viernes, 25 de mayo de 2012


EL EGOISTA


MIGUEL DUQUE DE YEGUAS
                                  Capítulo   I
           


Mi amigo Roberto murió el diecinueve de julio del año 2011 tras una corta estancia en el hospital, debido a la gravedad de sus heridas como consecuencia de un accidente de automóvil. 
Nuestra amistad databa de unos cuantos años antes. Nos habíamos conocido en una concentración de motos, en una época en la que él tenía un taller de reparaciones y acudía a las concentraciones para darse a conocer y captar posibles clientes. Y cuando su esposa tras el entierro nos comunicó a los amigos que era su deseo el legarnos varios de sus efectos personales, pensé en que era una "voluntad" un tanto particular, pero por no hacer un feo a Isabel, decidí ir hasta su casa y ver de  qué se trataba. Ella había amontonado varios objetos en el recibidor y todos nosotros nos vimos en una situación comprometida. 
Entre aquellos objetos se encontraban varias libretas de tipo escolar, de buena calidad y casi nuevas. Las ojeé un poco por encima y me llamó la atención lo escrito en una de ellas, aparentemente íntimo. Le pregunté a Isabel de que tema se trataba y me dijo que era como una especie de cuento que Roberto había escrito.
Iniciamos un diálogo que en mi opinión fue algo corto; pero es mi opinión solamente.

—¿La quieres para algo?.
—No; es tuya si la quieres. ¿Te interesa?
—Es algo personal de Roberto y me apetece conservarlo si te parece apropiado.
—No te preocupes y llévatela. Lo que hay en ese montón me dijo que era para vosotros.

Me llevé la libreta para mi casa y durante uno o dos meses no me acordé de su existencia. Solo cuando abrí el cajón buscando otra cosa desaparecida, vi sus tapas azules. Cuando aquél día la hojeé sin prisas, descubrí el pequeño mundo de mi amigo.   Decidí mantener una conversación con Isabel para asegurarme de que, si el hecho de  intentar publicar aquello podría tener alguna consecuencia dada la apariencia tan íntima del tema que se trataba en aquellas páginas y del que yo no estaba tan seguro que no fuese un diario autobiográfico o algo parecido.
En un afán altruista encaminado a homenajear a la buena persona que fue Roberto, pregunté a su viuda si me permitía hablar de ello con un conocido que tenía una pequeña editorial en Madrid.

—Isabel ¿estás segura de que lo que ha escrito Roberto no será algo comprometido?.
   Mira Juan, yo no sé hasta qué punto mi marido escribió una verdad o una mentira, yo no solía meterme en esas cosas y siempre consideré que Roberto tenía una serie de aficiones en las que yo nunca me he metido.
   No si no es eso; no quisiera molestarte ni darte la paliza con esto, solo me preocupa si puedo meter la pata en el caso de conseguir publicar el libro y que resulte que aparezca alguien por ahí, con cara de ofensa.
   Por lo que sé, no es autobiográfico.
   ¿Pero tú no le preguntaste algo sobre eso?
   La verdad es que no…
   ¿Lo has leído?
   Creo recordar que ya te he dicho que no me interesaba leer lo que él escribía, lo mismo que tampoco he ido a las concentraciones. Eran cosas de él, sus cosas, y eso no significa que yo no lo quisiera, o que pasase de él.
   Isabel, no quisiera por nada del mundo que esta conversación nos llevase a un terreno de arenas movedizas; no sé si me entiendes.
   Claro que te entiendo, que yo sepa no soy tonta aunque lo parezca…
   No quise decir eso, veo que estás algo sensible.
   Mira Juan…haz lo que te parezca, yo no quiero saber más del tema, así que tú sabrás.
   ¿Estás enfadada?.
    Oye, siento haber metido la pata, de verdad que lo siento.
   ¿Te apetece un café?
   Si no te importa…
   Si me importase no te lo ofrecería,¿ no te parece?

  Luis el editor, no estaba muy seguro de que hacer y albergaba cierto miedo a invertir en la novelita. Pensaba y con razón, que era un riesgo publicarla, ya que a los futuros lectores posiblemente no les interesase un tema tan “poco novelesco”. Viendo sus dudas, insistí en llevar a cabo la edición pagándola de mi bolsillo, lo que se llama autoedición y que suponía un pequeño gasto para mí, pero afortunadamente nada que me fuese a arruinar.
Decidimos hacer una tirada corta, con un máximo de cien ejemplares para sondear al posible sector de lectura. Nos sorprendió a todos el éxito de la edición y supongo que su rápida venta se debió al interés de las personas en dos puntos clave: uno  era la curiosidad y el otro el sentir las experiencias de Andrés como algo suyo; como algo que le ocurre a muchos de nosotros. ¿Roberto vendió recuerdos?. No tengo una respuesta segura para eso ya que no se, y desgraciadamente nunca sabré, si lo que mi amigo plasmó en unas cuantas cuartillas eran hechos ciertos basados en su propias experiencias o las de algún conocido, o solamente escenas imaginadas por él.
Y esto es lo que ha escrito Roberto:

