viernes, 25 de mayo de 2012




CUATRO LUNAS ORBITAN JÚPITER








A finales del 2009 se resuelve un juicio por homicidio en un juzgado sevillano. En la pequeña sala de sencillos bancos y sillas  de madera no se permite la presencia de periodistas y en la calle donde el edificio de sólida fachada se asienta; los medios de comunicación aguardan las noticias conteniéndose a la fuerza en la puerta de entrada y soportando el primer día de lluvia en lo que va de mes.
                La sentencia del juez de instrucción del número uno culpabiliza de un delito en número de catorce homicidios, a un hombre de apariencia normal, que escucha sin inmutarse y sentado en el banquillo como se le condena a cadena perpetua. Ha intentado rechazar la ayuda de un  abogado defensor, pero a su pesar, las leyes españolas no contemplan la posibilidad de rechazar la asistencia obligatoria de un letrado en los juicios por causas penales. Por tanto se le asigna un abogado de oficio, Mario González. Este, en vista de la actitud de su defendido, se limita a las actuaciones imprescindibles de su obligatoria defensa, sin mayor interés. La fiscalía tiene fácil la acusación, máxime cuando el imputado asume su culpabilidad con catorce cargos de asesinato.
                Los acontecimientos que han llevado Ezequiel, un homicida, hasta el banquillo se han hecho un hueco en los medios de comunicación a lo largo de los meses. Las noticias sobre su detención, el rechazo a su propia defensa, ausencia de comentarios por parte del inculpado y las inevitables sospechas de que este realizase otros crímenes aparte de los que se le imputan, le han colocado con frecuencia en un lugar destacado en los medios informativos.
                Daniel es un periodista joven y activo que recientemente se ha trasladado a la provincia andaluza desde el húmedo norte del país. Habitualmente viste con traje. Está un poco chapado a la antigua y a pesar de que hoy día pocos profesionales de la prensa hacen una entrevista trajeados, el no cede a las concesiones de la modernidad y rechaza las zapatillas deportivas, los tejanos y las cazadoras deportivas. Trabaja como articulista para el periódico de mayor tirada de la provincia y tiene en mente la realización de un proyecto: escribir un libro sobre Ezequiel, el personaje que ha sido sentenciado como autor de estos crímenes y condenado a cadena perpetua. Ha escrito sobre el tema más de veinte artículos y se plantea dar un paso más allá de su vida profesional –de su trabajo en la redacción– y para llevar a cabo una vieja ilusión: La vida de un psicópata volcada en unas cuantas páginas. Para ello ya se ha entrevistado con el abogado del recluso y con la inspectora de policía que ha llevado a cabo su detención. Imprescindible burocracia antes de dar cualquier paso.
                Daniel prefiere escribir a mano en una libreta de tapas duras y con bolígrafo, antes de sentarse ante un ordenador y teclear, a pesar de que se somete a su tecnología en el trabajo diario. Pero en su casa hace lo que le apetece y acepta sin excusas, que lo de escribir a mano es parte de su personalidad y que a pesar de admitir las ventajas que suponen las correcciones sin tachaduras ante una pantalla, el continúa aferrado a sus costumbres.
                En esa libreta  de páginas en blanco, un día  de abril comenzó a garabatear unas figuras cúbicas para posteriormente entrar en calor y garabatear la primera frase de su proyecto literario.






