EL EGOISTA
MIGUEL DUQUE DE YEGUAS
Capítulo I
Mi amigo Roberto murió el
diecinueve de julio del año 2011 tras una corta estancia en el hospital, debido
a la gravedad de sus heridas como consecuencia de un accidente de automóvil.
Nuestra
amistad databa de unos cuantos años antes. Nos habíamos conocido en una
concentración de motos, en una época en la que él tenía un taller de reparaciones y acudía a las
concentraciones para darse a conocer y captar posibles clientes. Y cuando su esposa tras
el entierro nos comunicó a los amigos que era su deseo el legarnos varios de
sus efectos personales, pensé en que era una "voluntad" un tanto particular, pero
por no hacer un feo a Isabel, decidí ir hasta su casa y ver de qué se trataba. Ella había amontonado varios
objetos en el recibidor y todos nosotros nos vimos en una situación
comprometida.
Entre aquellos objetos se encontraban varias libretas de tipo escolar, de buena calidad y casi nuevas. Las ojeé un poco por encima y me llamó la
atención lo escrito en una de ellas, aparentemente íntimo. Le pregunté a Isabel de que tema se
trataba y me dijo que era como una especie de cuento que Roberto había escrito.Iniciamos un diálogo que en mi opinión fue algo corto; pero es mi
—¿La quieres para algo?.
—No; es tuya si la quieres.
¿Te interesa?
—Es algo personal de Roberto y me apetece conservarlo si te parece apropiado.
—No te preocupes y
llévatela. Lo que hay en ese montón me dijo que era para vosotros.
Me llevé la libreta para mi casa y durante uno o dos meses no me acordé de su existencia. Solo cuando abrí el cajón buscando otra cosa desaparecida, vi sus tapas azules. Cuando aquél día la hojeé sin prisas, descubrí el pequeño mundo de mi amigo. Decidí mantener una conversación con
Isabel para asegurarme de que, si el hecho de intentar publicar aquello podría tener
alguna consecuencia dada la apariencia tan íntima del tema que se trataba en
aquellas páginas y del que yo no estaba tan seguro que no fuese un diario
autobiográfico o algo parecido.
—Isabel ¿estás segura de
que lo que ha escrito Roberto no será algo comprometido?.
— Mira Juan, yo no sé hasta
qué punto mi marido escribió una verdad o una mentira, yo no solía meterme en
esas cosas y siempre consideré que Roberto tenía una serie de aficiones en las
que yo nunca me he metido.
— No si no es eso; no
quisiera molestarte ni darte la paliza con esto, solo me preocupa si puedo meter
la pata en el caso de conseguir publicar el libro y que resulte que aparezca
alguien por ahí, con cara de ofensa.
— Por lo que sé, no es
autobiográfico.
— ¿Pero tú no le preguntaste
algo sobre eso?
— La verdad es que no…
— ¿Lo has leído?
— Creo recordar que ya te he
dicho que no me interesaba leer lo que él escribía, lo mismo que tampoco he ido
a las concentraciones. Eran cosas de él, sus cosas, y eso no significa que yo
no lo quisiera, o que pasase de él.
— Isabel, no quisiera por
nada del mundo que esta conversación nos llevase a un terreno de arenas
movedizas; no sé si me entiendes.
— Claro que te entiendo, que
yo sepa no soy tonta aunque lo parezca…
— No quise decir eso, veo que
estás algo sensible.
— Mira Juan…haz lo que te
parezca, yo no quiero saber más del tema, así que tú sabrás.
— ¿Estás enfadada?.
— Oye, siento haber metido la pata, de verdad
que lo siento.
— ¿Te apetece un café?
— Si no te importa…
— Si me importase no te lo
ofrecería,¿ no te parece?
Luis el
editor, no estaba muy seguro de que hacer y albergaba cierto miedo a invertir
en la novelita. Pensaba y con razón, que era un riesgo publicarla, ya que a los
futuros lectores posiblemente no les interesase un tema tan “poco novelesco”.
Viendo sus dudas, insistí en llevar a cabo la edición pagándola de mi bolsillo, lo que se
llama autoedición y que suponía un pequeño gasto para mí, pero afortunadamente
nada que me fuese a arruinar.
