viernes, 25 de mayo de 2012


LA VOZ DE LAS
GARZAS

             CAPÍTULO I


Campos de Batalla


En la pequeña aldea de Galicia, los ecos políticos sonaban de lejos; algo así como las tormentas que se barruntan en el aire, pero que nos hacen creer, que aún disponemos de suficiente tiempo para buscar un refugio. Por aquellas fechas los medios de comunicación eran escasos en la zona y las noticias de los que no mucho más tarde serían acontecimientos históricos que marcarían un país entero, no llegaban con la premura de hoy en día. En aquellos parajes; boca a oído, era el único modo de transmitir las noticias y aunque estas eran desalentadoras, no se le daba importancia al hecho de cambiar las penurias, por la miseria.
Del matrimonio de José Pousido y Manuela habían visto la luz del día siete hijos.

José, el hijo mayor que recibía por este simple hecho el nombre de su padre. Juan, el segundo, Elvira y Manuela. Finalmente el resto: Andrés María y Pedro. Hijos de tiempos difíciles, traídos al mundo sin saber si podrían subsistir. Un mundo miserable donde José y su familia se alimentaban y no todos los días, de un poco pan y escaso pescado. Casi comían mejor las gaviotas -decía José-, que cercaban la lancha durante su jornada diaria en la mar.
Aparejos de cuerda o de crines de caballo trenzadas y no como ahora, de fibras sintéticas. Anzuelos de alambre y, los de acero cuando los había, se convertían en un auténtico tesoro. Cada pez, un triunfo de vida de un día sin hambre. Golpes de remo tatuados por un instante en las aguas, por el cuerpo flaco del pescador. Pan y ajo en la olla. Casi nunca carne de vacuno, cerdo, o pollo. Berzas y repollo, habas. Víveres adquiridos con trueque la mayoría de las veces. 
El fantasma de la desdicha se paseaba por las calles de toda España con las manos guardadas en sus bolsillos, y al extraerlas solo repartía hambres. En Asturias se cocía a fuego lento otro menú, en diferente olla. Las cuencas mineras, atizaban sus corazones rebeldes con carbón. Manos sucias de negro mineral enmarcadas en valles húmedos y sombríos y pinceladas oscuras en las bocas y sentimientos de los mineros. Revolucionarios en un país disperso en contradicciones políticas. 
Pero en Galicia, en esta pequeña aldea, el pulso de su lucha era ante la escasez y el mar que surtía de comida arrancada al vientre de sus aguas. Sin medios, cada familia hacía lo que podía por subsistir.
José nunca pensó que sus hijos serían tan difíciles de criar.
A raíz de los acontecimientos cercanos a las fechas de aquél octubre del año 1934, el ambiente que hasta entonces preocupaba algo, tomó tintes de drama en aquella familia. Mientras fuese posible las decisiones drásticas no se llevarían a cabo, pero sí que se tuvieron en cuenta en aquellos fríos meses. Las discusiones entre padre y madre sobre el futuro de sus hijos eran opiniones encontradas y en la mayoría de las ocasiones claramente opuestas.       
Veintiún meses más tarde llegó el verano del trágico julio del 36 y los hasta ahora temores a las nubes de tormenta se tintaron de negra certeza, forjando en sus relámpagos los aceros de las armas. La guerra civil estallaba sobre las cabezas de todo el país. José se despidió de la familia sin más cuentos, y con unas alpargatas y la cabeza al fresco de la mañana se hizo a pie el camino hacia Ferrol donde por un golpe de casualidad y fortuna, se embarcó en el pesquero de unos vascos.
Manuela convino en hacerse cargo de siete bocas.       
En los años que duró la contienda poco se supo del padre. Manuela atendió como pudo a los chicos. La barca ya no salía al mar, su patrón no estaba a los remos y la pesca no llegaba a los platos o al trueque como los meses anteriores. Manuela y los chicos pasaban verdadera hambre. Los vecinos al principio intentaban ayudarse unos a los otros, pero a medida que la escasez era más profunda las buenas voluntades miraron cada una para lo suyo y la idea de una ayuda mutua se disolvió en aquellas tierras como la bruma cuando sale el sol por entre los pinares.
Manuela tenía que tomar una decisión dolorosa. Como madre no quería desprenderse de sus hijos, pero de la misma guisa tampoco iría a consentir que se muriesen de hambre. La escasez imponía sus leyes y ahora se trataba de puro instinto de supervivencia. Recurrió a los familiares más cercanos con escaso resultado, recurrió a los vecinos y finalmente depositó en casas de otros lugares a parte de su familia.
Salvo Andrés Pedro y María, que tenían tres, cinco y siete años y no servían para atender a ninguna persona o caserío debido a su corta edad. Así que por el momento Manuela tenía menos bocas junto a la suya para intentar sobrevivir.
Plantaban patatas en un pedazo de tierra al lado de casa. Manuela era una mujer sólida y no echaba en falta ni la ausencia del hombre para trabajar la tierra ni se quejaba a los cielos de los callos de sus manos mientras labraba con la azada una tierra miserable quemada por el salitre, pero buena para las berzas y las patatas. Siguiendo los cánones estacionales plantaban nabos y algún repollo. Si la cosa apremiaba, la sopa de ortigas daba buen caldo junto con el pan duro, que era una auténtica joya. Los racionamientos marcaban aquella época de odios y hambrunas.
José, el mayor de los chicos fue destinado a una casa en Mondoñedo. Tenía 16 años cumplidos y era de buena raza. Fuerte y animado.
Juan era más débil, más sensible y taciturno. Tenía 12 años y su paradero distaba a un par de cientos de kilómetros de la casa que le vio nacer: un antiguo monasterio de frailes.
Elvira fue destinada a casa de Francisca, mujer de edad al cargo de una hija treintañera y algo descalabrada de la cabeza. La niña estaba obligada a atenderla. Con solo doce años y desarraigada de su familia, intentaba de soslayo, obtener un cariño que necesitaba.
Manuela se fue para Salamanca, a casa de una tía suya de la que poco había sabido hasta la fecha y de la que supo mucho más en el transcurso de los años venideros. El viaje en tren se pagó con las “cuatro perras” que tenían en casa y otras que mas ampliamente aportó la tía salmantina.
Pedro, María y Andrés se mantuvieron junto a su madre pasando hambre y frío, pero compartiendo el calor materno en los días a su vera, para compensar un poco a Manuela la carencia de sus otros hijos. El hecho de verlos le traía recuerdos de los que se ausentaron; pero no verlos sería morir.