2




No fue fácil que me concediesen un permiso para poder visitar y entrevistarme con Ezequiel. A base de tocar amistades aquí y allá y de muchas conversaciones con burócratas, finalmente conseguí entrevistarme con el director de la prisión de máxima seguridad de una provincia andaluza, donde Ezequiel se encuentra internado. El hombre, un funcionario de aspecto bonachón corpulento y calvo, con gafas de gruesos cristales , me invitó a dar cuenta de un refresco en su despacho, que acepté debido a que tenía la boca seca por el calor y la tensión del momento. Me encontraba algo nervioso, ya que aún no sabía el resultado de mi pretensión y de ello dependía el futuro de mi libro.
                El despacho era de un aspecto austero, con muebles apolillados, tallados en madera de castaño, algunos cuadros de pintores clásicos –copias con toda seguridad– junto con otros claramente pintados por algún preso y de estilo naif. Un sofá de aspecto sólido tapizado en cuero negro y una mesa de despacho en cerezo y gastada por el uso de varias generaciones de funcionarios. Tras encender un Montecristo del número tres, Víctor se dirigió a mí con una gran cordialidad y sonriente:
                —Daniel, si desea fumar, puede hacerlo.
                Yo, tratando de caer bien, procuré no ser descortés con el funcionario del que dependían los trámites para realizar mi proyecto y devolviendo una sonrisa añadí:
                —Se lo agradezco Víctor. Pensaba que en las instituciones y organismos oficiales no se podía fumar.
                —Salvo en mi despacho.
                Su expresión afable me pareció que indicaba una colaboración medida y desconfiada, como preguntándose quién era yo y qué era exactamente lo que pretendía, a pesar de que al menos para mí el motivo de la entrevista estaba claro.
                Encendí un Marlboro  y se produjo un silencio un poco tenso entre los dos. A mi pesar el hombre tenía algo que perturbaba, tal vez su capacidad de mando o sencillamente su costumbre de dar órdenes. Quizá me disgustaba que desviase la vista, cuando yo me dirigía a él.
                —Víctor, no sé muy bien por dónde empezar.
                —Por el principio, como todo.
                —Usted sabe que tengo un proyecto: Escribir un libro, sobre uno de los presos.
                —Eso ya me lo han comentado.
                —¿Y lo ve usted bien?
                —Veremos qué se puede hacer. Existen normas y horarios. Eso que usted me pide es una novedad en esta institución y las novedades pueden traer derivados otros problemas; problemas con los demás reclusos, que pueden ver una popularidad excesiva en uno de ellos y sacar a flote envidias. Envidias de los otros kíes de un  nivel más bajo. Esto es como una familia donde todo acaba por saberse.
                —Pero Ezequiel está en un módulo aparte, y no tienen porqué enterarse.
                Víctor no parecía muy conforme con mi opinión y me lo hizo saber mirándome de frente por primera vez.
                —Aquí todos se enteran de todo y luego en el patio se corre la voz. Yo no sé lo que piensa la gente de la calle, pero aquí los tíos son como verduleras; se ve que no tienen mucho de qué hablar.
                —A mí me gustaría intentarlo si usted me ayuda.
                —Tengo que pensarlo. No le prometo nada. Tal vez fuese posible que apareciese  usted por aquí los sábados y los domingos, pero no quiero follones con los otros y tengo que valorar su proposición con prudencia. Tengo que buscar una disculpa creíble, y además, no sabemos si Ezequiel quiere que usted escriba un libro con sus barbaridades.
                Pensé que llamar barbaridades a los asesinatos, era como hablar de un colegial rebelde al que se le consienten más cosas de las que se debiera. Pero mi opinión no valía para nada en el interior de aquella institución gobernada por el hombre que estaba frente a mí en una actitud desconfiada y arisca. Trate de convencerle con mis argumentos.
                —Víctor, yo lo he intentado por activa y por pasiva. He hablado con su abogado y él cree que no tendría por qué haber  inconveniente. Usted me comprenderá cuando le digo que esto es una meta importante para mí.
                —No, si yo le entiendo. Otra cosa es que seamos capaces de hacerlo como es debido y que Ezequiel colabore.
                Aquel “seamos” me gustó y la conversación que manteníamos, al cabo de un rato se fue relajando y derivó hacia aficiones comunes y equipos de fútbol favoritos. Quedamos en que si era posible alguna alternativa me llamaría y le dejé mi número de teléfono.
                —Tenga usted un poco de paciencia Daniel y ya veremos qué se puede hacer.
                Salí de allí con la sensación neutra y algo incómoda de jugármela a una carta. O escribía un libro sobre Ezequiel o sencillamente podía olvidar el proyecto y no insistir más.
                Transcurrió una larga semana sin noticias, en la que por fortuna mi trabajo diario en la redacción me mantenía ocupado y a mediados de la segunda semana tras la entrevista con Víctor me vi incapaz de esperar más y le llamé al despacho.
                —Discúlpeme Víctor, soy Daniel.
                —¡Ah! Si, Daniel…
Me dio la sensación de que no se acordaba de mí, y que lo mismo daba decir Daniel el electricista que el fontanero.
                —Verá, créame que siento darle la lata, pero quería saber si hay alguna novedad respecto a lo que hablamos hace unos días.
—¿De…?
—Del asunto de escribir un libro sobre un preso, Ezequiel, ya sabe
                —Ah, sí, ya caigo. Pues te tengo buenas noticias chico... No te he llamado estos días porque ando muy ocupado. Precisamente pensaba llamarte hoy.
                No me creí que fuese tanta casualidad. Más bien me dio por pensar, que Víctor se divertía haciéndome esperar pero aproveche la ocasión antes de que cualquier otra cosa la estropease y se fuese todo al traste. Caí en la cuenta de que me tuteaba y yo por el momento evité hacerlo.
                —Entonces, ¿podríamos vernos?.Podría ser hoy mismo si dispone de un hueco.
                —Si, desde luego, pero hoy no es posible. Ven el martes de la semana que viene, hacia las doce. Dile a mi secretaria que te anote para las doce en la agenda, no vaya a ser que me líe con otras cosas y se me pase.
                —Muchísimas gracias Víctor,  nos vemos el martes.
                Naturalmente comencé a fantasear y me vi entrevistando cara a cara a un psicópata con pinta de Hannibal Lecter como en las películas, cargado de cadenas y con una mirada opaca y escalofriante. Por un momento se pasó por mi cabeza la idea de que el esfuerzo pudiera ser que no valiese para nada. Los días pasaban lentamente y me consumía con mis fantasías de llegar a ser algo en el mundillo literario, por suerte el trabajo relacionado con la redacción de noticias me ocupaba una gran parte del día.






