viernes, 25 de mayo de 2012



EL SUEÑO DE ANDRÉS


Salió de su casa con paso irregular y ese aire de cansancio que imprime la vejez en sus propiedades. Apoyado en un palo a modo de bastón.
 Humedad en sus ojos quizá el rocío de la mañana, o los años. Su cara, en la que los años excavaron trincheras al paso de una guerra de la que tu y él sois resistentes.. para al final, perder siempre. 
La vista alternaba el suelo con la relativa lejanía de un paisaje donde cada paso, era uno más cercano a lo que por delante tenía y al mismo tiempo le distanciaba del inicio, cada uno de ellos emitía un crujido leve en los zapatos. Un toc-toc en el suelo, de esa vara retorcida que él llamaba apoyo y los demás bastón.
Se para y mira. Casi parece olfatear el aire con el instinto de un animal. Le llega el olor del campo. De ese campo que siempre trae fragancias de su infancia, de su juventud; no de su vejez. Esos olores que no perdona la memoria y que golpean una y otra vez su frente con los recuerdos. Se acuerda de la primera vez que olió la flor del saúco y lo relaciona con una vivencia. Y se para en el camino, para no distraerse, para revivirlo.
Y de nuevo le lloran ligeramente los ojos, será por el aire de la mañana, o tal vez es nostalgia. Nostalgia de todos aquellos que no están con él. De los que andan por lugares lejanos, de otros que le olvidaron en un rincón del corazón donde no llega la luz con el paso de los años; pero sobre todo de aquellos que solo volverá a ver en otra vida porque en ésta ya no es posible.
              Cuando camina se detiene por un instante y levanta la cabeza como si su espalda de tortuga acostumbrada a estar encorvada, olvidase los años. Sus ojos no han perdido aún la fuerza, siguen claros, vivos, y le hacen mantener una esperanza. Y piensa, piensa en esa nostalgia, en el saldo que aporta. Sólo sabes lo que vale aquél o aquél otro, por el precio que pagas cuando se va. Si tu recuerdo es grande, su valor era alto. Ojos fijos en el horizonte; pero ojos que no ven. Miran, o parece que miran adelante y están viendo atrás, a lo que queda pegado en los pasos que da, a la huella que deja o en él queda; a lo que no vuelve. Y esos ojos claros por un breve instante se oscurecen y enturbian. Se lleva la mano a ellos y seca una pequeña lágrima con el dedo corazón.
Inicia de nuevo el camino incierto hacia el horizonte donde esa bruma matinal deja entrever en los inicios del verano, el otoño de las edades y el ocaso de las vidas. Apretando su mano en torno a esa raíz que para él es un bastón, camina de nuevo haciendo crujir la grava a su paso de cuerpo de sauce que mira el agua estancada de un alma cansada de fríos en el verano.
            Allá a lo lejos se ve a otro hombre que se acerca en su dirección.
—Si viene por mi ruta se cruzará conmigo –se dice–.         
            Aún no distingue quién es y no reconoce el andar, pero por la firmeza de sus pasos no es un anciano como él. Conforme se acerca le llama la atención su pelo y sus facciones le resultan familiares, pero no consigue encajar en su mente a quién le recuerda. El extraño se dirige hacia él sin dudarlo y cuanto más se aproxima más lento se vuelve su caminar. Por fin se detiene y mirándole fijamente a los ojos carraspea como perdiendo parte de esa aparente seguridad y pregunta titubeante:
            —¿Es usted al que llaman “el viejo capitán”?
            —Si así es. Y usted me resulta una cara familiar. No sé, no sé; yo diría... pero ando mal de memoria y no quisiera…
            —Andrés, ¿no me reconoce?
            Sus rasgos, incluso su forma de caminar le eran muy familiares pero hacía años que había perdido el contacto con la gente de afuera y en la casa recibía pocas visitas.
            — Discúlpame pero, no. No consigo acordarme de ti.
            — Bien, –le responde el desconocido– caminemos hacia ese roble viejo.
            Y así lo hicieron.
