CUATRO LUNAS ORBITAN JÚPITER
A finales del 2009 se resuelve un juicio por homicidio en un juzgado sevillano. En la pequeña sala de sencillos bancos y sillas de madera no se permite la presencia de periodistas y en la calle donde el edificio de sólida fachada se asienta; los medios de comunicación aguardan las noticias conteniéndose a la fuerza en la puerta de entrada y soportando el primer día de lluvia en lo que va de mes.
La
sentencia del juez de instrucción del número uno culpabiliza de un delito en
número de catorce homicidios, a un hombre de apariencia normal, que escucha sin
inmutarse y sentado en el banquillo como se le condena a cadena perpetua. Ha intentado
rechazar la ayuda de un abogado
defensor, pero a su pesar, las leyes españolas no contemplan la posibilidad de
rechazar la asistencia obligatoria de un letrado en los juicios por causas
penales. Por tanto se le asigna un abogado de oficio, Mario González. Este, en
vista de la actitud de su defendido, se limita a las actuaciones
imprescindibles de su obligatoria defensa, sin mayor interés. La fiscalía tiene
fácil la acusación, máxime cuando el imputado asume su culpabilidad con catorce
cargos de asesinato.
Los
acontecimientos que han llevado Ezequiel, un homicida, hasta el banquillo se
han hecho un hueco en los medios de comunicación a lo largo de los meses. Las
noticias sobre su detención, el rechazo a su propia defensa, ausencia de
comentarios por parte del inculpado y las inevitables sospechas de que este
realizase otros crímenes aparte de los que se le imputan, le han colocado con
frecuencia en un lugar destacado en los medios informativos.
Daniel
es un periodista joven y activo que recientemente se ha trasladado a la
provincia andaluza desde el húmedo norte del país. Habitualmente viste con
traje. Está un poco chapado a la antigua y a pesar de que hoy día pocos
profesionales de la prensa hacen una entrevista trajeados, el no cede a las
concesiones de la modernidad y rechaza las zapatillas deportivas, los tejanos y
las cazadoras deportivas. Trabaja como articulista para el periódico de mayor
tirada de la provincia y tiene en mente la realización de un proyecto: escribir
un libro sobre Ezequiel, el personaje que ha sido sentenciado como autor de
estos crímenes y condenado a cadena perpetua. Ha escrito sobre el tema más de
veinte artículos y se plantea dar un paso más allá de su vida profesional –de
su trabajo en la redacción– y para llevar a cabo una vieja ilusión: La vida de un
psicópata volcada en unas cuantas páginas. Para ello ya se ha entrevistado con
el abogado del recluso y con la inspectora de policía que ha llevado a cabo su
detención. Imprescindible burocracia antes de dar cualquier paso.
Daniel
prefiere escribir a mano en una libreta de tapas duras y con bolígrafo, antes
de sentarse ante un ordenador y teclear, a pesar de que se somete a su
tecnología en el trabajo diario. Pero en su casa hace lo que le apetece y acepta
sin excusas, que lo de escribir a mano es parte de su personalidad y que a
pesar de admitir las ventajas que suponen las correcciones sin tachaduras ante
una pantalla, el continúa aferrado a sus costumbres.
En
esa libreta de páginas en blanco, un
día de abril comenzó a garabatear unas
figuras cúbicas para posteriormente entrar en calor y garabatear la primera frase
de su proyecto literario.
2
No fue fácil que me concediesen un permiso para poder visitar y entrevistarme con Ezequiel. A base de tocar amistades aquí y allá y de muchas conversaciones con burócratas, finalmente conseguí entrevistarme con el director de la prisión de máxima seguridad de una provincia andaluza, donde Ezequiel se encuentra internado. El hombre, un funcionario de aspecto bonachón corpulento y calvo, con gafas de gruesos cristales , me invitó a dar cuenta de un refresco en su despacho, que acepté debido a que tenía la boca seca por el calor y la tensión del momento. Me encontraba algo nervioso, ya que aún no sabía el resultado de mi pretensión y de ello dependía el futuro de mi libro.
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No fue fácil que me concediesen un permiso para poder visitar y entrevistarme con Ezequiel. A base de tocar amistades aquí y allá y de muchas conversaciones con burócratas, finalmente conseguí entrevistarme con el director de la prisión de máxima seguridad de una provincia andaluza, donde Ezequiel se encuentra internado. El hombre, un funcionario de aspecto bonachón corpulento y calvo, con gafas de gruesos cristales , me invitó a dar cuenta de un refresco en su despacho, que acepté debido a que tenía la boca seca por el calor y la tensión del momento. Me encontraba algo nervioso, ya que aún no sabía el resultado de mi pretensión y de ello dependía el futuro de mi libro.