¿Porqué creo que los cielos se resquebrajan para acogerme, si siendo uno más, no tengo los derechos de los Dioses y es propio en la naturaleza del hombre el egoísmo, que lo diferencia de los otros seres mortales? 
            De los castillos que en el aire construí rindo cuentas, de todas y cada una de sus piedras, que, poco a poco mis manos han trabajado y colocado. No todos esos bloques han estado en el sitio que les correspondía, pero es que no he nacido para ser un buen arquitecto de emociones. Mis obras sin lugar a dudas son en una gran parte inacabadas o simplemente fallidas.
            No en el tiempo sino en las motivaciones y resoluciones, la vida es para unos corta y para otros larga. Depende del grado de aceptación de cada uno de nosotros.
Sé que he empañado la luz con sombras de resentimiento. Sé que he tirado por la borda los malos recuerdos y los he cubierto con una pátina de bálsamo que todo lo cura. No culpo a las personas que han pasado por mi vida, y que han dejado su impronta en mí, con cuñas de vida. Esos gajos de vivencias, esos momentos tanto buenos como malos son un patrimonio indiscutible y, deseado o no, siempre aceptado como tributo. Supongo que yo también soy un condenado culpable de tatuar mis dudas y mis miedos, egoísmos o resentimientos en mis semejantes. Los exámenes de conciencia no están carentes de resultados, aunque no siempre aceptemos el balance que nos pasan.
            Quisiera ver cuando miro al cielo, a esos ángeles que se esconden detrás de las nubes y que sonríen para mí, o que los rayos del sol tocan mis manos personalmente “porque me conocen”. Pero siempre hay días de nubes grises, días atormentados, y mi alma –o mi sentir- soporta muchas veces borrascas interminables que no soy capaz de sortear.
            Soy el hijo que protesta de un pasado mal enfocado en lo tocante a ternura y cariño por parte de sus padres. A veces me pregunto si son realmente culpables, o soy yo un verdugo implacable que castiga con rencor la falta de un cariño que –creo- no tuve. Es muy habitual culpar a los padres de nuestros problemas. Tal vez porque al ser los seres más cercanos a nosotros exigimos un tributo, de algo que creemos que nos pertenece. Pienso que cuando algo nos sale mal no nos culpabilizamos a nosotros mismos para asumir y reconocer nuestros errores y buscamos una solución fácil señalando con el dedo a quien más cerca tenemos.
Haciéndoles culpables, buscamos un apoyo emocional en nuestra cobarde actitud y de paso convertimos a nuestros creadores en obligados vasallos de un canon por nosotros establecido. Como si el hecho de ser hijo, conllevase derechos de esclavitud paterna; o dicho de otra manera el pago justo por habernos traído al mundo sin pedir permiso.
Una infancia solitaria cuando miro atrás, y una sensación de sabor a moho y a fina humedad cayendo en diáfanas cortinas como el vapor de agua de una cascada.
            Y le añadí a esa edad, una pizca de azúcar que elaboré en mi imaginación y que fui ampliando a lo largo de los años. El niño que recurría a su imaginación para huir de sus soledades, para asumir sin daños sus carencias y para poder soportar las cuentas que pasaban horas y días. Me especialicé en el arte de odiar lo palpable y ahora ya de adulto pago una factura elevada. Pero sí; me hice fuerte y, –en ocasiones- admito que la derrota no es lo mío.          
Caminé en un desierto del que no era consciente, y hoy día -no sé la razón- me veo en lo alto de una duna a modo de atalaya, desde la cual lo contemplo. Tengo sensación de vacío, de soledad, y busco esos pocos arbustos de comprensión o de amistad que a veces se crían en las arenas, con semillas que yo tenía que haber plantado en su día y no planté. Y es por eso que ahora padezco de la sed que no me agobió en la infancia y juventud. Por ese motivo quiero beber en manantiales inagotables, no quiero que se sequen los pozos de agua fresca y tengo miedo a ese viento cálido de soledad que puede asolar mi boca.
            En una mezcla de grises y blancos, bermellones y azules, hemos pintado un cuadro. En esta paleta he puesto los pinceles y otras personas los colores que han dado  forma y paisaje a ese lienzo virgen que era yo y que a medida que el tiempo pasaba se ha cubierto de fases en color, alternándose los tonos cálidos con los fríos.
            Volé con alas de cera y creo que lo hice mal. No tuve maestros y no admití lecciones de otros aprendices más avanzados que yo. Qué tonto puede ser el orgullo que cubre los ojos y los hace ciegos al progreso del espíritu. Siempre en pleitos, siempre en juicios desacertados en los que el único perdedor  es el que ufanamente se creía ganador.


            Y así voy creciendo y ganando en años lo que voy demorando en experiencias. Con esa cabeza llena de fantasías inicio mis primeras relaciones sentimentales. Y de esas personas es de quienes hablaré, porque deseo hacerlo.
La primera vez que mis hormonas se dispararon, se asocian con el recuerdo  de un día de verano. Y la escena continúa siendo aún muy vivida a pesar de los años:
            Un grupo de críos nos encontrábamos despreocupadamente tumbados en un prado cercano a nuestro barrio. El ambiente envolvía con su olor a hierba y saucos, a flores, calor, y a bullicio. La sensación envolvente  y aduladora del verano. 
Las chicas llegaron algo mas tarde y fueron recibidas sin mucha pasión por nuestra parte. Toño era el de más edad entre los del grupo y era novio de Mari Tere.
Mari Tere creo que tendría tres o cuatro años más que yo.
La brisa del mediodía no estorbaba debido al calor. Recuerdo que estaba tumbado en la hierba sobre el  codo izquierdo, y mi cara apoyada en la mano.        
            Mari Tere vino de mala leche, y se puso a discutir con Toño de algún asunto entre novios. En medio de la pequeña reyerta y mientras él se defendía no recuerdo de qué; una ráfaga de aire alzó la falda de Mari Tere hasta la cintura dejándome ver sus braguitas blancas en una escena absolutamente inesperada.
Durante meses, dibujé obsesionadamente triángulos. Y desde aquél momento y para siempre he sido un fetichista adorador de las braguitas blancas y de lo que se esconde bajo ellas.
           
Años setenta

           
            Era un día de sol,  y el caso es que no recuerdo el año. En la superficie de las mesas de una terraza de bar diseminadas por aquella plazoleta, bailaban los claroscuros del verano y entre los soportales con arcos de los lados de la calle, las sombras protegían del calor. A un lado una iglesia pequeña y desafiante marcaba el territorio como un león.
            Supongo que algún amigo o simplemente un conocido, me la presentó. Era diferente. Tenía un perfil griego, recto de líneas. Joven y fresca como una flor nacida en el campo sin los cuidados ni las podas de un jardín. Isa, me dijo que se llamaba. Que la llamaban así sus ocho hermanos.

           

Isabel.



            Había tenido otras novias antes, bueno... lo de novias en la chavalería es un poco exagerado. Ahora no recuerdo cómo empezó aquello, pero sí lo que ocurrió a continuación, como en flashes o escenas cortas distantes entre sí y rodeadas del sol y el aire caliente del verano. No sé en qué lugar nos dimos el primer beso, ni esa primera caricia de andar de manos ansiosas.
            En una de aquellas tardes nos desplazamos a un piso que tenían mis padres en un pueblo costero y que apenas si usaban. Ahora caigo en la cuenta de que era un chico privilegiado. Para mí carecía de importancia el hecho de tener un recurso inmobiliario gratuito y casi anónimo. Recorrí con ella lo que me parecía un interminable pasillo que conducía a la habitación, y que en realidad suponían muy pocos metros. Recorrí, y digo en singular lo que era plural, pero que con el corazón a galope era tan singular como el pánico que me daba acostarme con ella.
            Pelo castaño, faldita corta y zapatitos de tacón no muy alto sobre los que unas piernas bien torneadas y firmes se encajaban en una cadera bien formada. 

LA VOZ DE LAS
GARZAS

             CAPÍTULO I


Campos de Batalla


En la pequeña aldea de Galicia, los ecos políticos sonaban de lejos; algo así como las tormentas que se barruntan en el aire, pero que nos hacen creer, que aún disponemos de suficiente tiempo para buscar un refugio. Por aquellas fechas los medios de comunicación eran escasos en la zona y las noticias de los que no mucho más tarde serían acontecimientos históricos que marcarían un país entero, no llegaban con la premura de hoy en día. En aquellos parajes; boca a oído, era el único modo de transmitir las noticias y aunque estas eran desalentadoras, no se le daba importancia al hecho de cambiar las penurias, por la miseria.
Del matrimonio de José Pousido y Manuela habían visto la luz del día siete hijos.