Decidimos hacer una tirada
corta, con un máximo de cien ejemplares para sondear al posible sector de
lectura. Nos sorprendió a todos el éxito de la edición y supongo que su rápida
venta se debió al interés de las personas en dos puntos clave: uno era la curiosidad y el otro el sentir las experiencias de Andrés como algo suyo; como algo que le ocurre a muchos de
nosotros. ¿Roberto vendió recuerdos?. No tengo una respuesta segura para eso ya que no se, y desgraciadamente nunca sabré, si lo que mi amigo plasmó en unas cuantas cuartillas eran hechos ciertos basados en su propias experiencias o las de algún conocido, o solamente escenas imaginadas por él.
Y esto es lo que ha escrito
Roberto:
¿Porqué
creo que los cielos se resquebrajan para acogerme, si siendo uno más, no tengo
los derechos de los Dioses y es propio en la naturaleza del hombre el egoísmo,
que lo diferencia de los otros seres mortales?
De los castillos que en
el aire construí rindo cuentas, de todas y cada una de sus piedras, que, poco a
poco mis manos han trabajado y colocado. No todos esos bloques han estado en el
sitio que les correspondía, pero es que no he nacido para ser un buen arquitecto
de emociones. Mis obras sin lugar a dudas son en una gran parte inacabadas o
simplemente fallidas.
No en el tiempo sino en
las motivaciones y resoluciones, la vida es para unos corta y para otros larga.
Depende del grado de aceptación de cada uno de nosotros.
Sé que he empañado la luz
con sombras de resentimiento. Sé que he tirado por la borda los malos recuerdos
y los he cubierto con una pátina de bálsamo que todo lo cura. No culpo a las
personas que han pasado por mi vida, y que han dejado su impronta en mí, con
cuñas de vida. Esos gajos de vivencias, esos momentos tanto buenos como malos son un patrimonio indiscutible y, deseado o no, siempre aceptado como tributo.
Supongo que yo también soy un condenado culpable de tatuar mis dudas y mis miedos,
egoísmos o resentimientos en mis semejantes. Los exámenes de conciencia no
están carentes de resultados, aunque no siempre aceptemos el balance que nos
pasan.
Quisiera ver cuando
miro al cielo, a esos ángeles que se esconden detrás de las nubes y que sonríen
para mí, o que los rayos del sol tocan mis manos personalmente “porque me
conocen”. Pero siempre hay días de nubes grises, días atormentados, y mi alma
–o mi sentir- soporta muchas veces borrascas interminables que no soy capaz de
sortear.
Soy el hijo que
protesta de un pasado mal enfocado en lo tocante a ternura y cariño por parte
de sus padres. A veces me pregunto si son realmente culpables, o soy yo un
verdugo implacable que castiga con rencor la falta de un cariño que –creo- no
tuve. Es muy habitual culpar a los padres de nuestros problemas. Tal vez porque
al ser los seres más cercanos a nosotros exigimos un tributo, de algo que
creemos que nos pertenece. Pienso que cuando algo nos sale mal no nos
culpabilizamos a nosotros mismos para asumir y reconocer nuestros errores y
buscamos una solución fácil señalando con el dedo a quien más cerca tenemos.
Haciéndoles culpables,
buscamos un apoyo emocional en nuestra cobarde actitud y de paso convertimos a
nuestros creadores en obligados vasallos de un canon por nosotros establecido.
Como si el hecho de ser hijo, conllevase derechos de esclavitud paterna; o
dicho de otra manera el pago justo por habernos traído al mundo sin pedir
permiso.
Una infancia solitaria
cuando miro atrás, y una sensación de sabor a moho y a fina humedad cayendo en
diáfanas cortinas como el vapor de agua de una cascada.
Y le añadí a esa edad,
una pizca de azúcar que elaboré en mi imaginación y que fui ampliando a lo
largo de los años. El niño que recurría a su imaginación para huir de sus
soledades, para asumir sin daños sus carencias y para poder soportar las
cuentas que pasaban horas y días. Me especialicé en el arte de odiar lo
palpable y ahora ya de adulto pago una factura elevada. Pero sí; me hice fuerte
y, –en ocasiones- admito que la derrota no es lo mío.
Caminé en un desierto del
que no era consciente, y hoy día -no sé la razón- me veo en lo alto de una duna
a modo de atalaya, desde la cual lo contemplo. Tengo sensación de vacío, de
soledad, y busco esos pocos arbustos de comprensión o de amistad que a veces se
crían en las arenas, con semillas que yo tenía que haber plantado en su día y
no planté. Y es por eso que ahora padezco de la sed que no me agobió en la
infancia y juventud. Por ese motivo quiero beber en manantiales inagotables, no
quiero que se sequen los pozos de agua fresca y tengo miedo a ese viento cálido
de soledad que puede asolar mi boca.