El
despacho era de un aspecto austero, con muebles apolillados, tallados en madera
de castaño, algunos cuadros de pintores clásicos –copias con toda seguridad–
junto con otros claramente pintados por algún preso y de estilo naif. Un sofá
de aspecto sólido tapizado en cuero negro y una mesa de despacho en cerezo y
gastada por el uso de varias generaciones de funcionarios. Tras encender un
Montecristo del número tres, Víctor se dirigió a mí con una gran cordialidad y
sonriente:
—Daniel,
si desea fumar, puede hacerlo.
Yo,
tratando de caer bien, procuré no ser descortés con el funcionario del que
dependían los trámites para realizar mi proyecto y devolviendo una sonrisa
añadí:
—Se
lo agradezco Víctor. Pensaba que en las instituciones y organismos oficiales no
se podía fumar.
—Salvo
en mi despacho.
Su
expresión afable me pareció que indicaba una colaboración medida y desconfiada,
como preguntándose quién era yo y qué era exactamente lo que pretendía, a pesar
de que al menos para mí el motivo de la entrevista estaba claro.
Encendí
un Marlboro y se produjo un silencio un
poco tenso entre los dos. A mi pesar el hombre tenía algo que perturbaba, tal
vez su capacidad de mando o sencillamente su costumbre de dar órdenes. Quizá me
disgustaba que desviase la vista, cuando yo me dirigía a él.
—Víctor,
no sé muy bien por dónde empezar.
—Por
el principio, como todo.
—Usted
sabe que tengo un proyecto: Escribir un libro, sobre uno de los presos.
—Eso
ya me lo han comentado.
—¿Y
lo ve usted bien?
—Veremos
qué se puede hacer. Existen normas y horarios. Eso que usted me pide es una
novedad en esta institución y las novedades pueden traer derivados otros
problemas; problemas con los demás reclusos, que pueden ver una popularidad
excesiva en uno de ellos y sacar a flote envidias. Envidias de los otros kíes de un nivel más bajo. Esto es como una familia donde
todo acaba por saberse.
—Pero
Ezequiel está en un módulo aparte, y no tienen porqué enterarse.
Víctor
no parecía muy conforme con mi opinión y me lo hizo saber mirándome de frente
por primera vez.
—Aquí
todos se enteran de todo y luego en el patio se corre la voz. Yo no sé lo que
piensa la gente de la calle, pero aquí los tíos son como verduleras; se ve que
no tienen mucho de qué hablar.
—A
mí me gustaría intentarlo si usted me ayuda.
—Tengo
que pensarlo. No le prometo nada. Tal vez fuese posible que apareciese usted por aquí los sábados y los domingos,
pero no quiero follones con los otros y tengo que valorar su proposición con
prudencia. Tengo que buscar una disculpa creíble, y además, no sabemos si
Ezequiel quiere que usted escriba un libro con sus barbaridades.
Pensé
que llamar barbaridades a los asesinatos, era como hablar de un colegial
rebelde al que se le consienten más cosas de las que se debiera. Pero mi
opinión no valía para nada en el interior de aquella institución gobernada por
el hombre que estaba frente a mí en una actitud desconfiada y arisca. Trate de
convencerle con mis argumentos.
—Víctor,
yo lo he intentado por activa y por pasiva. He hablado con su abogado y él cree
que no tendría por qué haber
inconveniente. Usted me comprenderá cuando le digo que esto es una meta
importante para mí.
—No,
si yo le entiendo. Otra cosa es que seamos capaces de hacerlo como es debido y
que Ezequiel colabore.
Aquel
“seamos” me gustó y la conversación que manteníamos, al cabo de un rato se fue
relajando y derivó hacia aficiones comunes y equipos de fútbol favoritos.
Quedamos en que si era posible alguna alternativa me llamaría y le dejé mi
número de teléfono.
—Tenga
usted un poco de paciencia Daniel y ya veremos qué se puede hacer.
Salí
de allí con la sensación neutra y algo incómoda de jugármela a una carta. O
escribía un libro sobre Ezequiel o sencillamente podía olvidar el proyecto y no
insistir más.
Transcurrió
una larga semana sin noticias, en la que por fortuna mi trabajo diario en la
redacción me mantenía ocupado y a mediados de la segunda semana tras la
entrevista con Víctor me vi incapaz de esperar más y le llamé al despacho.
—Discúlpeme
Víctor, soy Daniel.
—¡Ah!
Si, Daniel…
Me dio la sensación de que no se
acordaba de mí, y que lo mismo daba decir Daniel el electricista que el
fontanero.