José, el hijo mayor que recibía por este simple hecho el nombre de su padre. Juan, el segundo, Elvira y Manuela. Finalmente el resto: Andrés María y Pedro. Hijos de tiempos difíciles, traídos al mundo sin saber si podrían subsistir. Un mundo miserable donde José y su familia se alimentaban y no todos los días, de un poco pan y escaso pescado. Casi comían mejor las gaviotas -decía José-, que cercaban la lancha durante su jornada diaria en la mar.
Aparejos de cuerda o de crines de caballo trenzadas y no como ahora, de fibras sintéticas. Anzuelos de alambre y, los de acero cuando los había, se convertían en un auténtico tesoro. Cada pez, un triunfo de vida de un día sin hambre. Golpes de remo tatuados por un instante en las aguas, por el cuerpo flaco del pescador. Pan y ajo en la olla. Casi nunca carne de vacuno, cerdo, o pollo. Berzas y repollo, habas. Víveres adquiridos con trueque la mayoría de las veces. 
El fantasma de la desdicha se paseaba por las calles de toda España con las manos guardadas en sus bolsillos, y al extraerlas solo repartía hambres. En Asturias se cocía a fuego lento otro menú, en diferente olla. Las cuencas mineras, atizaban sus corazones rebeldes con carbón. Manos sucias de negro mineral enmarcadas en valles húmedos y sombríos y pinceladas oscuras en las bocas y sentimientos de los mineros. Revolucionarios en un país disperso en contradicciones políticas. 
Pero en Galicia, en esta pequeña aldea, el pulso de su lucha era ante la escasez y el mar que surtía de comida arrancada al vientre de sus aguas. Sin medios, cada familia hacía lo que podía por subsistir.
José nunca pensó que sus hijos serían tan difíciles de criar.
A raíz de los acontecimientos cercanos a las fechas de aquél octubre del año 1934, el ambiente que hasta entonces preocupaba algo, tomó tintes de drama en aquella familia. Mientras fuese posible las decisiones drásticas no se llevarían a cabo, pero sí que se tuvieron en cuenta en aquellos fríos meses. Las discusiones entre padre y madre sobre el futuro de sus hijos eran opiniones encontradas y en la mayoría de las ocasiones claramente opuestas.       
Veintiún meses más tarde llegó el verano del trágico julio del 36 y los hasta ahora temores a las nubes de tormenta se tintaron de negra certeza, forjando en sus relámpagos los aceros de las armas. La guerra civil estallaba sobre las cabezas de todo el país. José se despidió de la familia sin más cuentos, y con unas alpargatas y la cabeza al fresco de la mañana se hizo a pie el camino hacia Ferrol donde por un golpe de casualidad y fortuna, se embarcó en el pesquero de unos vascos.
Manuela convino en hacerse cargo de siete bocas.       
En los años que duró la contienda poco se supo del padre. Manuela atendió como pudo a los chicos. La barca ya no salía al mar, su patrón no estaba a los remos y la pesca no llegaba a los platos o al trueque como los meses anteriores. Manuela y los chicos pasaban verdadera hambre. Los vecinos al principio intentaban ayudarse unos a los otros, pero a medida que la escasez era más profunda las buenas voluntades miraron cada una para lo suyo y la idea de una ayuda mutua se disolvió en aquellas tierras como la bruma cuando sale el sol por entre los pinares.
Manuela tenía que tomar una decisión dolorosa. Como madre no quería desprenderse de sus hijos, pero de la misma guisa tampoco iría a consentir que se muriesen de hambre. La escasez imponía sus leyes y ahora se trataba de puro instinto de supervivencia. Recurrió a los familiares más cercanos con escaso resultado, recurrió a los vecinos y finalmente depositó en casas de otros lugares a parte de su familia.
Salvo Andrés Pedro y María, que tenían tres, cinco y siete años y no servían para atender a ninguna persona o caserío debido a su corta edad. Así que por el momento Manuela tenía menos bocas junto a la suya para intentar sobrevivir.
Plantaban patatas en un pedazo de tierra al lado de casa. Manuela era una mujer sólida y no echaba en falta ni la ausencia del hombre para trabajar la tierra ni se quejaba a los cielos de los callos de sus manos mientras labraba con la azada una tierra miserable quemada por el salitre, pero buena para las berzas y las patatas. Siguiendo los cánones estacionales plantaban nabos y algún repollo. Si la cosa apremiaba, la sopa de ortigas daba buen caldo junto con el pan duro, que era una auténtica joya. Los racionamientos marcaban aquella época de odios y hambrunas.
José, el mayor de los chicos fue destinado a una casa en Mondoñedo. Tenía 16 años cumplidos y era de buena raza. Fuerte y animado.
Juan era más débil, más sensible y taciturno. Tenía 12 años y su paradero distaba a un par de cientos de kilómetros de la casa que le vio nacer: un antiguo monasterio de frailes.
Elvira fue destinada a casa de Francisca, mujer de edad al cargo de una hija treintañera y algo descalabrada de la cabeza. La niña estaba obligada a atenderla. Con solo doce años y desarraigada de su familia, intentaba de soslayo, obtener un cariño que necesitaba.
Manuela se fue para Salamanca, a casa de una tía suya de la que poco había sabido hasta la fecha y de la que supo mucho más en el transcurso de los años venideros. El viaje en tren se pagó con las “cuatro perras” que tenían en casa y otras que mas ampliamente aportó la tía salmantina.
Pedro, María y Andrés se mantuvieron junto a su madre pasando hambre y frío, pero compartiendo el calor materno en los días a su vera, para compensar un poco a Manuela la carencia de sus otros hijos. El hecho de verlos le traía recuerdos de los que se ausentaron; pero no verlos sería morir.

José llegó a Mondoñedo en octubre del 36 justo cuando Álvaro Cunqueiro lo abandonaba. En su viaje desde el que era su lugar de origen, se acompañó de las gentes que topaba en el camino. Unos huían de la guerra o se apuntaban a filas, otros del hambre, otros de sus propios temores, y todos estaban desorientados y aturdidos. Él sabía que tenía que llegar allí. Sabía que unos vecinos-los del Puntal-, habían comentado con su madre, que en la casa de unos parientes suyos le darían de comer a cambio de trabajar.
Llevaba el muchacho un papel en la mano escrito por el maestro del pueblo. Hombre ahora sin oficio -y fusilado seis meses más tarde parece ser, que por su modo de pensar en tiempos o bando inadecuado- pero escribiente para lo que importaba; y en eso y poco más consistían los bártulos del primogénito. José con la ropa y las botas, un papel arrugado en la chaqueta de pana y un mundo desconocido por delante, trató de olvidar sus penas. Sus pensamientos sólo tenían una única palabra: sobrevivir. No sabía por qué, pero para él lo que llevaba oculto en el bolsillo interior de la chaqueta era tan importante que le hacía sentir un hombre hecho y derecho, valiente y capaz. Seguro de sí mismo gracias a la misiva, aunque su analfabetismo no le permitiese saber qué significaban los caracteres escritos. Y así se presentó en Mondoñedo, preguntando a los que veía, por la “Casa de la Marquesa”.
A fuerza de paciencia y voluntad dio por fin con la vivienda. No era ésta de ninguna marquesa, ni mucho menos, y el título se lo habían adquirido los propietarios debido a las chanzas de los vecinos. Triste realidad, evocada en el paisaje mortecino y frío, cubierto de árboles que cobijaban bajo sus ramas lo que con un mal tejado y peores paredes podía llamarse morada, más no vivienda. Le recibió una señora mayor, con una hija delgada y más bien impávida.
José con valentía esgrimió el arrugado papel ante la “Marquesa”.