            Era agradable sentir el tibio sol en la cara y los dos levantaban sus cabezas para recibirlo agradecidos. Mientras caminaban el viejo comenzaba a sentirse incomodo, pero por alguna extraña razón no sentía miedo. Finalmente llegaron al roble y allí casi al mismo tiempo respiraron profundamente.
Se olía el aroma a tierra húmeda y en la lejanía comenzaban a verse nubes que amenazaban con lluvia. Seguramente en pocas horas comenzaría a llover, si, posiblemente. Los dos miraban absortos esas nubes y sin girar la cabeza, el desconocido le habló.
            —“Viejo capitán” o Andrés. ¿Cómo quiere que le llame?
            —Hace mucho tiempo que nadie me llama de ninguna de las dos maneras. Pero a mi edad prefiero ese mote de “viejo capitán”, a pesar de no ser del todo cierto.
            El desconocido sonriendo, le comentó:
            —Me han enviado para hacerle recordar.
            En el aire se filtraban los aromas de la tierra y el rocío de una mañana que se desgranaba en esas pequeñas semillas que una a una, se lleva el sol pausadamente.
—Recordar...
            —¿Puedo llamarte Andrés? ¿Puedo tutearte?
            —Si… por favor.
            —Sembré de pétalos los caminos por donde pisabas y enredándose el aire en las cintas de tus sandalias, convertías en remolinos los aromas que solo para ti, nada más que para ti, las flores  daban.
            —Lo recuerdo... mi primer amor. Se la llevó el tiempo… se la llevó el tiempo. ¿Cómo sabes eso?
      El desconocido se calla, mira al suelo y sonríe casi imperceptiblemente.
      —¿Te parece que nos sentemos?
            Sobre unas rocas emergidas de la tierra como blancos y mellados dientes al pié de un roble, ambos hombres tomaron asiento. Bajo sus ramas se dibujaban multitud de puntos inquietos en un caleidoscopio de luz solar, sobre la pradera.
            El más joven, de nuevo respiró profundamente.
            —Andrés tú mismo tendrás que averiguar quién soy y sé que lo descubrirás a poco que lo desees.
            El viejo Andrés cerró los ojos y en ese instante se dio cuenta que no le importaba en realidad quién era ese desconocido pero sus recuerdos comenzaron a acudir en forma de una madeja con nudos y sería una difícil tarea el soltarlos. Dio un respingo cuando el joven dijo:
            —Háblame de Clara.
            Inmediatamente su corazón se inundó de una sensación muy agradable como cuando era niño y su madre lo abrazaba. Era un cálido bienestar.
            Clara su primer amor, qué inseguridad y qué felicidad. Sonrió al recordar sus citas a escondidas. Cómo su corazón latía aceleradamente cuando se reunía con ella. Tan solo tenían 17 años. Cuando hablaban, cuando se rozaban las manos… todos los gestos y pequeños detalles y cuando ya solo en su habitación repasaba palabra a palabra lo hablado con ella.
            El viejo sonreía rememorando aquellas sensaciones pero los recuerdos son sal muchas veces, o amarga fruta que no puedes escupir y estás obligado a tragar. Su ceño se frunció y una mueca afloró en sus labios. Una punzada de dolor empaño sus ojos.
Había recordado a su hermano.
            Era una mañana primaveral y el tiempo presagiaba un esplendido día, él le había dicho a Pedro: 
            —¿Qué te parece si vamos a pescar esta tarde?
            —¿Barbadas?
            —No. ¿Y si botamos la barca de padre y salimos por aquí cerca?
            —¿Tas loco?
            —¡Cagao!
            —Si, como nos pillen, tú sí que te vas a cagar…
            —Cagao... Cagao…
            —No me calientes Andrés.
            —Cagao.
            —¡Vale! ¡A ver quién se va primero por la pata abajo!
            —Yo no.
            —Ya lo veremos. Coge algo de cebo y yo miro si en la barca hay anzuelos o se los llevó madre a tierra.
            —¡Vale!
            Éramos dos críos, él un poco mayor que yo. A las tres de la tarde más o menos, arrastramos la barca de la orilla y la empujamos al mar.