—Verá,
créame que siento darle la lata, pero quería saber si hay alguna novedad
respecto a lo que hablamos hace unos días.
—¿De…?
—Del asunto de escribir un libro sobre
un preso, Ezequiel, ya sabe
—Ah,
sí, ya caigo. Pues te tengo buenas noticias chico... No te he llamado estos
días porque ando muy ocupado. Precisamente pensaba llamarte hoy.
No
me creí que fuese tanta casualidad. Más bien me dio por pensar, que Víctor se
divertía haciéndome esperar pero aproveche la ocasión antes de que cualquier
otra cosa la estropease y se fuese todo al traste. Caí en la cuenta de que me
tuteaba y yo por el momento evité hacerlo.
—Entonces,
¿podríamos vernos?.Podría ser hoy mismo si dispone de un hueco.
—Si,
desde luego, pero hoy no es posible. Ven el martes de la semana que viene,
hacia las doce. Dile a mi secretaria que te anote para las doce en la agenda,
no vaya a ser que me líe con otras cosas y se me pase.
—Muchísimas
gracias Víctor, nos vemos el martes.
Naturalmente
comencé a fantasear y me vi entrevistando cara a cara a un psicópata con pinta
de Hannibal Lecter como en las películas, cargado de cadenas y con una mirada
opaca y escalofriante. Por un momento se pasó por mi cabeza la idea de que el
esfuerzo pudiera ser que no valiese para nada. Los días pasaban lentamente y me
consumía con mis fantasías de llegar a ser algo en el mundillo literario, por
suerte el trabajo relacionado con la redacción de noticias me ocupaba una gran
parte del día.
3
Víctor me recibió sonriente y amable, con el habitual Montecristo incrustado en su boca, como un apéndice.
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Víctor me recibió sonriente y amable, con el habitual Montecristo incrustado en su boca, como un apéndice.
—Siéntate
Daniel.
Me
sorprendió el trato familiar y el tuteo, tan
poco habitual en los funcionarios. Claro está que Víctor no era un
funcionario de nivel bajo y se permitía concesiones, como el omnipresente puro.
—Mira,
he hablado personalmente con Ezequiel. A estos tíos les gusta que el director
de la prisión se rebaje y les pida un favor.
Me
quedé incómodo tras estas palabras. Me estaba diciendo claramente que le debía
una muy gorda. Él se había rebajado ante un preso por hacerme un favor. Por un
instante pensé en cómo demonios se le podía pagar. Él disfrutaba viendo mi cara
y creo que se daba perfecta cuenta de lo que pasaba por mi mente.
—Sólo
te pido que seas correcto y prudente. No le fuerces. Las entrevistas las haréis
sábados y domingos, de doce a dos. Te recomiendo que trates de caerle bien. Si
él no quiere seguir adelante, esto se acaba. Fácil, ¿no?
—Sí.
—Te
traes una grabadora pequeña y ya está. Ni se te ocurra traer algo para tomar
notas, me refiero a un bolígrafo. No dejamos pasar con esas cosas, ya sabes.
—De
acuerdo.
—Vale,
ahora te paso con Montse para que avise a Julio… Tienes que perdonarme pero
tengo mucho que hacer. Siento no poder estar más rato contigo. Ahora si me
disculpas… Apretó con el índice
un botón de la consola de plástico colocada encima de la mesa de su despacho y
cuando Montse le contestó, fue escueto.
—Montse
te paso a Daniel, el periodista, ya sabes. Llama a Julio y dile de mi parte que
ya está aquí y que le acompañe a la celda de Ezequiel.
Me
alargó la mano en señal de despedida y amablemente me condujo a la puerta de
salida. En el recibidor Montse aguardaba. Su carita de amabilidad forzada me
miraba sonriente tras las gafas. Me quedé firme frente a ella.
—Espere
aquí, por favor. Ahora vendrá Julio para acompañarle.
Hice
lo que me dijo y esperé. Cuando apareció el tal Julio me vi ante un personaje
que actuaba como un tipo duro, de pelo al cero y pocas palabras. O tal vez él
era así…
—Acompáñeme,
por favor.
Eso
hice y le acompañé por varios pasillos, que siempre finalizaban en una reja
mecanizada desde donde un compañero tras saludarle parapetado en la cabina
acristalada, nos franqueaba el paso siguiendo las órdenes recibidas desde el
walkie talkie de Julio. Finalmente llegamos
a un corredor con pocas celdas.
Yo estaba harto de ver la espalda del tal Julio que precediéndome, parecía ignorarme.