- Tome usté, señora, que se lo traigo para su parte.
-¿Y tú quién eres, chiquillo?
-José, de Cedeira. El hijo de José Pousido García. Me mandan los del “Puntal”, que son parientes suyos, para ver si usté me da trabajo aquí.
La mujer recoge el papelito y se lo lleva cerca de la cara. Se queda un rato mirándolo sin expresión.
-¿Y para qué me das esto?
-Es pa usté, yo no sé leer.
-Ni yo, hijo. Ni nadie de por aquí. Vey pa tu casa, que aquí no se necesita de ti.
-Pues no pienso volver, señora. Así que usté mire lo que va´cer tanto si mira el papel como si no.
La señora no tiene el día como para sorpresas, ha discutido con su hija por tonterías y ahora lo que le faltaba es esto: que se presente un muchacho sucio con pinta de bruto pidiendo quedarse en aquella casa donde no se necesita para nada. Ya tienen bastantes problemas para atenderse ellas y este quiere ser una boca más.
 Pero son momentos difíciles y están solas. Un hombre podría ser un problema, pero un crio es fácil de llevar y ella con un par de voces puede “”ponerlo al hilo”. Se tiene lo mínimo para sobrevivir, pero que el rapaz se arregle, y si no, que se marche; que aquí nadie la ha mandado venir, por mucho papel que traiga en la mano…que vete a saber qué coño es lo que pone.
“La marquesa” sopesa la situación y, entre darle con un palo al descarado muchacho y sacarlo de allí a patadas o dejarle que eche una mano, a falta de hombres, decide lo segundo.
-Si te quedas es pa ayudar.
-Pa eso vengo, señora. Si usté quiere ahora mismo me pongo hacer algo.
-De momento, siéntate ahí mientras lo pienso.
Unos minutos más tarde le encargaba recoger leña del monte y apilarla bajo el tendejón para su secado. Llegada la noche se le mandó a dormir a la cuadra, fría y falta del calor de los animales ausentes. Al menos, un poco de paja seca fue su lecho en la primera noche. Eso y verdura fue lo que le mantuvo vivo la primera semana. A la segunda frecuentó más la casa y se le dio una habitación llena de goteras. La marquesa tenía cierta reticencia a permitirle franquear las puertas, su hija tenía una edad parecida a la de José y no se fiaba que el titulo de abuela cayera antes de lo previsto. Amenazó a Fernanda, por si las moscas.
José solicitó a la señora que si no le importaba que él les reparase el tejado y ella accedió de buena gana. Con escobas, barro y piedras, solucionó en parte el tinglado. Allí José cumplió los diecisiete años.



  Juan fue enviado al granítico, y para él, inmenso monasterio de San Cristóbal de Montenegro donde le recibieron con otro papel en sus manos y que el cura de la puerta, si supo descifrar. Y le mandó pasar dándole la espalda
-Siéntate y espera un poco.
-Es que tengo frío y hambre, padre.
-No eres tú sólo. Anda, espérate aquí.
-Bueno… lo que usted diga.
-No tardo.
  Juan se mantuvo sentado un par de horas en la silla, hasta que los frailes acabaron la oración. El padre prior le recibió pasado ese tiempo. Le pidió que se levantase y comenzó a hablar:
-Parece ser que te llamas Juan. El nombre del Bautista.           
Juan permaneció callado.
-Anda; camina un poco y ven conmigo.
Juan le siguió por los oscuros pasillos de piedra, tenebrosos a la luz de las velas. Sólo se escuchaban sus pasos. Con la cabeza baja, el niño se fijó en los pies del prior calzados con unas sandalias flacas y negras, de puro sobadas, pisando la humedad del suelo empedrado en el que cada paso sonaba como el pequeño golpe de un palito sobre un tronco de madera. Puertas y más puertas. Él no sabía por aquel entonces que se llamaban celdas.



I

Elvira tenía miedo, un miedo instintivo y animal. Se sentía acorralada y sin opciones. Procuró hablar poco y responder la mayoría de las veces con gestos de su cabeza, con sies y nones. Francisca le ordenó hacer las camas, lavar la ropa y ayudar en las labores de la casa. La mujer alimentaba animales en un corral- unas gallinas, dos ovejas-, y un cerdo que permanecía escondido al fondo de un pasillo dentro de la propia casa para evitar que fuese descubierto y requisado. En esos años se podía decir que eran personas camufladamente acomodadas. El marido había dejado una pequeña fortuna a madre e hija cuando tomó la decisión de largarse para Argentina. Con el dinero que allí recaudó, no le supuso quebranto alguno el no reclamar el escaso efectivo que dejó atrás. Con el tiempo comenzó incluso a enviar un oro a su familia, que esta sistemáticamente ahorraba en cajas de zapatos bajo las tablas de una habitación. Y más adelante, cuando se enamoró de una guapa venezolana y les cortó el suministro, Francisca supo administrar los bienes recibidos y bien guardados por si venían tiempos peores. Como así sucedió unos años más tarde.
Elvira atendía a Maruxiña, la hija de Francisca, mujer que bien podía compararse a un tornado tropical, caprichoso en su rumbo y destructivo siempre. Maruxiña poco agradecida- parte de los múltiples flecos de su carácter- la trataba despectivamente.