A remo y, poco a poco salimos mar afuera. Empezaba a soplar una brisa que pronto se tornaría en un aire tremendo. Un temporal. De esos que vienen por los veranos y que nadie sabe cuando llegan pero sí, que dejan malos recuerdos cuando se van.  Ni él ni yo sabíamos qué hacer ante una situación así y con un pánico que no nos dejaba ni pensar, remábamos con desesperación hacia unas peñas que sobresalían diez o doce metros de la superficie de la mar. Pensábamos saltar a ellas y trepar hasta lo alto ya que llegar a tierra era una tarea imposible. ¡Qué sabíamos nosotros que aquello era justo lo que no se debía de hacer! ¡Qué íbamos a saber!
A unos metros de la piedra se encontraron dos olas cada una por un costado de la roca, levantando la barca que golpeó en falso y escoró lo suficiente para que entrase agua por estribor. Vino a continuación otra ola más cruzada que entrando por la panza, la volcó. Yo sabía nadar más o menos bien pero mi hermano nunca aprendió; no se le daba. Me quedé braceando en el agua de mala manera e intentando ver donde podía estar Pedro, pero nada. Llegué a la peña y con las manos en sangre trepaba mirando hacia atrás, cuando podía; por ver a mi hermano. Me pareció verle la cabeza, sólo me pareció... o lo soñé... no lo sé, no lo se.
 Cuando llegó la noche las linternas barrían desde el acantilado las playas y se escuchaban los gritos de las gentes del pueblo llamándonos, solo la luna los oía. Las olas callaban sus voces, callaban las mías. Era de amanecer cuando dos vecinos lograron uno a base de remos y el otro nadando desde la barca y bien sujeto con una cuerda a la cintura, acercarse a la piedra donde yo estaba. Siempre lo recuerdo.
            —Tírate al agua Andrés, que yo te cojo... tírate...
            Estaba clavado a la peña con las manos agarrotadas y temblando de frío pero acabé haciendo caso y salté lo más lejos que pude con unas piernas de goma que me fallaban.
            —Pedro... Siempre digo que cuando la mar se enamora de verdad de un hombre, jamás devuelve su cuerpo a la orilla. Durante años imaginé cómo mi hermano gritaba pidiendo ayuda para que su cuerpo reposara en tierra, en nuestra tierra. Y soñé que Pedro intentaba trepar por los acantilados de la Capelada y la mar tiraba de su alma para abajo y lo sumergía de nuevo con ella en su vientre de madre enamorada. Ahora sé que San Andrés mi patrón, me tendió su mano y cuando yo la tomé él me salvó... pero no tuvo fuerzas para mi hermano... no las tuvo no, ¡no! Antes me acercaba al sitio ese, y te juro que me parecía oír a Pedro que me llamaba, pero sería el viento jugando en las cuevas, sería eso, sí, sería eso.
            Y el viejo se quedó pensativo mirando al suelo, viendo un no sé qué en una flor pisada a un par de metros.
         El joven que se había mantenido en silencio observando al anciano, bajó sus ojos hasta el prado y observó la misma flor pisada. Surgió una desleída sonrisa de sus labios y le dijo:
            —Andrés tus recuerdos regresan a ti pasando de la ilusión de un amor adolescente, al dolor de una pérdida; todo está relacionado. Desde que nacemos, nuestra vida es un cúmulo de sentimientos. Pero necesitamos esconder aquellos que nos producen dolor para poder seguir viviendo. Hay un destino marcado en nosotros, pero dicen que, tal vez seamos capaces de modificar eso  con nuestras decisiones. Sé que te arrepentiste cientos de veces de haber salido con tu hermano a pescar y que tu vida cambió en ese momento. No son errores, tu hermano también tuvo su elección y la cambió en el momento en que cedió al capricho de salir en la barca. Pagaste un alto precio y has seguido pagando. Creo que ya está bien saldada esa cuenta. Cuando todo aquello ocurrió, tú eras un chico que comenzaba a soñar con el amor de Clara y apenas atisbabas tu futuro como hombre, todo era aventura y felicidad, apenas había responsabilidades y era eso lo que debías de hacer.
          El viejo Andrés seguía mirando la flor. A sus ojos claros habían asomado unas lágrimas y sentía el grave pálpito de las emociones de antaño que habían sido cerradas bajo llave.