José llegó a Mondoñedo en octubre del 36 justo cuando Álvaro Cunqueiro lo abandonaba. En su viaje desde el que era su lugar de origen, se acompañó de las gentes que topaba en el camino. Unos huían de la guerra o se apuntaban a filas, otros del hambre, otros de sus propios temores, y todos estaban desorientados y aturdidos. Él sabía que tenía que llegar allí. Sabía que unos vecinos-los del Puntal-, habían comentado con su madre, que en la casa de unos parientes suyos le darían de comer a cambio de trabajar.
Llevaba el muchacho un papel en la mano escrito por el maestro del pueblo. Hombre ahora sin oficio -y fusilado seis meses más tarde parece ser, que por su modo de pensar en tiempos o bando inadecuado- pero escribiente para lo que importaba; y en eso y poco más consistían los bártulos del primogénito. José con la ropa y las botas, un papel arrugado en la chaqueta de pana y un mundo desconocido por delante, trató de olvidar sus penas. Sus pensamientos sólo tenían una única palabra: sobrevivir. No sabía por qué, pero para él lo que llevaba oculto en el bolsillo interior de la chaqueta era tan importante que le hacía sentir un hombre hecho y derecho, valiente y capaz. Seguro de sí mismo gracias a la misiva, aunque su analfabetismo no le permitiese saber qué significaban los caracteres escritos. Y así se presentó en Mondoñedo, preguntando a los que veía, por la “Casa de la Marquesa”.
A fuerza de paciencia y voluntad dio por fin con la vivienda. No era ésta de ninguna marquesa, ni mucho menos, y el título se lo habían adquirido los propietarios debido a las chanzas de los vecinos. Triste realidad, evocada en el paisaje mortecino y frío, cubierto de árboles que cobijaban bajo sus ramas lo que con un mal tejado y peores paredes podía llamarse morada, más no vivienda. Le recibió una señora mayor, con una hija delgada y más bien impávida.
José con valentía esgrimió el arrugado papel ante la “Marquesa”.