_¿Y qué sabe hacer esta niña idiota?
Elvira se mantenía callada y en pie con la cabeza baja, su barbilla cerca del pecho y unos pucheros en las mejillas a punto de romper a llorar. Su vestido eran unos paños cosidos de mala manera.
_¿No sabes hablar, idiota? ¿No me contestas?
Elvira rompió a llorar, hipeando. Maruxiña que no templaba gaitas, la tomó con violencia por el brazo y la sacó fuera de la casa.
_¡Vas a acompañar a las gallinas hasta que hables!
Conduciéndola al gallinero, abrió la portilla y la empujó adentro. Cerró la portilla y se fue.
A la noche su madre echó en falta la presencia de la niña
- ¿Dónde anda la niña?
- A metí no galiñeiro.
- ¿Por qué hiciste eso?
- Por… que non quere falar.
- ¿Y por eso la castigas?
- Tú déjame hacer a mí. Vas ver como habla hasta por las orejas.
- Haz lo que te dé la gana, yo no quiero saber nada.
- Vou a dar de comer as galiñas
Francisca continuó remendando paños en la silla cercana a la chimenea. El cuarto se iluminaba por unas velas y el propio fuego del hogar que repartía sombras vibrantes a la luz de las llamas.
  Maruxiña caminó hasta el corral y abrió la cancela. Cerró tras sí y dirigiéndose a la puerta de madera que cegaba el gallinero, despejó a patadas a los dos perros que acudieron en busca de algo de comida. Se les tenía para que avisaran, por si alguien –persona o animal- acudía en la noche para robar las gallinas o las ovejas. Allí se encontró con Elvira en un rincón, temblando de frío.
Traigo maíz, pan y agua para las gallinas. Vais a comer todas juntas. Si no sabes hablar, a ver si sabes poner huevos.
Elvira sólo la miró, en cuclillas con los brazos alrededor de sus rodillas. No se movió.
Maruxiña repartió el maíz en los comederos, un caldero de agua que vertió en dos latas grandes y unos pellejos de patatas que tiró directamente al suelo. Miró de nuevo para la niña y sin decir palabra se fue cerrando de nuevo la puerta.
Elvira separó con sus manos a las gallinas que comenzaban a picotear el maiz, se lo llevó a la boca y masticó poco a poco el duro alimento. Las gallinas intentaron algún vuelo, más a saltos que con las alas, para alcanzar las manos de la niña. Esta apartó las aves a manotazos y no la volvieron a molestar. Aquel día se comió un huevo crudo, no más, ya que no quería que echasen en falta la puesta diaria por si llamaba la atención su escasez y le dieran de palos como castigo. En las ventanas con tablones separados por unos centímetros y clavados al cemento por su parte externa, unos jirones de saco colgaban a modo de gallardetes. En tiempos pasados eran “cortinas” para aliviar un poco el frío del establo. Elvira los arrancó y se tapó el cuello con lo poco que pudo.
En tantas horas para pensar, la gama de cavilaciones fluctuaba del rencor y odio hacia quien sin ningún motivo la mantenía castigada y abandonada a su suerte, a el porqué y como evitarlo. Culpabilizó a su madre por mandarla a aquél sitio, a su padre por huir de casa y no cuidar de sus hijos.
Quisiera volver a ver de nuevo a sus hermanos. Quiso regresar a su casa, pero como lograría que no la devolviesen allí de nuevo, si no tenían ni para comer. Una niña pequeña puede tener que madurar de pronto ante unas circunstancias violentas o imprevisibles, pero si además es terca y con un carácter fuerte, las cosas pueden tomar giros inesperados.
 Elvira tomó una decisión: No haría nada en contra de la voluntad de su madre y sobreviría a la situación como mejor pudiese. Apretó los dientes en un gesto característico de ella y que sería definitorio de su manera de ser con los años. Cuando Elvira formaba ese gesto, quien la conociese sabría que las decisiones estaban tomadas y sin retorno.
Se acomodó como pudo buscando un poco de calor en la piel de las ovejas.


II


Manuela se apeó en la estación de Salamanca y algo desorientada, con una maleta bien pequeña en la mano se quedó de pie en el andén, esperando. Esperando a su tía, que acudió un buen rato más tarde. En los tiempos que corrían los barrios salmantinos eran barrios pobres. No había núcleos que se distinguiesen como hoy día por sus ocupantes más opulentos, en casas suntuosas.
Manuela y Rosario se fueron a los pizarrales. El barrio estaba compuesto en su mayoría por construcciones bajas. Casas de una sola planta y pequeñas. Daban unas a otras con sus laterales haciendo pared común; algunas disponían de patio. Otras –más frecuentes-lo justo para dormir y comer en una cocina de carbón o leña de encina y con dormitorio íntimamente común a toda la familia.
Tito dormía con Rosario. Cojeaba de una pierna y no era válido para la lucha. Se dedicaba como muchos otros, al estraperlo. Al atardecer de los domingos partía en una vieja vespa a Ciudad Rodrigo, y desde allí a un Portugal que distaba relativamente cerca.
En la que era por aquél entonces frontera de Fuentes de Oñoro, la guardia civil no dudaba en pegar un tiro a la mínima sospecha. Tito se veía con los portugueses, unas veces en la sierra cercana a la frontera, otras en un encinar. Siempre de noche. Tocaba todos los palos que podía: Tabaco, gasolina... Más tarde Wolframio; volfran que decían los estraperlistas.
A Manuela, lo que la entristecía era el hecho inevitable de haber dejado su casa, pero sin duda y desde el primer momento Rosario la compensó con sobrado cariño, sabedora que eso era lo que la pobre criatura necesitaba. Su instinto mucho más materno que social a la hora de la acogida de Elvira compensaba la necesidad afectiva que reclamaba desde siempre como madre frustrada y que el pobre Tito con todo el cariño y la voluntad que ponía, no podía conseguir.

  Pedro y Andrés continuaban en las manos maternas junto con María, que ya de chiquitina destacaba por su belleza y el increíble azul de sus ojos. Los chicos se ocupaban de ayudar a sacar las patatas en la época y en sus andares por el pueblo pedir algo a los que se cruzasen en su deambular. Las cosas no pintaban nada bien para socorrer a los demás, pero en Cedeira siempre se quiso mucho a esta familia y si José tenía fama de ser un buen hombre, aún más se apreciaba a Manuela. Los pescadores, de cuando en cuando les largaban algunos pescados de esos que sobraban en las cajas de madera donde se apilaban sardinas o pescadillas, o jureles y fanecas. No era infrecuente que en el fondo y aplastados algunos pescados quedasen inservibles y hechos papilla. Los marineros se los daban a los chicos para hacer caldo. El resto de la cosecha se repartía en las fábricas para latas de conserva, la mayoría de sardina y caballa para su consumo en el frente. Agujas y bogas que sobraban eran consumidas bien pronto.
La lancha del padre en dique seco, era atendida por Pedro en las pequeñas labores de limpieza y calafateo con estopa y brea. Era un modo de entretenerse y, mientras Andrés miraba, el otro hacía lo que podía sólo enseñado de la observación distraída de su padre, al hacer esas labores unos meses atrás. La mayoría de los días extraían una breve cosecha de berberechos y navajas, o almejas del fango de la ría. Cuando se cansaban o se aburrían, se largaban para la casita de la familia que distaba unos cinco kilómetros del pueblo.
La pequeña María pronto acompañó a su madre Manuela al caserío de unos señores, donde les limpiaban las habitaciones y se encargaban de otros menesteres relacionados con el hogar. Las dos trabajaban por “lo que les diesen”. Y ese pago consistía en la comida diaria y “cinco pesetas” al final del mes.
De José padre, poco se supo, salvo por una carta fechada en Bilbao en la que con pocas letras y contenido de compromiso venía a decir que no tenía novedades a destacar, y Manuela al escuchar el texto breve -por boca del maestro- en el que no se citaba el asunto de los niños creyó que José no tocaba el tema por dolor; pero con desconfianza por lo poco que escuchaba pidió al lector que se la releyese, no fuera a ser que a este se le quedaba algo que no hubiese visto la primera vez.