Me daba la sensación de ser un puñetero preso más conducido a su estancia
obligatoria, solo me faltaban las esposas en mis muñecas para completar la
escena.
Julio
frenó ante una celda y me indicó que mantuviese una cierta distancia mientras
esposaba a Ezequiel. Se dirigió al preso con voz neutra.
—Ezequiel.
—¿Qué
hay?
—Oye,
que viene conmigo este señor, de parte del director.
—Ya,
ya sé. Víctor me lo ha comentado.
A
Julio no le gustó que un preso llamase por su nombre a su jefe y formó una mueca
en sus labios.
Ezequiel
estiró los brazos en silencio, para facilitar a Julio el colocarle las esposas
y una vez finalizado el protocolo, Julio se dirigió a él con naturalidad:
—Te
voy a presentar a Daniel.
Julio
se giró, dirigiéndose a mí como si de
pronto me conociese de toda la vida. Me adelanté unos pasos, saliendo del
resguardo del muro del pasillo y girando hacia la celda.
—Pasa
Daniel.
Julio
alzó un poco la voz. Me recordó a un domador de circo imponiendo su autoridad
ante los leones.
Me
llevé una sorpresa, esperaba un tipo agresivo de esos que se tiran a los
barrotes. Pero me encontré ante una persona muy normal. Un tipo bajito, de pelo
cano y pinta amable. Me di cuenta de que las fotos que se habían tomado sobre
el asesino y los artículos que habíamos escrito sobre él, como era lógico,
estaban inflados de pasión cara a unos lectores ávidos de morbo. Yo le había
visto en los juzgados, pero este hombre parecía otro. Un tío normal y
corriente. Sólo sus ojos tenían algo, eran de un intenso azul acero. Como una
luz diferente, como un brillo distinto de los demás. Aparte de ese detalle,
nada más destacaba en él. Había asumido que su condena iba para largo y no
tenía prisa. Tenía todo el tiempo del mundo.
—Ezequiel…
¿qué tal está?. Soy Daniel…Supongo que ya le han contado…
—Sí,
Daniel, ya sé que tienes mucho interés en
escribir sobre mí. Estás ante una persona diferente y eso hace que tu
interés sea tan intenso como el de un
naturalista que observa el comportamiento de una determinada especie de la
fauna salvaje. Seguramente me verás como a un tigre, un depredador asesino. El
gran felino mata para comer, yo para traer la justicia a un mundo desorientado
y carente de ideales. Vemos los muros en su totalidad y estamos ciegos a la
obra que supone el poner un bloque.
Hablaba
pausadamente y orgulloso de sí mismo, como una celebridad.
—Discúlpeme, pero si ese bloque es una
muerte tras otra, los crímenes no se justifican de ningún modo.
No
se la razón que me impulsó a decir aquellas palabras, pero de inmediato temí
que todo se viniese abajo y que allí mismo se acabasen mis proyectos. Por
suerte el continuó sin inmutarse.
—Tenemos puntos de vista diferentes.
¿Quien crea la justicia entre los hombres? La respuesta es: ellos mismos. Si
esto es así, y de eso no cabe duda…cual es la justicia válida, ¿la suya o la
mía?. He aceptado una condena. La he aceptado yo. Yo me he condenado, aunque
son ellos mis jueces. ¿No condenaron a Jesucristo por que se rebeló contra el
imperio romano? ¿Fue Jesucristo el verdugo que segó la vida de los cristianos
que abrigaron su doctrina? ¿Les condenó?, ¿engañó a sus corderos?. O
sencillamente siempre creyó que lo justo solo tiene un camino, por muy dañinas
que sean las piedras de la senda bajo nuestras sandalias.
—Ezequiel, sepa usted que mi intención
de escribir sobre un hecho sangriento y los motivos que han llevado a una
persona hasta esos acontecimientos. Creo que debería de venir con una grabadora
y poder guardar sus palabras en una cinta. Hoy es solamente un contacto y no
vengo preparado.
En
realidad me sentí cohibido por aquellas primeras frases y preferí tomar las
cosas con calma. Sí que había grabado la conversación en la grabadora oculta en
el interior del bolsillo de mi chaqueta. No falló la maquinita, el desconcierto
era solamente mío. Ese profeta moderno me sacaba una ventaja imprevista. No era
un inculto que solamente se quejaba de cómo le trataban en la cárcel y de la
mala comida. Se notaba un sentimiento de orgullo, de afán de protagonismo.