- Tome usté, señora, que se lo traigo para su parte.
-¿Y tú quién eres, chiquillo?
-José, de Cedeira. El hijo de José Pousido García. Me mandan los del “Puntal”, que son parientes suyos, para ver si usté me da trabajo aquí.
La mujer recoge el papelito y se lo lleva cerca de la cara. Se queda un rato mirándolo sin expresión.
-¿Y para qué me das esto?
-Es pa usté, yo no sé leer.
-Ni yo, hijo. Ni nadie de por aquí. Vey pa tu casa, que aquí no se necesita de ti.
-Pues no pienso volver, señora. Así que usté mire lo que va´cer tanto si mira el papel como si no.
La señora no tiene el día como para sorpresas, ha discutido con su hija por tonterías y ahora lo que le faltaba es esto: que se presente un muchacho sucio con pinta de bruto pidiendo quedarse en aquella casa donde no se necesita para nada. Ya tienen bastantes problemas para atenderse ellas y este quiere ser una boca más.
 Pero son momentos difíciles y están solas. Un hombre podría ser un problema, pero un crio es fácil de llevar y ella con un par de voces puede “”ponerlo al hilo”. Se tiene lo mínimo para sobrevivir, pero que el rapaz se arregle, y si no, que se marche; que aquí nadie la ha mandado venir, por mucho papel que traiga en la mano…que vete a saber qué coño es lo que pone.
“La marquesa” sopesa la situación y, entre darle con un palo al descarado muchacho y sacarlo de allí a patadas o dejarle que eche una mano, a falta de hombres, decide lo segundo.
-Si te quedas es pa ayudar.
-Pa eso vengo, señora. Si usté quiere ahora mismo me pongo hacer algo.
-De momento, siéntate ahí mientras lo pienso.
Unos minutos más tarde le encargaba recoger leña del monte y apilarla bajo el tendejón para su secado. Llegada la noche se le mandó a dormir a la cuadra, fría y falta del calor de los animales ausentes. Al menos, un poco de paja seca fue su lecho en la primera noche. Eso y verdura fue lo que le mantuvo vivo la primera semana. A la segunda frecuentó más la casa y se le dio una habitación llena de goteras. La marquesa tenía cierta reticencia a permitirle franquear las puertas, su hija tenía una edad parecida a la de José y no se fiaba que el titulo de abuela cayera antes de lo previsto. Amenazó a Fernanda, por si las moscas.
José solicitó a la señora que si no le importaba que él les reparase el tejado y ella accedió de buena gana. Con escobas, barro y piedras, solucionó en parte el tinglado. Allí José cumplió los diecisiete años.



  Juan fue enviado al granítico, y para él, inmenso monasterio de San Cristóbal de Montenegro donde le recibieron con otro papel en sus manos y que el cura de la puerta, si supo descifrar. Y le mandó pasar dándole la espalda
-Siéntate y espera un poco.
-Es que tengo frío y hambre, padre.
-No eres tú sólo. Anda, espérate aquí.
-Bueno… lo que usted diga.
-No tardo.
  Juan se mantuvo sentado un par de horas en la silla, hasta que los frailes acabaron la oración. El padre prior le recibió pasado ese tiempo. Le pidió que se levantase y comenzó a hablar:
-Parece ser que te llamas Juan. El nombre del Bautista.           
Juan permaneció callado.
-Anda; camina un poco y ven conmigo.
Juan le siguió por los oscuros pasillos de piedra, tenebrosos a la luz de las velas. Sólo se escuchaban sus pasos. Con la cabeza baja, el niño se fijó en los pies del prior calzados con unas sandalias flacas y negras, de puro sobadas, pisando la humedad del suelo empedrado en el que cada paso sonaba como el pequeño golpe de un palito sobre un tronco de madera. Puertas y más puertas. Él no sabía por aquel entonces que se llamaban celdas.



I

Elvira tenía miedo, un miedo instintivo y animal. Se sentía acorralada y sin opciones. Procuró hablar poco y responder la mayoría de las veces con gestos de su cabeza, con sies y nones. Francisca le ordenó hacer las camas, lavar la ropa y ayudar en las labores de la casa. La mujer alimentaba animales en un corral- unas gallinas, dos ovejas-, y un cerdo que permanecía escondido al fondo de un pasillo dentro de la propia casa para evitar que fuese descubierto y requisado. En esos años se podía decir que eran personas camufladamente acomodadas. El marido había dejado una pequeña fortuna a madre e hija cuando tomó la decisión de largarse para Argentina. Con el dinero que allí recaudó, no le supuso quebranto alguno el no reclamar el escaso efectivo que dejó atrás. Con el tiempo comenzó incluso a enviar un oro a su familia, que esta sistemáticamente ahorraba en cajas de zapatos bajo las tablas de una habitación. Y más adelante, cuando se enamoró de una guapa venezolana y les cortó el suministro, Francisca supo administrar los bienes recibidos y bien guardados por si venían tiempos peores. Como así sucedió unos años más tarde.
Elvira atendía a Maruxiña, la hija de Francisca, mujer que bien podía compararse a un tornado tropical, caprichoso en su rumbo y destructivo siempre. Maruxiña poco agradecida- parte de los múltiples flecos de su carácter- la trataba despectivamente.