CUATRO LUNAS ORBITAN JÚPITER








A finales del 2009 se resuelve un juicio por homicidio en un juzgado sevillano. En la pequeña sala de sencillos bancos y sillas  de madera no se permite la presencia de periodistas y en la calle donde el edificio de sólida fachada se asienta; los medios de comunicación aguardan las noticias conteniéndose a la fuerza en la puerta de entrada y soportando el primer día de lluvia en lo que va de mes.
                La sentencia del juez de instrucción del número uno culpabiliza de un delito en número de catorce homicidios, a un hombre de apariencia normal, que escucha sin inmutarse y sentado en el banquillo como se le condena a cadena perpetua. Ha intentado rechazar la ayuda de un  abogado defensor, pero a su pesar, las leyes españolas no contemplan la posibilidad de rechazar la asistencia obligatoria de un letrado en los juicios por causas penales. Por tanto se le asigna un abogado de oficio, Mario González. Este, en vista de la actitud de su defendido, se limita a las actuaciones imprescindibles de su obligatoria defensa, sin mayor interés. La fiscalía tiene fácil la acusación, máxime cuando el imputado asume su culpabilidad con catorce cargos de asesinato.
                Los acontecimientos que han llevado Ezequiel, un homicida, hasta el banquillo se han hecho un hueco en los medios de comunicación a lo largo de los meses. Las noticias sobre su detención, el rechazo a su propia defensa, ausencia de comentarios por parte del inculpado y las inevitables sospechas de que este realizase otros crímenes aparte de los que se le imputan, le han colocado con frecuencia en un lugar destacado en los medios informativos.
                Daniel es un periodista joven y activo que recientemente se ha trasladado a la provincia andaluza desde el húmedo norte del país. Habitualmente viste con traje. Está un poco chapado a la antigua y a pesar de que hoy día pocos profesionales de la prensa hacen una entrevista trajeados, el no cede a las concesiones de la modernidad y rechaza las zapatillas deportivas, los tejanos y las cazadoras deportivas. Trabaja como articulista para el periódico de mayor tirada de la provincia y tiene en mente la realización de un proyecto: escribir un libro sobre Ezequiel, el personaje que ha sido sentenciado como autor de estos crímenes y condenado a cadena perpetua. Ha escrito sobre el tema más de veinte artículos y se plantea dar un paso más allá de su vida profesional –de su trabajo en la redacción– y para llevar a cabo una vieja ilusión: La vida de un psicópata volcada en unas cuantas páginas. Para ello ya se ha entrevistado con el abogado del recluso y con la inspectora de policía que ha llevado a cabo su detención. Imprescindible burocracia antes de dar cualquier paso.
                Daniel prefiere escribir a mano en una libreta de tapas duras y con bolígrafo, antes de sentarse ante un ordenador y teclear, a pesar de que se somete a su tecnología en el trabajo diario. Pero en su casa hace lo que le apetece y acepta sin excusas, que lo de escribir a mano es parte de su personalidad y que a pesar de admitir las ventajas que suponen las correcciones sin tachaduras ante una pantalla, el continúa aferrado a sus costumbres.
                En esa libreta  de páginas en blanco, un día  de abril comenzó a garabatear unas figuras cúbicas para posteriormente entrar en calor y garabatear la primera frase de su proyecto literario.






2




No fue fácil que me concediesen un permiso para poder visitar y entrevistarme con Ezequiel. A base de tocar amistades aquí y allá y de muchas conversaciones con burócratas, finalmente conseguí entrevistarme con el director de la prisión de máxima seguridad de una provincia andaluza, donde Ezequiel se encuentra internado. El hombre, un funcionario de aspecto bonachón corpulento y calvo, con gafas de gruesos cristales , me invitó a dar cuenta de un refresco en su despacho, que acepté debido a que tenía la boca seca por el calor y la tensión del momento. Me encontraba algo nervioso, ya que aún no sabía el resultado de mi pretensión y de ello dependía el futuro de mi libro.
                El despacho era de un aspecto austero, con muebles apolillados, tallados en madera de castaño, algunos cuadros de pintores clásicos –copias con toda seguridad– junto con otros claramente pintados por algún preso y de estilo naif. Un sofá de aspecto sólido tapizado en cuero negro y una mesa de despacho en cerezo y gastada por el uso de varias generaciones de funcionarios. Tras encender un Montecristo del número tres, Víctor se dirigió a mí con una gran cordialidad y sonriente:
                —Daniel, si desea fumar, puede hacerlo.
                Yo, tratando de caer bien, procuré no ser descortés con el funcionario del que dependían los trámites para realizar mi proyecto y devolviendo una sonrisa añadí:
                —Se lo agradezco Víctor. Pensaba que en las instituciones y organismos oficiales no se podía fumar.
                —Salvo en mi despacho.
                Su expresión afable me pareció que indicaba una colaboración medida y desconfiada, como preguntándose quién era yo y qué era exactamente lo que pretendía, a pesar de que al menos para mí el motivo de la entrevista estaba claro.
                Encendí un Marlboro  y se produjo un silencio un poco tenso entre los dos. A mi pesar el hombre tenía algo que perturbaba, tal vez su capacidad de mando o sencillamente su costumbre de dar órdenes. Quizá me disgustaba que desviase la vista, cuando yo me dirigía a él.
                —Víctor, no sé muy bien por dónde empezar.
                —Por el principio, como todo.
                —Usted sabe que tengo un proyecto: Escribir un libro, sobre uno de los presos.
                —Eso ya me lo han comentado.
                —¿Y lo ve usted bien?
                —Veremos qué se puede hacer. Existen normas y horarios. Eso que usted me pide es una novedad en esta institución y las novedades pueden traer derivados otros problemas; problemas con los demás reclusos, que pueden ver una popularidad excesiva en uno de ellos y sacar a flote envidias. Envidias de los otros kíes de un  nivel más bajo. Esto es como una familia donde todo acaba por saberse.
                —Pero Ezequiel está en un módulo aparte, y no tienen porqué enterarse.
                Víctor no parecía muy conforme con mi opinión y me lo hizo saber mirándome de frente por primera vez.
                —Aquí todos se enteran de todo y luego en el patio se corre la voz. Yo no sé lo que piensa la gente de la calle, pero aquí los tíos son como verduleras; se ve que no tienen mucho de qué hablar.
                —A mí me gustaría intentarlo si usted me ayuda.
                —Tengo que pensarlo. No le prometo nada. Tal vez fuese posible que apareciese  usted por aquí los sábados y los domingos, pero no quiero follones con los otros y tengo que valorar su proposición con prudencia. Tengo que buscar una disculpa creíble, y además, no sabemos si Ezequiel quiere que usted escriba un libro con sus barbaridades.
                Pensé que llamar barbaridades a los asesinatos, era como hablar de un colegial rebelde al que se le consienten más cosas de las que se debiera. Pero mi opinión no valía para nada en el interior de aquella institución gobernada por el hombre que estaba frente a mí en una actitud desconfiada y arisca. Trate de convencerle con mis argumentos.
                —Víctor, yo lo he intentado por activa y por pasiva. He hablado con su abogado y él cree que no tendría por qué haber  inconveniente. Usted me comprenderá cuando le digo que esto es una meta importante para mí.
                —No, si yo le entiendo. Otra cosa es que seamos capaces de hacerlo como es debido y que Ezequiel colabore.
                Aquel “seamos” me gustó y la conversación que manteníamos, al cabo de un rato se fue relajando y derivó hacia aficiones comunes y equipos de fútbol favoritos. Quedamos en que si era posible alguna alternativa me llamaría y le dejé mi número de teléfono.
                —Tenga usted un poco de paciencia Daniel y ya veremos qué se puede hacer.
                Salí de allí con la sensación neutra y algo incómoda de jugármela a una carta. O escribía un libro sobre Ezequiel o sencillamente podía olvidar el proyecto y no insistir más.
                Transcurrió una larga semana sin noticias, en la que por fortuna mi trabajo diario en la redacción me mantenía ocupado y a mediados de la segunda semana tras la entrevista con Víctor me vi incapaz de esperar más y le llamé al despacho.
                —Discúlpeme Víctor, soy Daniel.
                —¡Ah! Si, Daniel…
Me dio la sensación de que no se acordaba de mí, y que lo mismo daba decir Daniel el electricista que el fontanero.
                —Verá, créame que siento darle la lata, pero quería saber si hay alguna novedad respecto a lo que hablamos hace unos días.
—¿De…?
—Del asunto de escribir un libro sobre un preso, Ezequiel, ya sabe
                —Ah, sí, ya caigo. Pues te tengo buenas noticias chico... No te he llamado estos días porque ando muy ocupado. Precisamente pensaba llamarte hoy.
                No me creí que fuese tanta casualidad. Más bien me dio por pensar, que Víctor se divertía haciéndome esperar pero aproveche la ocasión antes de que cualquier otra cosa la estropease y se fuese todo al traste. Caí en la cuenta de que me tuteaba y yo por el momento evité hacerlo.
                —Entonces, ¿podríamos vernos?.Podría ser hoy mismo si dispone de un hueco.
                —Si, desde luego, pero hoy no es posible. Ven el martes de la semana que viene, hacia las doce. Dile a mi secretaria que te anote para las doce en la agenda, no vaya a ser que me líe con otras cosas y se me pase.
                —Muchísimas gracias Víctor,  nos vemos el martes.
                Naturalmente comencé a fantasear y me vi entrevistando cara a cara a un psicópata con pinta de Hannibal Lecter como en las películas, cargado de cadenas y con una mirada opaca y escalofriante. Por un momento se pasó por mi cabeza la idea de que el esfuerzo pudiera ser que no valiese para nada. Los días pasaban lentamente y me consumía con mis fantasías de llegar a ser algo en el mundillo literario, por suerte el trabajo relacionado con la redacción de noticias me ocupaba una gran parte del día.