3




  Víctor me recibió sonriente y amable, con el habitual Montecristo incrustado en su boca, como un apéndice.
                —Siéntate Daniel.
                Me sorprendió el trato familiar y el tuteo, tan  poco habitual en los funcionarios. Claro está que Víctor no era un funcionario de nivel bajo y se permitía concesiones, como el omnipresente puro.
                —Mira, he hablado personalmente con Ezequiel. A estos tíos les gusta que el director de la prisión se rebaje y les pida un favor.
                Me quedé incómodo tras estas palabras. Me estaba diciendo claramente que le debía una muy gorda. Él se había rebajado ante un preso por hacerme un favor. Por un instante pensé en cómo demonios se le podía pagar. Él disfrutaba viendo mi cara y creo que se daba perfecta cuenta de lo que pasaba por mi mente.
                —Sólo te pido que seas correcto y prudente. No le fuerces. Las entrevistas las haréis sábados y domingos, de doce a dos. Te recomiendo que trates de caerle bien. Si él no quiere seguir adelante, esto se acaba. Fácil, ¿no?
                —Sí.
                —Te traes una grabadora pequeña y ya está. Ni se te ocurra traer algo para tomar notas, me refiero a un bolígrafo. No dejamos pasar con esas cosas, ya sabes.
                —De acuerdo.
                —Vale, ahora te paso con Montse para que avise a Julio… Tienes que perdonarme pero tengo mucho que hacer. Siento no poder estar más rato contigo. Ahora si me disculpas…            Apretó con el índice un botón de la consola de plástico colocada encima de la mesa de su despacho y cuando Montse le contestó, fue escueto.
                —Montse te paso a Daniel, el periodista, ya sabes. Llama a Julio y dile de mi parte que ya está aquí y que le acompañe a la celda de Ezequiel.
                Me alargó la mano en señal de despedida y amablemente me condujo a la puerta de salida. En el recibidor Montse aguardaba. Su carita de amabilidad forzada me miraba sonriente tras las gafas. Me quedé firme frente a ella.
                —Espere aquí, por favor. Ahora vendrá Julio para acompañarle.
                Hice lo que me dijo y esperé. Cuando apareció el tal Julio me vi ante un personaje que actuaba como un tipo duro, de pelo al cero y pocas palabras. O tal vez él era así…
                —Acompáñeme, por favor.
                Eso hice y le acompañé por varios pasillos, que siempre finalizaban en una reja mecanizada desde donde un compañero tras saludarle parapetado en la cabina acristalada, nos franqueaba el paso siguiendo las órdenes recibidas desde el walkie talkie de Julio. Finalmente llegamos  a un  corredor con pocas celdas. Yo estaba harto de ver la espalda del tal Julio que precediéndome, parecía ignorarme. Me daba la sensación de ser un puñetero preso más conducido a su estancia obligatoria, solo me faltaban las esposas en mis muñecas para completar la escena.  
         Julio frenó ante una celda y me indicó que mantuviese una cierta distancia mientras esposaba a Ezequiel. Se dirigió al preso con voz neutra.
                —Ezequiel.
                —¿Qué hay?
                —Oye, que viene conmigo este señor, de parte del director.
                —Ya, ya sé. Víctor me lo ha comentado.
                A Julio no le gustó que un preso llamase por su nombre a su jefe y formó una mueca en sus labios.
                Ezequiel estiró los brazos en silencio, para facilitar a Julio el colocarle las esposas y una vez finalizado el protocolo, Julio se dirigió a él con naturalidad:
                —Te voy a presentar a Daniel.
                Julio se giró,  dirigiéndose a mí como si de pronto me conociese de toda la vida. Me adelanté unos pasos, saliendo del resguardo del muro del pasillo y girando hacia la celda.
                —Pasa Daniel.
                Julio alzó un poco la voz. Me recordó a un domador de circo imponiendo su autoridad ante los leones.
                Me llevé una sorpresa, esperaba un tipo agresivo de esos que se tiran a los barrotes. Pero me encontré ante una persona muy normal. Un tipo bajito, de pelo cano y pinta amable. Me di cuenta de que las fotos que se habían tomado sobre el asesino y los artículos que habíamos escrito sobre él, como era lógico, estaban inflados de pasión cara a unos lectores ávidos de morbo. Yo le había visto en los juzgados, pero este hombre parecía otro. Un tío normal y corriente. Sólo sus ojos tenían algo, eran de un intenso azul acero. Como una luz diferente, como un brillo distinto de los demás. Aparte de ese detalle, nada más destacaba en él. Había asumido que su condena iba para largo y no tenía prisa. Tenía todo el tiempo del mundo.
                —Ezequiel… ¿qué tal está?. Soy Daniel…Supongo que ya le han contado…
                —Sí, Daniel, ya sé que tienes mucho interés en  escribir sobre mí. Estás ante una persona diferente y eso hace que tu interés sea  tan intenso como el de un naturalista que observa el comportamiento de una determinada especie de la fauna salvaje. Seguramente me verás como a un tigre, un depredador asesino. El gran felino mata para comer, yo para traer la justicia a un mundo desorientado y carente de ideales. Vemos los muros en su totalidad y estamos ciegos a la obra que supone el poner un bloque.
                Hablaba pausadamente y orgulloso de sí mismo, como una celebridad.

