viernes, 25 de mayo de 2012


EL EGOISTA


MIGUEL DUQUE DE YEGUAS
                                  Capítulo   I
           


Mi amigo Roberto murió el diecinueve de julio del año 2011 tras una corta estancia en el hospital, debido a la gravedad de sus heridas como consecuencia de un accidente de automóvil. 
Nuestra amistad databa de unos cuantos años antes. Nos habíamos conocido en una concentración de motos, en una época en la que él tenía un taller de reparaciones y acudía a las concentraciones para darse a conocer y captar posibles clientes. Y cuando su esposa tras el entierro nos comunicó a los amigos que era su deseo el legarnos varios de sus efectos personales, pensé en que era una "voluntad" un tanto particular, pero por no hacer un feo a Isabel, decidí ir hasta su casa y ver de  qué se trataba. Ella había amontonado varios objetos en el recibidor y todos nosotros nos vimos en una situación comprometida. 
Entre aquellos objetos se encontraban varias libretas de tipo escolar, de buena calidad y casi nuevas. Las ojeé un poco por encima y me llamó la atención lo escrito en una de ellas, aparentemente íntimo. Le pregunté a Isabel de que tema se trataba y me dijo que era como una especie de cuento que Roberto había escrito.
Iniciamos un diálogo que en mi opinión fue algo corto; pero es mi opinión solamente.

—¿La quieres para algo?.
—No; es tuya si la quieres. ¿Te interesa?
—Es algo personal de Roberto y me apetece conservarlo si te parece apropiado.
—No te preocupes y llévatela. Lo que hay en ese montón me dijo que era para vosotros.

Me llevé la libreta para mi casa y durante uno o dos meses no me acordé de su existencia. Solo cuando abrí el cajón buscando otra cosa desaparecida, vi sus tapas azules. Cuando aquél día la hojeé sin prisas, descubrí el pequeño mundo de mi amigo.   Decidí mantener una conversación con Isabel para asegurarme de que, si el hecho de  intentar publicar aquello podría tener alguna consecuencia dada la apariencia tan íntima del tema que se trataba en aquellas páginas y del que yo no estaba tan seguro que no fuese un diario autobiográfico o algo parecido.
En un afán altruista encaminado a homenajear a la buena persona que fue Roberto, pregunté a su viuda si me permitía hablar de ello con un conocido que tenía una pequeña editorial en Madrid.

—Isabel ¿estás segura de que lo que ha escrito Roberto no será algo comprometido?.
   Mira Juan, yo no sé hasta qué punto mi marido escribió una verdad o una mentira, yo no solía meterme en esas cosas y siempre consideré que Roberto tenía una serie de aficiones en las que yo nunca me he metido.
   No si no es eso; no quisiera molestarte ni darte la paliza con esto, solo me preocupa si puedo meter la pata en el caso de conseguir publicar el libro y que resulte que aparezca alguien por ahí, con cara de ofensa.
   Por lo que sé, no es autobiográfico.
   ¿Pero tú no le preguntaste algo sobre eso?
   La verdad es que no…
   ¿Lo has leído?
   Creo recordar que ya te he dicho que no me interesaba leer lo que él escribía, lo mismo que tampoco he ido a las concentraciones. Eran cosas de él, sus cosas, y eso no significa que yo no lo quisiera, o que pasase de él.
   Isabel, no quisiera por nada del mundo que esta conversación nos llevase a un terreno de arenas movedizas; no sé si me entiendes.
   Claro que te entiendo, que yo sepa no soy tonta aunque lo parezca…
   No quise decir eso, veo que estás algo sensible.
   Mira Juan…haz lo que te parezca, yo no quiero saber más del tema, así que tú sabrás.
   ¿Estás enfadada?.
    Oye, siento haber metido la pata, de verdad que lo siento.
   ¿Te apetece un café?
   Si no te importa…
   Si me importase no te lo ofrecería,¿ no te parece?