3




  Víctor me recibió sonriente y amable, con el habitual Montecristo incrustado en su boca, como un apéndice.
                —Siéntate Daniel.
                Me sorprendió el trato familiar y el tuteo, tan  poco habitual en los funcionarios. Claro está que Víctor no era un funcionario de nivel bajo y se permitía concesiones, como el omnipresente puro.
                —Mira, he hablado personalmente con Ezequiel. A estos tíos les gusta que el director de la prisión se rebaje y les pida un favor.
                Me quedé incómodo tras estas palabras. Me estaba diciendo claramente que le debía una muy gorda. Él se había rebajado ante un preso por hacerme un favor. Por un instante pensé en cómo demonios se le podía pagar. Él disfrutaba viendo mi cara y creo que se daba perfecta cuenta de lo que pasaba por mi mente.
                —Sólo te pido que seas correcto y prudente. No le fuerces. Las entrevistas las haréis sábados y domingos, de doce a dos. Te recomiendo que trates de caerle bien. Si él no quiere seguir adelante, esto se acaba. Fácil, ¿no?
                —Sí.
                —Te traes una grabadora pequeña y ya está. Ni se te ocurra traer algo para tomar notas, me refiero a un bolígrafo. No dejamos pasar con esas cosas, ya sabes.
                —De acuerdo.
                —Vale, ahora te paso con Montse para que avise a Julio… Tienes que perdonarme pero tengo mucho que hacer. Siento no poder estar más rato contigo. Ahora si me disculpas…            Apretó con el índice un botón de la consola de plástico colocada encima de la mesa de su despacho y cuando Montse le contestó, fue escueto.
                —Montse te paso a Daniel, el periodista, ya sabes. Llama a Julio y dile de mi parte que ya está aquí y que le acompañe a la celda de Ezequiel.
                Me alargó la mano en señal de despedida y amablemente me condujo a la puerta de salida. En el recibidor Montse aguardaba. Su carita de amabilidad forzada me miraba sonriente tras las gafas. Me quedé firme frente a ella.
                —Espere aquí, por favor. Ahora vendrá Julio para acompañarle.
                Hice lo que me dijo y esperé. Cuando apareció el tal Julio me vi ante un personaje que actuaba como un tipo duro, de pelo al cero y pocas palabras. O tal vez él era así…
                —Acompáñeme, por favor.
                Eso hice y le acompañé por varios pasillos, que siempre finalizaban en una reja mecanizada desde donde un compañero tras saludarle parapetado en la cabina acristalada, nos franqueaba el paso siguiendo las órdenes recibidas desde el walkie talkie de Julio. Finalmente llegamos  a un  corredor con pocas celdas. Yo estaba harto de ver la espalda del tal Julio que precediéndome, parecía ignorarme. Me daba la sensación de ser un puñetero preso más conducido a su estancia obligatoria, solo me faltaban las esposas en mis muñecas para completar la escena.  
         Julio frenó ante una celda y me indicó que mantuviese una cierta distancia mientras esposaba a Ezequiel. Se dirigió al preso con voz neutra.
                —Ezequiel.
                —¿Qué hay?
                —Oye, que viene conmigo este señor, de parte del director.
                —Ya, ya sé. Víctor me lo ha comentado.
                A Julio no le gustó que un preso llamase por su nombre a su jefe y formó una mueca en sus labios.
                Ezequiel estiró los brazos en silencio, para facilitar a Julio el colocarle las esposas y una vez finalizado el protocolo, Julio se dirigió a él con naturalidad:
                —Te voy a presentar a Daniel.
                Julio se giró,  dirigiéndose a mí como si de pronto me conociese de toda la vida. Me adelanté unos pasos, saliendo del resguardo del muro del pasillo y girando hacia la celda.
                —Pasa Daniel.
                Julio alzó un poco la voz. Me recordó a un domador de circo imponiendo su autoridad ante los leones.
                Me llevé una sorpresa, esperaba un tipo agresivo de esos que se tiran a los barrotes. Pero me encontré ante una persona muy normal. Un tipo bajito, de pelo cano y pinta amable. Me di cuenta de que las fotos que se habían tomado sobre el asesino y los artículos que habíamos escrito sobre él, como era lógico, estaban inflados de pasión cara a unos lectores ávidos de morbo. Yo le había visto en los juzgados, pero este hombre parecía otro. Un tío normal y corriente. Sólo sus ojos tenían algo, eran de un intenso azul acero. Como una luz diferente, como un brillo distinto de los demás. Aparte de ese detalle, nada más destacaba en él. Había asumido que su condena iba para largo y no tenía prisa. Tenía todo el tiempo del mundo.
                —Ezequiel… ¿qué tal está?. Soy Daniel…Supongo que ya le han contado…
                —Sí, Daniel, ya sé que tienes mucho interés en  escribir sobre mí. Estás ante una persona diferente y eso hace que tu interés sea  tan intenso como el de un naturalista que observa el comportamiento de una determinada especie de la fauna salvaje. Seguramente me verás como a un tigre, un depredador asesino. El gran felino mata para comer, yo para traer la justicia a un mundo desorientado y carente de ideales. Vemos los muros en su totalidad y estamos ciegos a la obra que supone el poner un bloque.
                Hablaba pausadamente y orgulloso de sí mismo, como una celebridad.