En sus oídos escuchó la música nostálgica de un acordeón. Una canción de esas que oyes por las calles y que solo pueden tocarlas de ese modo los dedos del que sufre miseria. Aquella flor le recordaba a su amor adolescente: Clara.
Etérea Clara, delgada y de aspecto frágil como de un hada de los bosques. El cabello le llegaba a la cintura, y aunque lo cubría con un pañuelo sobre su cabeza y anudado en la nuca, sus rizos se escapaban rebeldes por la frente y el cuello. Su nariz era pequeña y sus ojos de color miel no llamaban tanto la atención como su boca de labios carnosos que siempre sonreían. En su mirar se notaba la limpieza de la verdad.
           Cuando conseguían verse, era como si fuese un domingo. Todo era festivo, alrededor de ellos no existía nada. Solo la naturaleza y ellos. Era como una orquesta haciendo sonar en armonía todos sus instrumentos. El sol, la brisa, los prados, las aves o el sonido del mar, todos ellos eran sus cómplices. Se recostaban en el prado que había cerca de los acantilados, alargaban las manos y ambos tomaban entre los dedos, aquellas diminutas flores que salteaban la fresca hierba. Apenas hablaban, sólo sonreían y se miraban a hurtadillas; pero una tarde sin saber muy bien el porqué, sus manos delinearon los contornos de sus caras con las flores que habían cortado y sus labios se acercaron hasta fundirse en un primer beso.
Fue una sensación increíble. Algo en Andrés y Clara saltó como un resorte. Eran como millones de agujas que pincharan suavecito por sus cuerpos y que exigían mucho más.
            Con las manos temblorosas y cobardes de los que no saben, comenzaron a recorrer las llanuras y las montañas de su piel lamidas por la brisa de un día de verano. El olor fresco de la juventud, el sabor tenue de la saliva del otro. Los cabellos de ella se curvaban alrededor de Andrés como espirales inquietas, ensortijados y dorados sobre la piel tostada. La blusa entreabierta de Clara descubría su pecho suave y firme, bañado por la luz del sol.
      Andrés pese a su inexperiencia, sabía cosas. Lecturas y relatos contados por los trabajadores del puerto le habían hecho tener cierta información, pero nunca la había llevado a la práctica. Sentía su corazón golpear contra su pecho pero no era lo único que palpitaba en él. Quería acariciar la piel de clara, oler su aroma de lavanda y espliego recogido en los campos por las mujeres para guardarlo en pequeños saquitos de tela entre la ropa de los armarios. Deseaba   saborear su piel, recorrerla centímetro a centímetro. Allí, tendido sobre la hierba, buscó de nuevo los labios de Clara y los volvió a besar, pero esta vez para sorpresa de ambos, entreabrieron sus bocas y las puntas de sus lenguas se rozaron. Andrés siguió adelante, sus besos suaves se deslizaron hasta la barbilla y cuando llegaron a la garganta de Clara los brazos de ella le rodearon y acariciaron su espalda. La miró a los ojos, y ella con las mejillas coloradas, mordió nerviosa sus labios y susurró:
— Quiero que sigas…
         
. Con movimientos convulsos sin acertar el porqué y con las manos entrelazadas sintieron un placer tan intenso y brutal como las olas de un mar, que empujado por la tormenta intenta despedazar un acantilado que se resiste a sus embates.
También ellos imaginaban partir en pedazos la dura roca que debajo de sus cuerpos absorbía sus latidos y convulsiones. Sobrevino una sensación que les hizo elevarse y mantenerse en una cima solo existente para ellos, explotando de la misma manera el uno en el otro, sintiendo que se les iba la vida por un instante, queriendo morir en su vientre o nacer en él para después descender lentamente de la cumbre con espasmos pausados, dejando que la respiración volviese a ellos mientras aún en sus sentidos quedaban pequeños relámpagos de placer. Algo hermoso había ocurrido y todo aquello les hizo sonreír mirándose a los ojos cómplices de un secreto maravilloso.