  Luis el editor, no estaba muy seguro de que hacer y albergaba cierto miedo a invertir en la novelita. Pensaba y con razón, que era un riesgo publicarla, ya que a los futuros lectores posiblemente no les interesase un tema tan “poco novelesco”. Viendo sus dudas, insistí en llevar a cabo la edición pagándola de mi bolsillo, lo que se llama autoedición y que suponía un pequeño gasto para mí, pero afortunadamente nada que me fuese a arruinar.
Decidimos hacer una tirada corta, con un máximo de cien ejemplares para sondear al posible sector de lectura. Nos sorprendió a todos el éxito de la edición y supongo que su rápida venta se debió al interés de las personas en dos puntos clave: uno  era la curiosidad y el otro el sentir las experiencias de Andrés como algo suyo; como algo que le ocurre a muchos de nosotros. ¿Roberto vendió recuerdos?. No tengo una respuesta segura para eso ya que no se, y desgraciadamente nunca sabré, si lo que mi amigo plasmó en unas cuantas cuartillas eran hechos ciertos basados en su propias experiencias o las de algún conocido, o solamente escenas imaginadas por él.
Y esto es lo que ha escrito Roberto:

¿Porqué creo que los cielos se resquebrajan para acogerme, si siendo uno más, no tengo los derechos de los Dioses y es propio en la naturaleza del hombre el egoísmo, que lo diferencia de los otros seres mortales? 
            De los castillos que en el aire construí rindo cuentas, de todas y cada una de sus piedras, que, poco a poco mis manos han trabajado y colocado. No todos esos bloques han estado en el sitio que les correspondía, pero es que no he nacido para ser un buen arquitecto de emociones. Mis obras sin lugar a dudas son en una gran parte inacabadas o simplemente fallidas.
            No en el tiempo sino en las motivaciones y resoluciones, la vida es para unos corta y para otros larga. Depende del grado de aceptación de cada uno de nosotros.
Sé que he empañado la luz con sombras de resentimiento. Sé que he tirado por la borda los malos recuerdos y los he cubierto con una pátina de bálsamo que todo lo cura. No culpo a las personas que han pasado por mi vida, y que han dejado su impronta en mí, con cuñas de vida. Esos gajos de vivencias, esos momentos tanto buenos como malos son un patrimonio indiscutible y, deseado o no, siempre aceptado como tributo. Supongo que yo también soy un condenado culpable de tatuar mis dudas y mis miedos, egoísmos o resentimientos en mis semejantes. Los exámenes de conciencia no están carentes de resultados, aunque no siempre aceptemos el balance que nos pasan.
            Quisiera ver cuando miro al cielo, a esos ángeles que se esconden detrás de las nubes y que sonríen para mí, o que los rayos del sol tocan mis manos personalmente “porque me conocen”. Pero siempre hay días de nubes grises, días atormentados, y mi alma –o mi sentir- soporta muchas veces borrascas interminables que no soy capaz de sortear.
            Soy el hijo que protesta de un pasado mal enfocado en lo tocante a ternura y cariño por parte de sus padres. A veces me pregunto si son realmente culpables, o soy yo un verdugo implacable que castiga con rencor la falta de un cariño que –creo- no tuve. Es muy habitual culpar a los padres de nuestros problemas. Tal vez porque al ser los seres más cercanos a nosotros exigimos un tributo, de algo que creemos que nos pertenece. Pienso que cuando algo nos sale mal no nos culpabilizamos a nosotros mismos para asumir y reconocer nuestros errores y buscamos una solución fácil señalando con el dedo a quien más cerca tenemos.
Haciéndoles culpables, buscamos un apoyo emocional en nuestra cobarde actitud y de paso convertimos a nuestros creadores en obligados vasallos de un canon por nosotros establecido. Como si el hecho de ser hijo, conllevase derechos de esclavitud paterna; o dicho de otra manera el pago justo por habernos traído al mundo sin pedir permiso.
Una infancia solitaria cuando miro atrás, y una sensación de sabor a moho y a fina humedad cayendo en diáfanas cortinas como el vapor de agua de una cascada.
            Y le añadí a esa edad, una pizca de azúcar que elaboré en mi imaginación y que fui ampliando a lo largo de los años. El niño que recurría a su imaginación para huir de sus soledades, para asumir sin daños sus carencias y para poder soportar las cuentas que pasaban horas y días. Me especialicé en el arte de odiar lo palpable y ahora ya de adulto pago una factura elevada. Pero sí; me hice fuerte y, –en ocasiones- admito que la derrota no es lo mío.          
Caminé en un desierto del que no era consciente, y hoy día -no sé la razón- me veo en lo alto de una duna a modo de atalaya, desde la cual lo contemplo. Tengo sensación de vacío, de soledad, y busco esos pocos arbustos de comprensión o de amistad que a veces se crían en las arenas, con semillas que yo tenía que haber plantado en su día y no planté. Y es por eso que ahora padezco de la sed que no me agobió en la infancia y juventud. Por ese motivo quiero beber en manantiales inagotables, no quiero que se sequen los pozos de agua fresca y tengo miedo a ese viento cálido de soledad que puede asolar mi boca.
            En una mezcla de grises y blancos, bermellones y azules, hemos pintado un cuadro. En esta paleta he puesto los pinceles y otras personas los colores que han dado  forma y paisaje a ese lienzo virgen que era yo y que a medida que el tiempo pasaba se ha cubierto de fases en color, alternándose los tonos cálidos con los fríos.
            Volé con alas de cera y creo que lo hice mal. No tuve maestros y no admití lecciones de otros aprendices más avanzados que yo. Qué tonto puede ser el orgullo que cubre los ojos y los hace ciegos al progreso del espíritu. Siempre en pleitos, siempre en juicios desacertados en los que el único perdedor  es el que ufanamente se creía ganador.