—Discúlpeme, pero si ese bloque es una muerte tras otra, los crímenes no se justifican de ningún modo.
                No se la razón que me impulsó a decir aquellas palabras, pero de inmediato temí que todo se viniese abajo y que allí mismo se acabasen mis proyectos. Por suerte el continuó sin inmutarse.
—Tenemos puntos de vista diferentes. ¿Quien crea la justicia entre los hombres? La respuesta es: ellos mismos. Si esto es así, y de eso no cabe duda…cual es la justicia válida, ¿la suya o la mía?. He aceptado una condena. La he aceptado yo. Yo me he condenado, aunque son ellos mis jueces. ¿No condenaron a Jesucristo por que se rebeló contra el imperio romano? ¿Fue Jesucristo el verdugo que segó la vida de los cristianos que abrigaron su doctrina? ¿Les condenó?, ¿engañó a sus corderos?. O sencillamente siempre creyó que lo justo solo tiene un camino, por muy dañinas que sean las piedras de la senda bajo nuestras sandalias.
—Ezequiel, sepa usted que mi intención de escribir sobre un hecho sangriento y los motivos que han llevado a una persona hasta esos acontecimientos. Creo que debería de venir con una grabadora y poder guardar sus palabras en una cinta. Hoy es solamente un contacto y no vengo preparado.
                En realidad me sentí cohibido por aquellas primeras frases y preferí tomar las cosas con calma. Sí que había grabado la conversación en la grabadora oculta en el interior del bolsillo de mi chaqueta. No falló la maquinita, el desconcierto era solamente mío. Ese profeta moderno me sacaba una ventaja imprevista. No era un inculto que solamente se quejaba de cómo le trataban en la cárcel y de la mala comida. Se notaba un sentimiento de orgullo, de afán de protagonismo. Parecía que las palabras le motivaban y aumentaba por momentos su estatura. Me encontré ante una situación abrumadora. Un psicópata que aparentaba ser una persona serena. Costaba creerlo. Me había formado una idea desacertada y preconcebida. Pero no, nada es lo que aparenta. Yo no sabía muy bien qué responder y tuve serias dudas sobre dónde me había embarcado y que podía salir de todo aquello. En realidad me colapsé.
                —Vaya, un periodista poco preparado para la noticia. Un niño sin su lápiz. Creo que deberíamos de dejar esto para la próxima ocasión. Noté desprecio en su mirada, no en su voz que continuaba monótona. Más adelante pensé que él tenía una escena preparada y que la función se había acabado antes de tiempo, un imprevisto con las cuerdas del telón. Pero en aquél momento solo pude responder:
                —En ese caso, vendré el sábado y domingo para comenzar a grabar las conversaciones, si usted no tiene inconveniente.
                —No, en absoluto.
                —Me alegro de haberle conocido Ezequiel. Entonces… hasta el sábado.
                —¡Hasta el sábado, Daniel!
                Ezequiel de nuevo recuperó su compostura y regaló una sonrisa para su débil y cobarde público, es decir, yo.
                De regreso por los pasillos me sentía incómodo, tenía una sensación de culpabilidad, de no haber aprovechado la entrevista en la totalidad del tiempo que se me concedía. Al mismo tiempo sin saber de razones o razonamientos me asaltaba la idea de que una cosa era la fantástica idea de parir un libro sobre un personaje real y otra sería intentar ver a aquel hombre como un demente. Sabía que lo era, que era un psicópata, pero ante su serenidad, su compostura y su paciencia ante mi supuesto error de profesional, me era inevitable comenzar a verle con cierta simpatía. Yo se que tenía que mantenerme al margen de sentimentalismos, pero también sabía que para entenderle tenía que fundirme con sus ideas, a mi pesar. Recuerdo que salí de allí con la cabeza hecha un lío y desconcertado. Pensé que era vergonzoso que un profesional tuviese momentos tontos como ese y que no decía nada a mi favor el encontrarme “en blanco” justo en el momento en que necesitaba mayor lucidez mental. No entendía que era lo que me había pasado y me propuse firmemente que esa sería la última vez que Ezequiel y su “aura” me dejasen fuera de juego.





                                                                             
                                                                           4     

               
                El siguiente sábado, tras pasar por los corredores y las  lentas y chirriantes puertas,  llegamos al fin a la celda de máxima seguridad los tres funcionarios que me precedían y yo. Estaba nervioso. Los funcionarios entraron en la celda y esposaron a Ezequiel. A mí me ordenaron de nuevo mantenerme a distancia en aquel proceso. Una vez realizado, se nos condujo a un reducido patio interno cubierto por un techo de cristal. Yo siempre me situaba unos cuantos pasos por detrás de Ezequiel ya que Julio cada vez que notaba que por casualidad me acercaba al preso, sujetaba mi brazo con firmeza y frenaba mi marcha. En aquel pequeño recinto colocaron una mesa y dos sillas, tras la orden dada por Julio a otro de sus compañeros. Un funcionario nos indicó que tomásemos asiento. Ezequiel estaba tranquilo, yo no. El personal del funcionariado se retiró unos pocos pasos y dos de ellos se cruzaron de brazos, en actitud vigilante. El tercero se sujetó las manos tras la espalda, pero con la emisora portátil entre ellas. Se situó inmediatamente tras del recluso.
 —Quisiera que se relajara usted y me hablase libremente. Me interesa saber los motivos… el porqué de los motivos y lo que sentía.
 —Daniel, ya veo que como articulista, analizas una situación, un hecho y lo narras. Los acontecimientos de la calle se pueden resumir así, esto no. Claro que estoy relajado, bastante más que tu, muchacho.
—Yo no…
—Como ese libro que pretendes escribir es mi propia vida, seré yo quien lo comience y finalice. Si no te importa te limitas a escuchar y  a grabar, pero te permitiré que me hagas unas pocas preguntas.
                Me pareció una chulería lo que dijo. Pero no iba a cabrear a aquel chiflado en el inicio de una conversación. Pensé que era mejor adoptar una actitud sumisa.
—Estamos de acuerdo.
—¿Estamos?
                Él sonrió, como dando a entender que no aplicase el plural tan alegremente. Puse la grabadora en marcha, esta vez encima de la mesa y ante él.
 –Puede comenzar cuando desee.

                El día 14 de octubre del 2007 conocí personalmente a María tras chatear con ella durante un mes. Cuando la vi físicamente me gustó, y en los días siguientes hablábamos con frecuencia por teléfono, o paseábamos. Yo tenía un buen nivel económico y lo único que deseaba era  formar una pareja y  tener una vida familiar; como todo el mundo. En el mes de diciembre, el día 17, me trasladé a su piso para iniciar una convivencia. En el 2008, el 10 de