Parecía que las palabras le motivaban y aumentaba por momentos su estatura. Me
encontré ante una situación abrumadora. Un psicópata que aparentaba ser una
persona serena. Costaba creerlo. Me había formado una idea desacertada y
preconcebida. Pero no, nada es lo que aparenta. Yo no sabía muy bien qué
responder y tuve serias dudas sobre dónde me había embarcado y que podía salir
de todo aquello. En realidad me colapsé.
—Vaya,
un periodista poco preparado para la noticia. Un niño sin su lápiz. Creo que
deberíamos de dejar esto para la próxima ocasión. Noté desprecio en su mirada,
no en su voz que continuaba monótona. Más adelante pensé que él tenía una
escena preparada y que la función se había acabado antes de tiempo, un
imprevisto con las cuerdas del telón. Pero en aquél momento solo pude
responder:
—En
ese caso, vendré el sábado y domingo para comenzar a grabar las conversaciones,
si usted no tiene inconveniente.
—No,
en absoluto.
—Me
alegro de haberle conocido Ezequiel. Entonces… hasta el sábado.
—¡Hasta
el sábado, Daniel!
Ezequiel
de nuevo recuperó su compostura y regaló una sonrisa para su débil y cobarde
público, es decir, yo.
De
regreso por los pasillos me sentía incómodo, tenía una sensación de
culpabilidad, de no haber aprovechado la entrevista en la totalidad del tiempo
que se me concedía. Al mismo tiempo sin saber de razones o razonamientos me
asaltaba la idea de que una cosa era la fantástica idea de parir un libro sobre
un personaje real y otra sería intentar ver a aquel hombre como un demente.
Sabía que lo era, que era un psicópata, pero ante su serenidad, su compostura y
su paciencia ante mi supuesto error de profesional, me era inevitable comenzar
a verle con cierta simpatía. Yo se que tenía que mantenerme al margen de
sentimentalismos, pero también sabía que para entenderle tenía que fundirme con
sus ideas, a mi pesar. Recuerdo que salí de allí con la cabeza hecha un lío y
desconcertado. Pensé que era vergonzoso que un profesional tuviese momentos
tontos como ese y que no decía nada a mi favor el encontrarme “en blanco” justo
en el momento en que necesitaba mayor lucidez mental. No entendía que era lo
que me había pasado y me propuse firmemente que esa sería la última vez que
Ezequiel y su “aura” me dejasen fuera de juego.
4
El
siguiente sábado, tras pasar por los corredores y las lentas y chirriantes puertas, llegamos al fin a la celda de máxima
seguridad los tres funcionarios que me precedían y yo. Estaba nervioso. Los
funcionarios entraron en la celda y esposaron a Ezequiel. A mí me ordenaron de
nuevo mantenerme a distancia en aquel proceso. Una vez realizado, se nos
condujo a un reducido patio interno cubierto por un techo de cristal. Yo
siempre me situaba unos cuantos pasos por detrás de Ezequiel ya que Julio cada
vez que notaba que por casualidad me acercaba al preso, sujetaba mi brazo con
firmeza y frenaba mi marcha. En aquel pequeño recinto colocaron una mesa y dos
sillas, tras la orden dada por Julio a otro de sus compañeros. Un funcionario
nos indicó que tomásemos asiento. Ezequiel estaba tranquilo, yo no. El personal
del funcionariado se retiró unos pocos pasos y dos de ellos se cruzaron de
brazos, en actitud vigilante. El tercero se sujetó las manos tras la espalda,
pero con la emisora portátil entre ellas. Se situó inmediatamente tras del
recluso.
—Quisiera
que se relajara usted y me hablase libremente. Me interesa saber los motivos…
el porqué de los motivos y lo que sentía.
—Daniel, ya veo que como articulista, analizas una situación, un hecho y lo narras. Los acontecimientos de la calle se pueden resumir así, esto no. Claro que estoy relajado, bastante más que tu, muchacho.
—Daniel, ya veo que como articulista, analizas una situación, un hecho y lo narras. Los acontecimientos de la calle se pueden resumir así, esto no. Claro que estoy relajado, bastante más que tu, muchacho.
—Yo no…
—Como ese libro que pretendes escribir es mi
propia vida, seré yo quien lo comience y finalice. Si no te importa te limitas
a escuchar y a grabar, pero te permitiré
que me hagas unas pocas preguntas.
Me
pareció una chulería lo que dijo. Pero no iba a cabrear a aquel chiflado en el
inicio de una conversación. Pensé que era mejor adoptar una actitud sumisa.
—Estamos de acuerdo.
—¿Estamos?
Él
sonrió, como dando a entender que no aplicase el plural tan alegremente. Puse
la grabadora en marcha, esta vez encima de la mesa y ante él.
–Puede comenzar cuando desee.
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