En una mezcla de grises
y blancos, bermellones y azules, hemos pintado un cuadro. En esta paleta he
puesto los pinceles y otras personas los colores que han dado forma y paisaje a ese lienzo virgen que era
yo y que a medida que el tiempo pasaba se ha cubierto de fases en color,
alternándose los tonos cálidos con los fríos.
Volé con alas de cera y
creo que lo hice mal. No tuve maestros y no admití lecciones de otros
aprendices más avanzados que yo. Qué tonto puede ser el orgullo que cubre los
ojos y los hace ciegos al progreso del espíritu. Siempre en pleitos, siempre en
juicios desacertados en los que el único perdedor es el que ufanamente se creía ganador.
Y así voy creciendo y
ganando en años lo que voy demorando en experiencias. Con esa cabeza llena de
fantasías inicio mis primeras relaciones sentimentales. Y de esas personas es
de quienes hablaré, porque deseo hacerlo.
La primera vez que mis
hormonas se dispararon, se asocian con el recuerdo de un día de verano. Y la escena continúa
siendo aún muy vivida a pesar de los años:
Un grupo de críos nos
encontrábamos despreocupadamente tumbados en un prado cercano a nuestro barrio.
El ambiente envolvía con su olor a hierba y saucos, a flores, calor, y a
bullicio. La sensación envolvente y
aduladora del verano.
Las chicas llegaron algo
mas tarde y fueron recibidas sin mucha pasión por nuestra parte. Toño era el de
más edad entre los del grupo y era novio de Mari Tere.
Mari Tere creo que tendría
tres o cuatro años más que yo.
La brisa del mediodía no
estorbaba debido al calor. Recuerdo que estaba tumbado en la hierba sobre
el codo izquierdo, y mi cara apoyada en
la mano.
Mari Tere vino de mala
leche, y se puso a discutir con Toño de algún asunto entre novios. En medio de
la pequeña reyerta y mientras él se defendía no recuerdo de qué; una ráfaga de
aire alzó la falda de Mari Tere hasta la cintura dejándome ver sus braguitas
blancas en una escena absolutamente inesperada.
Durante meses, dibujé
obsesionadamente triángulos. Y desde aquél momento y para siempre he sido un
fetichista adorador de las braguitas blancas y de lo que se esconde bajo ellas.
Años setenta
Era un día de sol, y el caso es que no recuerdo el año. En la
superficie de las mesas de una terraza de bar diseminadas por aquella
plazoleta, bailaban los claroscuros del verano y entre los soportales con arcos
de los lados de la calle, las sombras protegían del calor. A un lado una iglesia
pequeña y desafiante marcaba el territorio como un león.
Supongo que algún amigo
o simplemente un conocido, me la presentó. Era diferente. Tenía un perfil
griego, recto de líneas. Joven y fresca como una flor nacida en el campo sin
los cuidados ni las podas de un jardín. Isa, me dijo que se llamaba. Que la
llamaban así sus ocho hermanos.
Isabel.
Había tenido otras
novias antes, bueno... lo de novias en la chavalería es un poco exagerado. Ahora
no recuerdo cómo empezó aquello, pero sí lo que ocurrió a continuación, como en
flashes o escenas cortas distantes entre sí y rodeadas del sol y el aire
caliente del verano. No sé en qué lugar nos dimos el primer beso, ni esa
primera caricia de andar de manos ansiosas.
En una de aquellas tardes nos desplazamos a un piso que
tenían mis padres en un pueblo costero y que apenas si usaban. Ahora caigo en
la cuenta de que era un chico privilegiado. Para mí carecía de importancia el
hecho de tener un recurso inmobiliario gratuito y casi anónimo. Recorrí con
ella lo que me parecía un interminable pasillo que conducía a la habitación, y
que en realidad suponían muy pocos metros. Recorrí, y digo en singular lo que
era plural, pero que con el corazón a galope era tan singular como el pánico
que me daba acostarme con ella.
Pelo
castaño, faldita corta y zapatitos de tacón no muy alto sobre los que unas
piernas bien torneadas y firmes se encajaban en una cadera bien formada.
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