_¿Y qué sabe hacer esta niña idiota?
Elvira se mantenía callada y en pie con la cabeza baja, su barbilla cerca del pecho y unos pucheros en las mejillas a punto de romper a llorar. Su vestido eran unos paños cosidos de mala manera.
_¿No sabes hablar, idiota? ¿No me contestas?
Elvira rompió a llorar, hipeando. Maruxiña que no templaba gaitas, la tomó con violencia por el brazo y la sacó fuera de la casa.
_¡Vas a acompañar a las gallinas hasta que hables!
Conduciéndola al gallinero, abrió la portilla y la empujó adentro. Cerró la portilla y se fue.
A la noche su madre echó en falta la presencia de la niña
- ¿Dónde anda la niña?
- A metí no galiñeiro.
- ¿Por qué hiciste eso?
- Por… que non quere falar.
- ¿Y por eso la castigas?
- Tú déjame hacer a mí. Vas ver como habla hasta por las orejas.
- Haz lo que te dé la gana, yo no quiero saber nada.
- Vou a dar de comer as galiñas
Francisca continuó remendando paños en la silla cercana a la chimenea. El cuarto se iluminaba por unas velas y el propio fuego del hogar que repartía sombras vibrantes a la luz de las llamas.
  Maruxiña caminó hasta el corral y abrió la cancela. Cerró tras sí y dirigiéndose a la puerta de madera que cegaba el gallinero, despejó a patadas a los dos perros que acudieron en busca de algo de comida. Se les tenía para que avisaran, por si alguien –persona o animal- acudía en la noche para robar las gallinas o las ovejas. Allí se encontró con Elvira en un rincón, temblando de frío.
Traigo maíz, pan y agua para las gallinas. Vais a comer todas juntas. Si no sabes hablar, a ver si sabes poner huevos.
Elvira sólo la miró, en cuclillas con los brazos alrededor de sus rodillas. No se movió.
Maruxiña repartió el maíz en los comederos, un caldero de agua que vertió en dos latas grandes y unos pellejos de patatas que tiró directamente al suelo. Miró de nuevo para la niña y sin decir palabra se fue cerrando de nuevo la puerta.
Elvira separó con sus manos a las gallinas que comenzaban a picotear el maiz, se lo llevó a la boca y masticó poco a poco el duro alimento. Las gallinas intentaron algún vuelo, más a saltos que con las alas, para alcanzar las manos de la niña. Esta apartó las aves a manotazos y no la volvieron a molestar. Aquel día se comió un huevo crudo, no más, ya que no quería que echasen en falta la puesta diaria por si llamaba la atención su escasez y le dieran de palos como castigo. En las ventanas con tablones separados por unos centímetros y clavados al cemento por su parte externa, unos jirones de saco colgaban a modo de gallardetes. En tiempos pasados eran “cortinas” para aliviar un poco el frío del establo. Elvira los arrancó y se tapó el cuello con lo poco que pudo.
En tantas horas para pensar, la gama de cavilaciones fluctuaba del rencor y odio hacia quien sin ningún motivo la mantenía castigada y abandonada a su suerte, a el porqué y como evitarlo. Culpabilizó a su madre por mandarla a aquél sitio, a su padre por huir de casa y no cuidar de sus hijos.
Quisiera volver a ver de nuevo a sus hermanos. Quiso regresar a su casa, pero como lograría que no la devolviesen allí de nuevo, si no tenían ni para comer. Una niña pequeña puede tener que madurar de pronto ante unas circunstancias violentas o imprevisibles, pero si además es terca y con un carácter fuerte, las cosas pueden tomar giros inesperados.
 Elvira tomó una decisión: No haría nada en contra de la voluntad de su madre y sobreviría a la situación como mejor pudiese. Apretó los dientes en un gesto característico de ella y que sería definitorio de su manera de ser con los años. Cuando Elvira formaba ese gesto, quien la conociese sabría que las decisiones estaban tomadas y sin retorno.
Se acomodó como pudo buscando un poco de calor en la piel de las ovejas.