—Discúlpeme, pero si ese bloque es una muerte tras otra, los crímenes no se justifican de ningún modo.
                No se la razón que me impulsó a decir aquellas palabras, pero de inmediato temí que todo se viniese abajo y que allí mismo se acabasen mis proyectos. Por suerte el continuó sin inmutarse.
—Tenemos puntos de vista diferentes. ¿Quien crea la justicia entre los hombres? La respuesta es: ellos mismos. Si esto es así, y de eso no cabe duda…cual es la justicia válida, ¿la suya o la mía?. He aceptado una condena. La he aceptado yo. Yo me he condenado, aunque son ellos mis jueces. ¿No condenaron a Jesucristo por que se rebeló contra el imperio romano? ¿Fue Jesucristo el verdugo que segó la vida de los cristianos que abrigaron su doctrina? ¿Les condenó?, ¿engañó a sus corderos?. O sencillamente siempre creyó que lo justo solo tiene un camino, por muy dañinas que sean las piedras de la senda bajo nuestras sandalias.
—Ezequiel, sepa usted que mi intención de escribir sobre un hecho sangriento y los motivos que han llevado a una persona hasta esos acontecimientos. Creo que debería de venir con una grabadora y poder guardar sus palabras en una cinta. Hoy es solamente un contacto y no vengo preparado.
                En realidad me sentí cohibido por aquellas primeras frases y preferí tomar las cosas con calma. Sí que había grabado la conversación en la grabadora oculta en el interior del bolsillo de mi chaqueta. No falló la maquinita, el desconcierto era solamente mío. Ese profeta moderno me sacaba una ventaja imprevista. No era un inculto que solamente se quejaba de cómo le trataban en la cárcel y de la mala comida. Se notaba un sentimiento de orgullo, de afán de protagonismo. Parecía que las palabras le motivaban y aumentaba por momentos su estatura. Me encontré ante una situación abrumadora. Un psicópata que aparentaba ser una persona serena. Costaba creerlo. Me había formado una idea desacertada y preconcebida. Pero no, nada es lo que aparenta. Yo no sabía muy bien qué responder y tuve serias dudas sobre dónde me había embarcado y que podía salir de todo aquello. En realidad me colapsé.
                —Vaya, un periodista poco preparado para la noticia. Un niño sin su lápiz. Creo que deberíamos de dejar esto para la próxima ocasión. Noté desprecio en su mirada, no en su voz que continuaba monótona. Más adelante pensé que él tenía una escena preparada y que la función se había acabado antes de tiempo, un imprevisto con las cuerdas del telón. Pero en aquél momento solo pude responder:
                —En ese caso, vendré el sábado y domingo para comenzar a grabar las conversaciones, si usted no tiene inconveniente.
                —No, en absoluto.
                —Me alegro de haberle conocido Ezequiel. Entonces… hasta el sábado.
                —¡Hasta el sábado, Daniel!
                Ezequiel de nuevo recuperó su compostura y regaló una sonrisa para su débil y cobarde público, es decir, yo.
                De regreso por los pasillos me sentía incómodo, tenía una sensación de culpabilidad, de no haber aprovechado la entrevista en la totalidad del tiempo que se me concedía. Al mismo tiempo sin saber de razones o razonamientos me asaltaba la idea de que una cosa era la fantástica idea de parir un libro sobre un personaje real y otra sería intentar ver a aquel hombre como un demente. Sabía que lo era, que era un psicópata, pero ante su serenidad, su compostura y su paciencia ante mi supuesto error de profesional, me era inevitable comenzar a verle con cierta simpatía. Yo se que tenía que mantenerme al margen de sentimentalismos, pero también sabía que para entenderle tenía que fundirme con sus ideas, a mi pesar. Recuerdo que salí de allí con la cabeza hecha un lío y desconcertado. Pensé que era vergonzoso que un profesional tuviese momentos tontos como ese y que no decía nada a mi favor el encontrarme “en blanco” justo en el momento en que necesitaba mayor lucidez mental. No entendía que era lo que me había pasado y me propuse firmemente que esa sería la última vez que Ezequiel y su “aura” me dejasen fuera de juego.