            Y así voy creciendo y ganando en años lo que voy demorando en experiencias. Con esa cabeza llena de fantasías inicio mis primeras relaciones sentimentales. Y de esas personas es de quienes hablaré, porque deseo hacerlo.
La primera vez que mis hormonas se dispararon, se asocian con el recuerdo  de un día de verano. Y la escena continúa siendo aún muy vivida a pesar de los años:
            Un grupo de críos nos encontrábamos despreocupadamente tumbados en un prado cercano a nuestro barrio. El ambiente envolvía con su olor a hierba y saucos, a flores, calor, y a bullicio. La sensación envolvente  y aduladora del verano. 
Las chicas llegaron algo mas tarde y fueron recibidas sin mucha pasión por nuestra parte. Toño era el de más edad entre los del grupo y era novio de Mari Tere.
Mari Tere creo que tendría tres o cuatro años más que yo.
La brisa del mediodía no estorbaba debido al calor. Recuerdo que estaba tumbado en la hierba sobre el  codo izquierdo, y mi cara apoyada en la mano.        
            Mari Tere vino de mala leche, y se puso a discutir con Toño de algún asunto entre novios. En medio de la pequeña reyerta y mientras él se defendía no recuerdo de qué; una ráfaga de aire alzó la falda de Mari Tere hasta la cintura dejándome ver sus braguitas blancas en una escena absolutamente inesperada.
Durante meses, dibujé obsesionadamente triángulos. Y desde aquél momento y para siempre he sido un fetichista adorador de las braguitas blancas y de lo que se esconde bajo ellas.
           
Años setenta

           
            Era un día de sol,  y el caso es que no recuerdo el año. En la superficie de las mesas de una terraza de bar diseminadas por aquella plazoleta, bailaban los claroscuros del verano y entre los soportales con arcos de los lados de la calle, las sombras protegían del calor. A un lado una iglesia pequeña y desafiante marcaba el territorio como un león.
            Supongo que algún amigo o simplemente un conocido, me la presentó. Era diferente. Tenía un perfil griego, recto de líneas. Joven y fresca como una flor nacida en el campo sin los cuidados ni las podas de un jardín. Isa, me dijo que se llamaba. Que la llamaban así sus ocho hermanos.

           

Isabel.



            Había tenido otras novias antes, bueno... lo de novias en la chavalería es un poco exagerado. Ahora no recuerdo cómo empezó aquello, pero sí lo que ocurrió a continuación, como en flashes o escenas cortas distantes entre sí y rodeadas del sol y el aire caliente del verano. No sé en qué lugar nos dimos el primer beso, ni esa primera caricia de andar de manos ansiosas.
            En una de aquellas tardes nos desplazamos a un piso que tenían mis padres en un pueblo costero y que apenas si usaban. Ahora caigo en la cuenta de que era un chico privilegiado. Para mí carecía de importancia el hecho de tener un recurso inmobiliario gratuito y casi anónimo. Recorrí con ella lo que me parecía un interminable pasillo que conducía a la habitación, y que en realidad suponían muy pocos metros. Recorrí, y digo en singular lo que era plural, pero que con el corazón a galope era tan singular como el pánico que me daba acostarme con ella.
            Pelo castaño, faldita corta y zapatitos de tacón no muy alto sobre los que unas piernas bien torneadas y firmes se encajaban en una cadera bien formada. 

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