II


Manuela se apeó en la estación de Salamanca y algo desorientada, con una maleta bien pequeña en la mano se quedó de pie en el andén, esperando. Esperando a su tía, que acudió un buen rato más tarde. En los tiempos que corrían los barrios salmantinos eran barrios pobres. No había núcleos que se distinguiesen como hoy día por sus ocupantes más opulentos, en casas suntuosas.
Manuela y Rosario se fueron a los pizarrales. El barrio estaba compuesto en su mayoría por construcciones bajas. Casas de una sola planta y pequeñas. Daban unas a otras con sus laterales haciendo pared común; algunas disponían de patio. Otras –más frecuentes-lo justo para dormir y comer en una cocina de carbón o leña de encina y con dormitorio íntimamente común a toda la familia.
Tito dormía con Rosario. Cojeaba de una pierna y no era válido para la lucha. Se dedicaba como muchos otros, al estraperlo. Al atardecer de los domingos partía en una vieja vespa a Ciudad Rodrigo, y desde allí a un Portugal que distaba relativamente cerca.
En la que era por aquél entonces frontera de Fuentes de Oñoro, la guardia civil no dudaba en pegar un tiro a la mínima sospecha. Tito se veía con los portugueses, unas veces en la sierra cercana a la frontera, otras en un encinar. Siempre de noche. Tocaba todos los palos que podía: Tabaco, gasolina... Más tarde Wolframio; volfran que decían los estraperlistas.
A Manuela, lo que la entristecía era el hecho inevitable de haber dejado su casa, pero sin duda y desde el primer momento Rosario la compensó con sobrado cariño, sabedora que eso era lo que la pobre criatura necesitaba. Su instinto mucho más materno que social a la hora de la acogida de Elvira compensaba la necesidad afectiva que reclamaba desde siempre como madre frustrada y que el pobre Tito con todo el cariño y la voluntad que ponía, no podía conseguir.

  Pedro y Andrés continuaban en las manos maternas junto con María, que ya de chiquitina destacaba por su belleza y el increíble azul de sus ojos. Los chicos se ocupaban de ayudar a sacar las patatas en la época y en sus andares por el pueblo pedir algo a los que se cruzasen en su deambular. Las cosas no pintaban nada bien para socorrer a los demás, pero en Cedeira siempre se quiso mucho a esta familia y si José tenía fama de ser un buen hombre, aún más se apreciaba a Manuela. Los pescadores, de cuando en cuando les largaban algunos pescados de esos que sobraban en las cajas de madera donde se apilaban sardinas o pescadillas, o jureles y fanecas. No era infrecuente que en el fondo y aplastados algunos pescados quedasen inservibles y hechos papilla. Los marineros se los daban a los chicos para hacer caldo. El resto de la cosecha se repartía en las fábricas para latas de conserva, la mayoría de sardina y caballa para su consumo en el frente. Agujas y bogas que sobraban eran consumidas bien pronto.
La lancha del padre en dique seco, era atendida por Pedro en las pequeñas labores de limpieza y calafateo con estopa y brea. Era un modo de entretenerse y, mientras Andrés miraba, el otro hacía lo que podía sólo enseñado de la observación distraída de su padre, al hacer esas labores unos meses atrás. La mayoría de los días extraían una breve cosecha de berberechos y navajas, o almejas del fango de la ría. Cuando se cansaban o se aburrían, se largaban para la casita de la familia que distaba unos cinco kilómetros del pueblo.
La pequeña María pronto acompañó a su madre Manuela al caserío de unos señores, donde les limpiaban las habitaciones y se encargaban de otros menesteres relacionados con el hogar. Las dos trabajaban por “lo que les diesen”. Y ese pago consistía en la comida diaria y “cinco pesetas” al final del mes.
De José padre, poco se supo, salvo por una carta fechada en Bilbao en la que con pocas letras y contenido de compromiso venía a decir que no tenía novedades a destacar, y Manuela al escuchar el texto breve -por boca del maestro- en el que no se citaba el asunto de los niños creyó que José no tocaba el tema por dolor; pero con desconfianza por lo poco que escuchaba pidió al lector que se la releyese, no fuera a ser que a este se le quedaba algo que no hubiese visto la primera vez.



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