            —Bebimos de las fuentes inagotables de aquellos tiempos, del sabor de la vida; de nuestra propia juventud. Saboreábamos un placer secreto y ocultado a los del pueblo. Días había en los que Clara abría la boca como esos peces que buscan un agua que no existe cuando están en tierra y se asfixian.
En aquel verano nuestros cuerpos brillaban de sudor expuestos a un sol cómplice y nuestra cama era la verde hierba de los prados que ya en poco tiempo, llegado julio, sería cercenada por la guadaña y pasto del ganado en aquellos inviernos de antes, duros, fríos y brumosos de mi tierra
Andrés hablaba sin reparo a un completo desconocido. Pero no sabía el porqué, ni tampoco le importaba.
—¿Qué te parece si nos levantamos y seguimos haciendo camino Andrés?
            —Está bien. ¿Y cómo tengo que llamarte?
            —Mi nombre es el tuyo… Andrés.
            —Ayúdame a ponerme de pie, por favor, que uno ya no tiene las fuerzas de antes.
            Y tomándole una mano en la suya y la otra bajo la axila le animó a alzarse, y Andrés con su mano libre afianzó en el suelo su raíz a modo de bastón y se irguió. Parecía que al estar más lejos del suelo le llegaban olores a romero y a jara, a tomillo y a ruda.        

Una pequeña nube empezaba a ocultar temporalmente el sol. Sol que filtraba un único rayo de luz hacia aquella montaña que se descubría a lo lejos como señalando un camino del que nunca te puedes salir. Del que nunca te pierdes ni te olvidas. La herencia del hombre.
            Y descolgándose de la tibia nube de lluvia, un gran pájaro gris de lento graznar en un largo y cansino planeo casi se posó a los pies de los caminantes.       
Con absoluta calma, sin miedo o turbación, el ave dio tres o cuatro pasos marciales frente a ellos.
            —Hola Andrés –comenzó a hablar–.
            Y ninguno de los dos hombres se sorprendió del insólito hecho, más bien lo encontraron natural.
            — He venido a traerte algo – agitó sus grandes alas y de ellas cayó una vieja gorra de cuero, tan vieja que estaba raída y descolorida por el desgaste del tiempo–. Prendió la gorra con su pico, y la acercó a las manos del viejo.                       
           
Andrés inició de nuevo su camino. En poco rato los dos caminantes acompañados por el pájaro gris avistaron la gran amplitud de terreno que se extendía ante ellos. El paisaje de árboles, súbitamente dio paso a una llanura esteparia y marrón. Sólo una flaca peña negra flanqueaba un lateral a modo de mínima frontera del borroso camino del extraño páramo. Al cruzar ante ella no repararon en su lado oculto y sólo al poco de rebasarla escucharon una leve música, absurda en el yermo.
Giraron al tiempo sus cabezas para descubrir oculta tras la peña, una pequeña mesa de madera. Sobre ella una piedra ovoide y negra. Y sobre la piedra un anciano bailaba sobre un pie. Giraba lento, al compás de un derviche que danza.
Manteniendo el equilibrio sobre un pie y con su otra pierna atada por una cuerda que la mantenía pegada a la cadera en una uve; como podría hacerlo si quisiera, una cigüeña.
—Soy el compás del tiempo. El que mide y marca. El que marchita y oxida. El que hace que cruces tu último puente. Mi ritmo es lento, pautado y constante. La música que escucháis, son almas que bullendo esperan su momento para ocupar un espacio de nuevo. Algunas se están conociendo ahora, pocas de ellas se encontrarán entre sí en el futuro, pero eso no es asunto mío sino de la Casualidad. Veo que os acompaña Eltenebre, Señor de la Duda. ¡Maldito ser que ocupa un lugar sin culpa y es el castigo de la fe!
            Eltenebre sin decir palabra, giró su cabeza en otra dirección. Tras unos segundos volvió su cuello despacito y se encaró al viejo semidesnudo.
            —Siembro la duda en el ser humano, el desconcierto y la ausencia de voluntad, pero solo en los débiles heridos por sus flaquezas. Sin embargo, la duda también es evolución, si no se acompaña de cobardía. También va pareja al desasosiego, a la debilidad y, en ocasiones es la puerta que cierra... la Muerte.

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