                                                                             
                                                                           4     

               
                El siguiente sábado, tras pasar por los corredores y las  lentas y chirriantes puertas,  llegamos al fin a la celda de máxima seguridad los tres funcionarios que me precedían y yo. Estaba nervioso. Los funcionarios entraron en la celda y esposaron a Ezequiel. A mí me ordenaron de nuevo mantenerme a distancia en aquel proceso. Una vez realizado, se nos condujo a un reducido patio interno cubierto por un techo de cristal. Yo siempre me situaba unos cuantos pasos por detrás de Ezequiel ya que Julio cada vez que notaba que por casualidad me acercaba al preso, sujetaba mi brazo con firmeza y frenaba mi marcha. En aquel pequeño recinto colocaron una mesa y dos sillas, tras la orden dada por Julio a otro de sus compañeros. Un funcionario nos indicó que tomásemos asiento. Ezequiel estaba tranquilo, yo no. El personal del funcionariado se retiró unos pocos pasos y dos de ellos se cruzaron de brazos, en actitud vigilante. El tercero se sujetó las manos tras la espalda, pero con la emisora portátil entre ellas. Se situó inmediatamente tras del recluso.
 —Quisiera que se relajara usted y me hablase libremente. Me interesa saber los motivos… el porqué de los motivos y lo que sentía.
 —Daniel, ya veo que como articulista, analizas una situación, un hecho y lo narras. Los acontecimientos de la calle se pueden resumir así, esto no. Claro que estoy relajado, bastante más que tu, muchacho.
—Yo no…
—Como ese libro que pretendes escribir es mi propia vida, seré yo quien lo comience y finalice. Si no te importa te limitas a escuchar y  a grabar, pero te permitiré que me hagas unas pocas preguntas.
                Me pareció una chulería lo que dijo. Pero no iba a cabrear a aquel chiflado en el inicio de una conversación. Pensé que era mejor adoptar una actitud sumisa.
—Estamos de acuerdo.
—¿Estamos?
                Él sonrió, como dando a entender que no aplicase el plural tan alegremente. Puse la grabadora en marcha, esta vez encima de la mesa y ante él.
 –Puede comenzar cuando desee.

                El día 14 de octubre del 2007 conocí personalmente a María tras chatear con ella durante un mes. Cuando la vi físicamente me gustó, y en los días siguientes hablábamos con frecuencia por teléfono, o paseábamos. Yo tenía un buen nivel económico y lo único que deseaba era  formar una pareja y  tener una vida familiar; como todo el mundo. En el mes de diciembre, el día 17, me trasladé a su piso para iniciar una convivencia. En el 2008, el 10 de 

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