que vertió en dos latas grandes y unos pellejos de patatas que tiró directamente al suelo. Miró de nuevo para la niña y sin decir palabra se fue cerrando de nuevo la puerta.
Elvira separó con sus manos a las gallinas que comenzaban a picotear el maiz, se lo llevó a la boca y masticó poco a poco el duro alimento. Las gallinas intentaron algún vuelo, más a saltos que con las alas, para alcanzar las manos de la niña. Esta apartó las aves a manotazos y no la volvieron a molestar. Aquel día se comió un huevo crudo, no más, ya que no quería que echasen en falta la puesta diaria por si llamaba la atención su escasez y le dieran de palos como castigo. En las ventanas con tablones separados por unos centímetros y clavados al cemento por su parte externa, unos jirones de saco colgaban a modo de gallardetes. En tiempos pasados eran “cortinas” para aliviar un poco el frío del establo. Elvira los arrancó y se tapó el cuello con lo poco que pudo.
En tantas horas para pensar, la gama de cavilaciones fluctuaba del rencor y odio hacia quien sin ningún motivo la mantenía castigada y abandonada a su suerte, a el porqué y como evitarlo. Culpabilizó a su madre por mandarla a aquél sitio, a su padre por huir de casa y no cuidar de sus hijos.
Quisiera volver a ver de nuevo a sus hermanos. Quiso regresar a su casa, pero como lograría que no la devolviesen allí de nuevo, si no tenían ni para comer. Una niña pequeña puede tener que madurar de pronto ante unas circunstancias violentas o imprevisibles, pero si además es terca y con un carácter fuerte, las cosas pueden tomar giros inesperados.
 Elvira tomó una decisión: No haría nada en contra de la voluntad de su madre y sobreviría a la situación como mejor pudiese. Apretó los dientes en un gesto característico de ella y que sería definitorio de su manera de ser con los años. Cuando Elvira formaba ese gesto, quien la conociese sabría que las decisiones estaban tomadas y sin retorno.
Se acomodó como pudo buscando un poco de calor en la piel de las ovejas.


II


Manuela se apeó en la estación de Salamanca y algo desorientada, con una maleta bien pequeña en la mano se quedó de pie en el andén, esperando. Esperando a su tía, que acudió un buen rato más tarde. En los tiempos que corrían los barrios salmantinos eran barrios pobres. No había núcleos que se distinguiesen como hoy día por sus ocupantes más opulentos, en casas suntuosas.
Manuela y Rosario se fueron a los pizarrales. El barrio estaba compuesto en su mayoría por construcciones bajas. Casas de una sola planta y pequeñas. Daban unas a otras con sus laterales haciendo pared común; algunas disponían de patio. Otras –más frecuentes-lo justo para dormir y comer en una cocina de carbón o leña de encina y con dormitorio íntimamente común a toda la familia.
Tito dormía con Rosario. Cojeaba de una pierna y no era válido para la lucha. Se dedicaba como muchos otros, al estraperlo. Al atardecer de los domingos partía en una vieja vespa a Ciudad Rodrigo, y desde allí a un Portugal que distaba relativamente cerca.
En la que era por aquél entonces frontera de Fuentes de Oñoro, la guardia civil no dudaba en pegar un tiro a la mínima sospecha. Tito se veía con los portugueses, unas veces en la sierra cercana a la frontera, otras en un encinar. Siempre de noche. Tocaba todos los palos que podía: Tabaco, gasolina... Más tarde Wolframio; volfran que decían los estraperlistas.
A Manuela, lo que la entristecía era el hecho inevitable de haber dejado su casa, pero sin duda y desde el primer momento Rosario la compensó con sobrado cariño, sabedora que eso era lo que la pobre criatura necesitaba. Su instinto mucho más materno que social a la hora de la acogida de Elvira compensaba la necesidad afectiva que reclamaba desde siempre como madre frustrada y que el pobre Tito con todo el cariño y la voluntad que ponía, no podía conseguir.

  Pedro y Andrés continuaban en las manos maternas junto con María, que ya de chiquitina destacaba por su belleza y el increíble azul de sus ojos. Los chicos se ocupaban de ayudar a sacar las patatas en la época y en sus andares por el pueblo pedir algo a los que se cruzasen en su deambular. Las cosas no pintaban nada bien para socorrer a los demás, pero en Cedeira siempre se quiso mucho a esta familia y si José tenía fama de ser un buen hombre, aún más se apreciaba a Manuela. Los pescadores, de cuando en cuando les largaban algunos pescados de esos que sobraban en las cajas de madera donde se apilaban sardinas o pescadillas, o jureles y fanecas. No era infrecuente que en el fondo y aplastados algunos pescados quedasen inservibles y hechos papilla. Los marineros se los daban a los chicos para hacer caldo. El resto de la cosecha se repartía en las fábricas para latas de conserva, la mayoría de sardina y caballa para su consumo en el frente. Agujas y bogas que sobraban eran consumidas bien pronto.
La lancha del padre en dique seco, era atendida por Pedro en las pequeñas labores de limpieza y calafateo con estopa y brea. Era un modo de entretenerse y, mientras Andrés miraba, el otro hacía lo que podía sólo enseñado de la observación distraída de su padre, al hacer esas labores unos meses atrás. La mayoría de los días extraían una breve cosecha de berberechos y navajas, o almejas del fango de la ría. Cuando se cansaban o se aburrían, se largaban para la casita de la familia que distaba unos cinco kilómetros del pueblo.
La pequeña María pronto acompañó a su madre Manuela al caserío de unos señores, donde les limpiaban las habitaciones y se encargaban de otros menesteres relacionados con el hogar. Las dos trabajaban por “lo que les diesen”. Y ese pago consistía en la comida diaria y “cinco pesetas” al final del mes.
De José padre, poco se supo, salvo por una carta fechada en Bilbao en la que con pocas letras y contenido de compromiso venía a decir que no tenía novedades a destacar, y Manuela al escuchar el texto breve -por boca del maestro- en el que no se citaba el asunto de los niños creyó que José no tocaba el tema por dolor; pero con desconfianza por lo poco que escuchaba pidió al lector que se la releyese, no fuera a ser que a este se le quedaba algo que no hubiese visto la primera vez.